Queen

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El tren se había alejado lentamente y allí estaba yo, dejando marchar a mi amor. Me quedé con sus cosas: sus discos, su guitarra, sus canciones… pensando qué dirección tomar ahora. Si salir de la estación e irme al Corte Inglés o escapar en dirección contraria y sentarme en el parque a llorar mis penas.

Eran muchos recuerdos los que se alejaban; tantas historias que habían llenado nuestros días durante los cinco años que convivimos. Los éxitos y fracasos que, día a día, nos hicieron permanecer en la misma situación, haciendo que nos amáramos cada vez más. Hasta que llegó el correo.

Entonces el tren desapareció por completo. Lo vi alejarse lentamente, y de repente comencé a pensar en el día en que le conocí. Fue en un concierto. Estábamos viendo la actuación de Queen, junto con otros miles de personas. Freddie Mercury estaba cantando “A Kind of Magic”.

Sin embargo, un nuevo tren llegó pocos minutos más tarde. Y con él mi pensamiento hizo que, de repente, surgiera una nueva ilusión. Entendí el símil que el destino plasmaba ante mí. Otra etapa a cubrir en mi vida, un nuevo tren, podría suponer una nueva razón para ser feliz. Yo misma me di la respuesta y, mirando a la gente que bajaba del tren, descubrí a un grupo de antiguos amigos que bajaban del vagón.

Elsa Ortells

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Buscando incienso de violeta

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Entró en el bazar chino. No era aún la hora de clase, por lo que aprovechó para mirar qué cosas vendían. Buscaba velas, incienso y otros artículos que pudiera utilizar para hacer yoga y meditación. El incienso que encontró no era realmente el que le gustaba, así que estuvo un buen rato pensando si adquirirlo o no.

La dueña del bazar le perseguía sigilosamente. Al darse cuenta de estaba observándola con desconfianza, se le acercó y le preguntó si tenía incienso de violeta, a lo que la dueña le contestó algo que no entendió, por lo que decidió irse sin comprar nada.

No sabía qué hacer. Estaba malhumorado pero siguió dándole vueltas a la cabeza, pensando donde podría encontrarlo. Había quedado con unos amigos para practicar la meditación y ya debía irse a clase. Era ya la hora e iba a llegar tarde.

La respuesta estaba justo delante de él, allí mismo. Entonces se dio cuenta de que había mirado mal la hora, pues aun faltaban 10 minutos para ir a clase, y recordó que allí delante, justo enfrente de donde estaba en ese momento, había una tienda de productos dietéticos donde vendían las velas de incienso que tanto les gustan a sus compañeros.

Hortensia García

 

Una redacción

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A pesar de que no solía ser una actividad de su agrado, debía escribir una redacción sobre un tema del que no sabía nada. Así que decidió buscar información en Internet, y logró reunir una serie de datos que le serían de utilidad.

Tras haber revisado las notas que había tomado, empezó a redactar un texto al que intentaba dar sentido, aunque no lograba que aquello tuviera pies y cabeza. Decidió finalmente guardarlo en un cajón e irse a descansar.

Días después, tras haber descansado, y saber que tenía que entregar la redacción ese día, se armó de valor y lo entregó como estaba, sin volver a revisarlo. La consecuencia de todo esto es que, cada vez más, le costaba más y más trabajo escribir.

José Genovés

Un sábado cualquiera

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No era tarde. Por lo menos, para alguien como él, que acostumbraba a salir todos los sábados después de cenar a tomar unas copas con sus amigos. Siempre llegaba a casa más tarde de las 2 de la madrugada.

Ver que la puerta estaba abierta le inquietó, pero mayor fue su desasosiego cuando descubrió que la cerradura estaba rota. Al entrar escuchó cómo corrían varias personas y el ruido que hacían al salir por la puerta trasera de la casa unifamiliar en la que vivía. Dicha puerta sólo se abría desde el interior.

