Fortaleza

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Uno no decide si es fuerte o débil. En el recorrido por la vida, nos van sucediendo cosas que hacen que tengamos que demostrar la fortaleza.

Es difícil poder ser fuerte cuando estás destrozado por dentro, pero miras a las personas que tienes a tu alrededor, y ves que no tienes otra opción. Intentas mantenerte erguido y que nada te hunda, pero llega un día que toda esa fortaleza que tenías se derrumba y quedas totalmente vulnerable. Quieres huir de todo ese dolor que habías tenido, retenido, por no hacer sufrir a los que quieres pero, ¿a dónde puedes huir? No hay ningun sitio donde lo que te está destrozando se esfume.

Entonces te paras; analizas tu vida e intentas huir pero, para llenar ese vacío que hasta ahora solo llenaba la pena, sacas esa fortaleza que siempre has tenido y emprendes un camino nuevo, pensando en ti y en hacer cosas que te satisfagan.

Siempre habra cosas que pongan en peligro nuestra fortaleza: hay que mirarlas de frente y no dejarse vencer.

Julia Nieto

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El reto

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A pesar de que no solía ser una actividad de su agrado, pensó que el desconocimiento que tenía sobre el tema podría ser un motivo de motivación extra. Se puso a analizar el tema con cuidado.

Tras haber revisado las notas que había tomado comenzó a acometer un estudio detallado, en profundidad. Leyó y releyó las notas, y trato de ampliarlas con información adicional. No era tan difícil.

Días después, tras haber descansado, y saber que tenía todo bajo control, se puso manos a la obra. Consideró todos los posibles estudios previos, así como las experiencias vividas por él mismo y su entorno más cercano. Era cuestión de saber bien qué usar y en qué medida.

La consecuencia de todo esto es que, cada vez más, está muy claro que todo en la vida es proponérselo y que, con mayor o menor eficacia, se puede lograr hacer un papel digno en cualquiera de nuestros quehaceres cotidianos.

El pastel le salió muy bien.

Felisa

El reciclaje

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El tema sobre el cual voy a escribir es el reciclaje. Para empezar, y en mi opinión, el planeta ha cambiado mucho porque el ser humano no ha contribuido a preservar  la naturaleza, y esto ha provocado grandes catástrofes climáticas como pueden ser los tsunamis, los seísmos, etc. Yo, particularmente, estoy impactada por estos acontecimientos.

Pienso que todavía no tenemos verdadera conciencia ecológica para salvaguardar el medio ambiente, ni tampoco la polución acústica. Aunque todos los medios de comunicación nos dicen que debemos reciclar, mucha gente no lo hace. Yo,  personalmente,  reciclo en la medida de lo posible; sin embargo,  podría economizar aun más, no dejándome el ordenador enchufado muchas veces.

Estoy a favor de cerrar las nucleares y fomentar materiales menos agresivos. Considero que la energía solar es la mejor; hay que aprovecharla en los países con muchas horas de sol, como por ejemplo España. También se ha constatado que con el reciclaje del cartón  y del papel se pueden hacer materiales para la construcción.

Para concluir, he de decir solo una cosa: reciclad todo lo posible, y así evitaríamos la destrucción de nuestro planeta Tierra.

Pilar Recatalá

 

Eres lo que practicas

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Antiguamente había gente que iba de pueblo en pueblo ganándose la vida vendiendo distintas cosas; otros, exhibiendo sus habilidades.

Una de esas personas era un arquero, que exhibía sus destrezas. El arquero colocaba una diana y disparaba sus flechas, dando siempre en el blanco; esto entusiasmaba a la gente que le aplaudía, y así su ego era cada vez mayor. Un día se escuchó entre el público, a alguien que decía.

– ¡Bah! Es sólo cuestión de práctica.

El arquero pensó “el tonto de turno que nunca suele faltar”. No hizo caso y volvió a lanzar sus flechas, poniéndolas en la diana.

