Dos vidas

desde el tren

El tren se había alejado lentamente y allí estaba yo, profundamente apenada, puesto que en él partía un gran hombre, la persona con la que había compartido muchos años de mi vida. Eran muchos los recuerdos que se alejaban. Por mi mente, en pocos segundos, pasaron imágenes que había vivido con esa persona, especialmente los buenos momentos: nuestro viaje de novios, el nacimientos de nuestros dos hijos…

Entonces el tren desapareció por completo. Mi mente dejó de recordar el pasado. Ahora empezaba una nueva vida. Tenía nuevos planes, nuevas esperanzas. Todo cambiaría radicalmente. Aunque fui feliz en mi vida anterior, tenía la esperanza de que mi futuro pudiera llegar a ser inmensamente mejor.

Sin embargo, un nuevo tren llegó pocos minutos más tarde. En él viajaba mi nuevo amor, al que conocí tan sólo hace un mes en mi nuevo trabajo. Me enamoré nada más verle: era un caballero de mediana edad, como yo, con el que en silencio había soñado desde siempre.

Mª Isabel Beltrán

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Montaña

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A pesar de que no solía ser una actividad de su agrado, en verano íbamos siempre a la montaña. Allí andábamos, siempre intentando hacer ejercicio. Lo pasábamos muy bien, junto a mis hijos y nietos. Me propuse escribir acerca de esa experiencia

Tras haber revisado las notas que había tomado, me pareció que no lo había hecho lo suficientemente bien, así que empecé a revisar todo lo escrito para que mereciera la pena leerlo. Tras un buen rata, sentí que debía descansar.

Días después, tras haber descansado, y saber que no acababa de ser lo que estaba buscando, volví a revisar el texto. Sabía que lo podía hacer mucho mejor, pero me di cuenta de que era la falta de tiempo lo que me estaba llevando a no estar contenta con el resultado.

La consecuencia de todo esto es que, cada vez más, debo estar muy segura de qué cosas quiero que aparezcan en mi escrito y qué cosas no. Necesito tiempo para organizarme, para pensar en lo que debe aparecer y lo que no es necesario. Tiempo para escribir.

Lozarín Bellés

El caos semanal

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A pesar de que no solía ser una actividad de su agrado, todos los martes entraba en el aula para, una vez más, tratar de dar clase a los pequeños desheredados del sistema. Él, que había estudiado en los colegios más elitistas del país, siempre supo que llegaría a ser el tutor de las familias más poderosas e influyentes. Sin embargo, allí estaba: el descalabro económico de su familia le había llevado hasta allí.

Tras haber revisado las notas que había tomado en los días anteriores, se sobrepuso (como siempre hacía los lunes a primera hora) y comenzó sus clases. Siempre se sorprendía con aquellos rapazuelos que le exprimían hasta la última gota, mediante un sinfín de preguntas curiosas. Siempre buscaban la coherencia en sus cuestiones, y él acababa anímicamente agotado.

Días después, tras haber descansado, y saber que, gracias al soberano esfuerzo que realizaba con ellos, los resultados estaban siendo muy esperanzadores, se dio cuenta de que había nacido para enseñar, para comunicar. Al fin de cuentas, agradecía a la mala suerte familiar su gran desarrollo personal. Sabía que era bueno en lo que hacía.

La consecuencia de todo esto es que, cada vez más, no hay mal que por bien no venga. Las alegrías compartidas son las más gratificantes y, afortunadamente, un nuevo martes llegará y la gran carrera se pondrá otra vez en marcha.

Vicente Altava

Viviendo el momento

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A pesar de que no solía ser una actividad de su agrado, cada día, al regresar al hotel, escribía sobre las andanzas de las últimas horas, lugares, personas y sensaciones vividas durante la visita a aquel lugar. Tras haber revisado las notas que había tomado, intentó corregirlas, añadiendo comentarios que consideraba interesantes, y se atrevió a incluir alguna fotografía de las que había tomado con su sencilla cámara. Al finalizar la tarea se premió con un relajante baño perfumado, y con una de sus infusiones favoritas.

Días después, tras haber descansado, y saber que a su jefe no le había gustado nada el reportaje que había preparado, decidió que, a partir de aquel momento, viajaría solamente con el objetivo de disfrutar: ya no aceptaría nunca más ningún encargo en época de vacaciones.

La consecuencia de todo esto es que, cada vez más, disfrutaba de su tiempo libre, del momento. Los viajes se convirtieron en vivencias íntimas que penetraban en su interior por todos sus sentidos y ninguna cámara ni anotación podrían ser capaces de captar aquella increíble sensación.

Isabel Gil

La prenda deseada

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Entró al bazar chino. No era aún la hora de clase, por lo que el muchacho decidió comprarse un pantalón en el bazar. Sabía que allí tenían una buena variedad de prendas y que el precio no sería abusivo, al ser ropas hechas en China y no tratarse de `marcas importantes.

La dueña del bazar le perseguía sigilosamente. Al darse cuenta del acaso que estaba sufriendo por parte de la señora, que no le perdía de vista, se sintió molesto y pensó en salir de allí sin comprar nada. Habían más tiendas para buscar pantalones.

