Alegrón, negro bragado y astifino

 

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Me parió mi madre a mediados de abril, junto a un riachuelo de aguas claras y abundantes carrizales. Allí ella se comió “las pares” y, sin abandonarme un momento, me limpió, aguardando que me levantara por mis propios medios. Así que, cuando tuve fuerza para ello, me levanté y tomé rápidamente las ubres de ella saciándome del calostro. Una vez harto me quede dormido, lo que aprovechó ella para alejarse de mí y alimentarse de los primeros y frescos pastos que estaba dando la primavera.

Pronto vinieron los vaqueros para dar cuenta de mi nacimiento. Era sábado, día de la semana en que se registraban los partos y si el nacido era becerro o becerra.

Al mes siguiente recorría alegremente por aquellos prados llenos de abundante pasto y coloridas flores. Estaba siempre junto a mi madre, que nunca me dejaba sólo, amamantándome siempre: era yo el más feliz de los becerros.

Hasta que un día, tendría yo como ocho o nueve meses, me desahijaron: ellos, los vaqueros, con sus hermosos caballos, bien domados, nos fueron separando de nuestras madres. Aquí empezó mi propio periplo. Nos llevaron a un cercado y, uno tras otro, el herradero nos fue marcando, así como nos hicieron la misma marca en la oreja, y el marcado del hierro de la ganadería a la que pertenecemos, un número en el costillar y el guarismo en la paletilla todo esto a nuestra parte derecha.

La única recompensa a esta primera prueba de dolor fue volverme a encontrar a mi madre. Y fui registrado con el nombre de Alegrón, de la vaca Regenta con el número 33 y el guarismo 0 año de mi nacimiento de la ganadería de D. Pablo Vázquez. Según mi pelaje, era negro bragado.

Definitivamente ya no volví a ver a mi madre; junto con los demás becerros fuimos cumpliendo años y los garrochistas nos llevaron al campo donde probaban nuestra bravura, la que heredé de mi madre, como el trapío. Era un eral bravo y con carácter, jamás me rendía a los quites de los caballistas.

Pasó el tiempo en aquella dehesa; mis defensas aumentaron y se perfilaron, tal que era astifino, algo veleto; y crecí junto con el resto de la manada, en la que fui feliz porque jamás fui abochornado, ni abochorné a los demás.

Cumplidos los cuatro años un día, sin darme cuenta estaba dentro de un espacio muy reducido, apenas podía moverme y sentía como se ladeaba suavemente, como suave era la luz que penetraba por una rendija. No sé cuánto tiempo estuve allí pero, cuando se abrió la puerta, salí veloz y me encontré con el resto de los que pastábamos juntos. Aquello era un cercado pequeño con paredes altas y encaladas y un vaquero nos daba agua y comida.

Una tarde nos fueron separando y en el cercado había más gente de lo normal, me quede sólo otra vez entre cuatro paredes; se oía mucha algarabía, sonaron clarines, tambores y atabales. Me llevaron abriendo y cerrando puertas a una estancia estrecha pero no tanto, me podía mover y girar no sin apreturas.

De momento sentí un pinchazo agudo en mi morrillo: el arpón se clavó seguro llevando con él los colores de la divisa, se abrió la puerta y vi una figura humana que no había visto nunca. Sus ropas brillaban en exceso y, de rodillas, me citó, lo que ellos llaman a “puerta gayola”. Respondí con toda mi bravura y trapío. El engaño se desplegó en el aire y yo, tras él, dibujé mi primera embestida clavando mis defensas en el espacio, pisé tierra firme y volví una y otra vez con la misma bravura a embestir a los quites. Vi de pronto a un caballista con la vara citándome y entré sin deshonra de mi bravura recibiendo un puyazo que perforo muy adentro mis carnes: empecé a sangrar y repetí las embestidas hasta tres veces como queriendo demostrar mi valía. Ya la sangre bañaba mis cuartos delanteros, mi pelaje se volvió rojo pardo: me dolía todo. Volvieron a citarme y  clavarme con más dolor otros arpones, alguno de ellos casi en el costillar. Sentía dolor y sufría algunos calambres: la vista no era ya la que tuve siempre, eran sombras lo que veía, pero pensando en mi madre cada vez que me citaban embestía con todas mis fuerzas y, en un último esfuerzo, entré con bravura y determinación a la vez que sentí como algo afilado rasgaba mis entrañas. Perdí rápidamente las fuerzas, mis patas me flojeaban, me estaba ahogando con mi propia sangre: me dejé caer y sentí un golpe seco en me testuz…vi la pradera, aquella donde nací  y corrí hacia ella y junto a mis congéneres disfruté de la dehesa llena de hierba fresca y tierna. Volví a ser feliz y entendí que si para mí fue el sacrificio de la muerte, la gloria fue para quién me arrebató la vida… ¡Ah! para el respetable, el de tanta algarabía, como siempre pan y toros… para eso nos crían.

Pascual Font Català

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