¡Bah! Es sólo cuestión de práctica.

El arquero buscó entre la multitud y vio a un vendedor de aceite, sentado junto a unas botellas vacías y unos barriles de aceite.

¡Oye! ¿Eres tú el que dices que es sólo cuestión de práctica?, preguntó el arquero.

– Sí, era yo.

– ¿No sabes que soy el mejor? No hay quien me supere.

– Tranquilízate: lo haces muy bien porque has practicado mucho. Déjame enseñarte algo, dijo el vendedor.

Saco una moneda con un agujero en el centro, y la colocó sobre la botella vacía. Levantó el barril, vertiendo el aceite a través del agujero hasta llenar la botella, sin derramar una sola gota. Luego, se giró hacía el arquero y le dijo.

– Ahora, inténtalo tú.

El arquero vio que no tenía ninguna posibilidad y el vendedor le dijo.

– Tú lanzas flechas todos los días, mientras que yo todos los días vierto aceite. Como ves, es sólo cuestión de práctica.

Esto nos hace preguntarnos qué practicamos nosotros todos los días. ¿Practicas la alegría en tu vida? ¿La ira? ¿El estar preocupado? ¿La felicidad? ¿La comprensión?

En definitiva, pregúntate en qué quieres llegar a ser experto.

 

Guillaume Tell

Short stories

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Sabia que aquella movida le iba a reportar una somanta de hostias con la mano abierta, de las que ofenden, y otra tanda de puñetazos, de los que duelen. Aquella gente, sabia hacer su trabajo: acuchillaban rápido y mataban bién.

Juanito Cuenca cargaba una mochila excesivamente pesada para sus dieciséis años. Orfanatos, correccionales, casas de acogida… una perspectiva de prisión a corto plazo. Carne de cañón.

That’s right; se me debe estar necrosando el cerebro. Lo mio son los artículos de opinión. Esto debía ser un articulo de opinión sobre la violencia de genero. Maldito post-it: debería hacer caso a mis profesores y dejar de leer a Reverte.

A los veintitrés años, Juanito Cuenca mató a su mujer y a su hija. Más tarde se reventaría la cabeza con una recortada. Algún estúpido juez no supo ver de dónde venía, ni a dónde se dirigía.

El maldito gato seguía retozando sobre la mesa: nada iba con él. Rechacé la idea de meterle una pedrada, apuré el café, encendí el cigarro y leí lo escrito.

Paco Martí

La vuelta a casa

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Cuando por fin volvió a casa su perro se puso muy contento, pues en todo el día no veía a sus amos. Pensó que era una gran alegría el recibimiento que el animal les hacía. Pero su mujer le miraba fijamente…

La cara de incredulidad de su esposa le provocó cierta preocupación, si bien de repente se dio cuenta de que ella estaba bromeando. Tenía noticias, y según ella eran buenas. Se iban unos días al pueblo. ¡Vaya!

No sabía qué decir. Estaba malhumorado, pero no quería hacer ese feo a su esposa ni a su suegro, que era el que de verdad tenía ganas de pasar unos días allí. Echaba de menos su casa. Pero a él no le hacía ninguna gracia pasara unos días allí, pues no sabía qué hacer ni a dónde ir.

Afortunadamente, varios días más tarde, cuando ya casi marchaban, un inoportuno catarro hizo que desistieran de la idea de viajar. Hizo como que lo sentía mucho y salió de casa a tomarse una cerveza. Bien fresquita.

Rosa

 

Una noche de verano

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Son las 12 de la noche. Como cada sábado me acabo de despedir de mis amigas después de pasar un buen rato bailando y disfrutando en las fiestas del pueblo. Con nuestros dieciséis años ya es un logro el que en casa nos dejen salir hasta esta hora.

