Un aula endulzada

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Entró en el bazar chino. No era aún la hora de clase, por lo que se dedicó a mirar las estanterías. Ahora recordaba que podía comprar la lista de artículos que le habían encomendado en casa y, aprovechando la circunstancia, quizás podría hacerse con alguno sin pagar. Era una verdadera tentación.

La dueña del bazar le perseguía sigilosamente. Al darse cuenta de ello, pensó que esa mujer le había leído el pensamiento. Pero él, con la lista en la mano, seguía metiendo todo lo que allí aparecía apuntado dentro de la cesta.

No sabía qué hacer. Estaba malhumorado, pero tenía que aprovechar la ocasión. ¿Cogía algún artículo “de propina” o no? El dilema le incomodaba y el tiempo ya apremiaba. Había completado los artículos de la lista. ¿Qué cogía “de propina”?

La respuesta estaba justo delante de él, allí mismo. Entonces directamente cogió unos chocolates y se situó en la caja para pagar. Nadie se dio cuenta de que llevaba las chocolatinas en el bolsillo del pantalón. Minutos más tarde, y ya en el aula, hubo una gran fiesta a cuenta del bazar chino.

Montserrat Barranquero

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