No sabía qué hacer. Estaba malhumorado, pero el precio y la necesidad de la prenda le urgía. Necesitaba los pantalones para esa misma noche, pues tenía una cena con una chica y quería estar presentable, a la par que guapo.

La respuesta estaba allí, justo delante de él, allí mismo. Entonces los vio. Era justo lo que estaba buscando: negros, elásticos, el último grito en tendencias. Eran los pantalones más bonitos que nunca pudo imaginar. Le importó poco la actitud de la dueña del bazar. Era su sueño y se imaginó con los pantalones puestos junto a su chica, en la cena más maravillosa de su vida.

Esperanza Estíbalez

 

Atracar a un chino

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Entró al bazar chino. No era aún la hora de clase, por lo que decidió esperar un buen rato. Tenía claro lo que iba a hacer allí.

La dueña del bazar le perseguía sigilosamente, al darse cuenta de que era un delincuente. No dejaba de mirarle, pues sabía que iba a hacer algo mal.

No sabía qué hacer. Estaba malhumorado pero, al saber que todo el mundo estaba pendiente de él, se contuvo y no hizo nada.

La respuesta estaba allí, justo delante de él, allí mismo. Entonces, mirando a la dueña, salió sin nada en sus manos. Al mirarla por última vez, supo que lo que quería hacer estaba mal.

Amparo

Compras

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Entró al bazar chino. No era aún la hora de clase, por lo que paseó por lo pasillos en compañía de algunas compañeras, cambiando impresiones acerca de las sesiones que iba a tener aquel día.

La dueña del bazar le perseguía sigilosamente. Al darse cuenta de ello se percató que, sin haberse dado cuenta, se había metido algo en el bolsillo.

No sabía qué hacer. Estaba malhumorado, pero al final se dio cuenta de que más valía dejar aquello en la estantería de nuevo. Cogió su bolsa y decidió salir del bazar.

La respuesta estaba allí, justo delante de él, allí mismo. Pasó por delante de la dueña y salió andando por la puerta, con tranquilidad. Sus compañeras hicieron lo mismo. Cogieron el coche y se marcharon a clase.

Antonio Muñoz

Un error médico

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Cuando por fin llegó a casa, tras darse un buen baño, le contó a su mujer lo que le había ocurrido en el trabajo. El director de la empresa le comentó que, debido a su gran profesionalidad y dedicación, había tomado la decisión de ofrecerle un ascenso en otra oficina de la entidad, ya que el director actual había causado baja a causa de una grave enfermedad.

La cara de incredulidad de su esposa le provocó cierta irritación, ya que no se imaginaba que su mujer no hubiera valorado su profesionalidad y lo bien considerado que estaba en la empresa. No obstante, todo tenía un pro y una contra, pues la situación en casa y el cambio de colegio de los hijos era una contrariedad.

No sabía qué decir. Estaba malhumorado pero, por otro lado, se alegraba de por fin poder recibir una remuneración ajustada a su dedicación a la firma. Y, para qué engañarnos, estaba muy cansado del puesto de trabajo que hasta ahora tenía.

Afortunadamente, varios días más tarde, el director le llamó a su oficina y le comunicó que todo había sido un error. El análisis de sangre del actual director era erróneo y, por suerte, su salud era buena. De momento todo iba a seguir como hasta ahora. Eso sí, su mujer, cuando recibió la noticia, disimuladamente sonrió aliviada.

Rigoberto Castera

Cómo perder un cliente

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Entró al bazar chino. No era aún la hora de clase, por lo que había tiempo para comprar un par de cosas para el curso de diseño. Era un chico muy raro, siempre con su bolso colgando. Era un poco sospechoso.

La dueña del bazar le perseguía sigilosamente. Al darse cuenta de que estaba siendo observado, el chico se puso nervioso y empezó a hablar en voz alta. Era un idioma desconocido, y nadie allí presente podía entenderlo. La dueña del bazar me pidió ayuda para intentar descifrar lo que el muchacho decía.

No sabía qué hacer. Estaba malhumorado, pero intenté hablar con el chico. Le indiqué, mediante señales, que podía indicarme qué buscaba y que yo intentaría ayudarle. Quería una funda para su móvil, y no era capaz de encontrarla en los pasillos del bazar.

La respuesta estaba allí, justo delante de él, allí mismo. Entonces estiré mi brazo y cogí exactamente la funda que él necesitaba. El chico, todavía muy nerviosos, me dio las gracias y salió de la tienda. No compró nada.

Sandra Mattos Amaral

 

Orden de ejercicios

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A pesar de que no solía ser una actividad de su agrado el archivar ejercicios de cursos anteriores, no tenía otro remedio que ordenarlos por temas y fechas. De este modo, se dispuso a hacerlo.

Tras haber revisado las notas que había tomado, comprobó que había cometido un error en las fechas y volvió a comenzar de nuevo, ordenando una vez más todos los ejercicios archivados.

Días después, tras haber descansado, y saber que ya estaba todo correcto, archivó definitivamente los cursos y marcó los archivos con los datos actuales. Ya podía descansar.

La consecuencia de todo esto es que, cada vez más, se necesita una buena organización y un conocimiento de los datos que queremos guardar en nuestros archivos personales. Sólo así podremos recuperar la información que buscamos.

Olga E. Borrello