Entre las sombras se podía adivinar que habían muebles tirados, fuera de su posición habitual, cajones abiertos y cosas por el suelo. Inmediatamente llamó a la Policía, comunicando el robo, así como la dirección en la que se había producido el mismo.

La Policía, al llegar allí, encontró indicios de que el robo lo habían cometido integrantes de una banda organizada que estaba actuando en la provincia. Como era de esperar no se encontraron huellas dactilares, pues los ladrones habrían usado guantes. No se recuperó nada de lo robado y, por desgracia, aquel sábado pasó a ser un sábado diferente.

Margarita Montoliu

El lince que busca el mar

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A pesar de que no solía ser una actividad de su agrado, tenía que salir de casa, en compañía de los vecinos del valle cercano, con el fin de averiguar qué era lo que estaba pasando con los rebaños en los últimos días. Algo raro estaba sucediendo, y querían saber qué era.

Tras haber revisado las notas que había tomado, y tras analizar las huellas que otros vecinos habían fotografiado, concluyeron que eran de un animal que actuaba en solitario. No era un lobo, pues esas pisadas eran distintas. Ésa había sido su primera sospecha.

Días después, tras haber descansado, y saber que no se trataba de lobos, volvieron a revisar las huellas más recientes, fotografiando y analizándolas, pero esta vez usaron Internet. Rápidamente encontraron una imagen similar y supieron que se trataba de un lince.

La consecuencia de todo esto es que, cada vez más, el uso de las nuevas tecnologías facilita la vida en el medio rural, pudiendo localizar de forma rápida y segura tanto plantas desconocidas (algunas veces peligrosas pos su similitud con otras comestibles) como huellas de animales; en este caso las del lince que, por haber salido de su hábitat, resultaba muy difícil de identificar.

Carmen de la Cruz

 

El gato de la suerte

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Entró en el bazar chino. No era aún la hora de clase, por lo que, para hacer tiempo, se dedicó a observar los interminables productos que se exponían en las estanterías: de decoración, de hogar, de limpieza… distribuidos en distintos pasillos.

La dueña del bazar le perseguía sigilosamente. Al darse cuenta de que no se interesaba por nada en concreto, se acercó, preguntándole en un español un tanto peculiar:

– “¿Puedo ayudal? Todo bonito. ¿No encuentla lo que busca?”

No sabía qué hacer. Estaba malhumorado pero, de repente, entre tazas de porcelana, teteras de hierro, pinzas de madera y un largo etcétera de productos de uso cotidiano en los hogares chinos, lo vio.

La respuesta estaba justo delante de él, allí mismo. Entonces se acercó y con mucho cuidado lo bajó de la estantería y, dirigiéndose a la dueña, le guiñó un ojo y le dijo:

– “Ya puedo ir a clase: tenía examen de redacción y necesitaba el gato de la suerte.”

Y, dirigiéndose a la caja, pagó y se marchó.

 

Rosa Tejedor

De compras en el bazar

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Entró en el bazar chino. No era aún la hora de clase, por lo que decidió aprovechar el poco tiempo del que disponía para comprar un juego de pilas para sus hijos, de 8 y 10 años de edad.

La dueña del bazar le perseguía sigilosamente. Al darse cuenta de que era la primera vez que entraba en aquel bazar se vio bastante perdido. No encontraba lo que estaba buscando, aquello que había decidido comprar.

No sabía qué hacer. Estaba malhumorado, pero por fin se decidió a preguntar a la dueña del bazar. Ella, muy amablemente, le explicó el sistema que tenían para exponer la mercancía.

La respuesta estaba justo delante de él, allí mismo. Entonces solamente tenía que seguir el orden de relación entre todos los productos. Tan sencillo.

José González

Responsabilidad

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Entró en el bazar chino. No era aún la hora de clase, por lo que decidió ir mirando y manoseando diversos productos. Cogió con la mano un lapicero y lo guardó en su bolsillo, con la intención de no proceder a su pago.

