El gato de la suerte

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Entró en el bazar chino. No era aún la hora de clase, por lo que, para hacer tiempo, se dedicó a observar los interminables productos que se exponían en las estanterías: de decoración, de hogar, de limpieza… distribuidos en distintos pasillos.

La dueña del bazar le perseguía sigilosamente. Al darse cuenta de que no se interesaba por nada en concreto, se acercó, preguntándole en un español un tanto peculiar:

– “¿Puedo ayudal? Todo bonito. ¿No encuentla lo que busca?”

No sabía qué hacer. Estaba malhumorado pero, de repente, entre tazas de porcelana, teteras de hierro, pinzas de madera y un largo etcétera de productos de uso cotidiano en los hogares chinos, lo vio.

La respuesta estaba justo delante de él, allí mismo. Entonces se acercó y con mucho cuidado lo bajó de la estantería y, dirigiéndose a la dueña, le guiñó un ojo y le dijo:

– “Ya puedo ir a clase: tenía examen de redacción y necesitaba el gato de la suerte.”

Y, dirigiéndose a la caja, pagó y se marchó.

 

Rosa Tejedor

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