La dueña del bazar le perseguía sigilosamente. Al darse cuenta, empezó a dar vueltas rápidamente por el local. No sabía qué hacer. Estaba malhumorado, pero siguió en el local, haciéndose el despistado.

La respuesta estaba justo delante de él, allí mismo. Entonces, simplemente pensó en pagar en caja y salir de allí con un gran respiro de tranquilidad.

Ernesto Romero

Un aula endulzada

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Entró en el bazar chino. No era aún la hora de clase, por lo que se dedicó a mirar las estanterías. Ahora recordaba que podía comprar la lista de artículos que le habían encomendado en casa y, aprovechando la circunstancia, quizás podría hacerse con alguno sin pagar. Era una verdadera tentación.

La dueña del bazar le perseguía sigilosamente. Al darse cuenta de ello, pensó que esa mujer le había leído el pensamiento. Pero él, con la lista en la mano, seguía metiendo todo lo que allí aparecía apuntado dentro de la cesta.

No sabía qué hacer. Estaba malhumorado, pero tenía que aprovechar la ocasión. ¿Cogía algún artículo “de propina” o no? El dilema le incomodaba y el tiempo ya apremiaba. Había completado los artículos de la lista. ¿Qué cogía “de propina”?

La respuesta estaba justo delante de él, allí mismo. Entonces directamente cogió unos chocolates y se situó en la caja para pagar. Nadie se dio cuenta de que llevaba las chocolatinas en el bolsillo del pantalón. Minutos más tarde, y ya en el aula, hubo una gran fiesta a cuenta del bazar chino.

Montserrat Barranquero

Torero

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Don Juan Saiz, metge titular de Rossell, va arribar al poble als anys 20, només acabar la carrera. Venia seguint les passes de la seua germana Maria, que havia aconseguit la plaça de mestra. Ell creia que l’estada al poble seria breu però allí es va quedar per sempre. Es va casar i va formar una llarga família de sis fills. Va ser un gran metge i allí va voler descansar entre els seus pacients que tant havia cuidat.

Era una persona molt especial, benvolguda per tots els rossellans, amb un sentit de l’humor fora mida. Va haver d’educar a una gent que ben poc en sabia de salut i higiene. I mentre diagnosticava i curava els malalts solia donar també lliçons pràctiques, amerades d’un humor, de vegades, càustic.

Conten que, durant dos dies seguits, una de les seues pacients el reclamava a altes hores de la nit per un dolor de queixals. Al principi acudia pacientment a calmar la indisposició de la dona però, al tercer dia, i quan el sereno va tocar a la porta a les tres del matí per fer-lo acudir a casa de la senyora adolorida, ho va tindre molt clar.

La cosa va anar així:

Començà donant ordre al sereno perquè anés a despertar al senyor rector, a la infermera i al apotecari i que, sense falta, es presentessen a casa de la queixosa senyora. Quan els tres professionals van arribar allí els va reunir al peu del llit i començà a platicar sobre la dolentia de la dona, explicant-los la suposada gravetat de la malalta imaginària. La família i la pròpia senyora quedaren aterrats pels problemes de salut que allí es descrivien. Les conseqüències, segons ell, eren de mort imminent. Quan el senyor rector es disposava a preparar els sants olis per administrar-li la extremunció, la infermera, adonant-se de la farsa, li digué:

– Don Juan, per què estem aquí? Vostè creu, de veritat, que n’és necessària la nostra presència?

I ell, amb ironia , va contestar amb un símil taurí:

– Quan el torero està a la plaça, la quadrilla l’acompanya!

La riallada va ser ostentosa, acompanyada d’alguna queixa dels despertats a deshora. I tot seguit se n’anaren a dormir amb la lliçó ben apresa per part de la demandant i la seua família, que mai més es van atrevir a demanar la presència del metge sense causa justificada.

Mª Carme Arnau