Me dirijo a mi casa, que está situada en las afueras. He hecho este camino miles de veces, aunque hoy es un poco más tarde de lo normal. Voy pensando en lo bien que lo he pasado en la verbena y lo bonitos que son los zuecos de plataforma que he estrenado hoy. A medida que me alejo más y más del centro del pueblo, el silencio y la oscuridad de la noche hacen que me sienta un poco intranquila; me apresuro y acelero un poco mi paso.

De repente, algo rompe ese silencio. Escucho unos pasos en la distancia y puedo asegurar que alguien camina detrás de mí. Posiblemente sea algún vecino que vive por la zona, pienso. Al llegar a la esquina, tuerzo a la derecha, con la esperanza de que esa persona siga otro camino distinto al mío, pero continúo escuchando los pasos a mis espaldas y me voy poniendo algo nerviosa. Siento que cada vez se acerca más, hasta que se pone a mi lado. Tiene una respiración fuerte y algo acelerada, cosa que me alarma.

Puedo sentir los latidos de mi corazón, que casi me ahogan, pero sigo caminando rápido. De pronto, esta persona (un hombre de unos 30 años) me dice: “Hola, ¿sabes dónde está la discoteca Galaxia?”, siento algo de alivio: el hombre sólo pretende que le indique una dirección, aunque su manera de respirar jadeante no me tranquiliza. Le indico el camino educadamente, aunque estoy temblando. La calle está solitaria, en silencio y el alumbrado es algo escaso.

Él mira a ambos lados de la calle y, de repente, se abalanza sobre mí. Estoy inmóvil y presa por el pánico; intento coger aire para chillar y fuerzas para quitármelo de encima. Me invade una gran repulsión ante su cuerpo sudoroso. Pido auxilio con todas mis fuerzas, a la vez que le doy patadas y manotazos. Veo que en la casa de al lado hay luz y tengo esperanza de que alguien me oiga y salga en mi ayuda.

Consigo escapar de sus brazos y comienzo a correr, sin dejar de chillar pidiendo auxilio. Mis zapatos nuevos me juegan una mala pasada, tropiezo y me caigo al suelo, momento que mi agresor aprovecha para lanzarse otra vez sobre mí. Nadie sale en mi ayuda: por mucho que chillo, nadie me oye. En un instinto de supervivencia me defiendo como puedo con todas mis fuerzas  y consigo que mi agresor se levante y empiece a correr a la vez que sube la cremallera de su pantalón.

Me levanto del suelo, con la camisa rasgada y manchada de sangre, la rodilla y el codo magullado por la caída. Le veo alejarse corriendo y algo asustado. Me envuelve la rabia, la impotencia, y lo único que puedo articular es un grito que sale desde mis entrañas: ¡asqueroso! Me arreglo el pelo, y con un pañuelo me limpio la sangre que tengo en el codo. Sigo temblando, pero ya mi casa está cerca. Me recompongo y entro en casa; digo buenas noches y sigo temblando. No quiero que mi madre lo note.

Voy directa a mi habitación, cojo el pijama y me voy al baño. Me doy una ducha y curo la herida del codo: sigo temblando. Escondo la camisa rota y manchada de sangre. Mañana la tiraré a la basura.

Salgo al salón. Mi madre me pregunta: ¿qué tal la verbena? y le contesto que muy bien. Le doy un beso y me voy a la cama. Esta noche no podré dormir.

Nieves B.

Forzoso cambio de profesión

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A pesar de que no solía ser una actividad de su agrado, Bertín se dispuso a recorrer el campo de naranjos y, tomando un par de hojas en la mano, recorrió por filas todo el huerto, observando los árboles mientras hacía pequeños cortes, a modo de muescas. De vez en cuando tomaba notas en un pequeño bloc.

Tras haber revisado las notas que había tomado, y una vez recorrido todo el huerto a lo largo y ancho, Bertín se sentó en un ribazo y realizó las sumas correspondientes, calculando el montante de kilos que aproximadamente había en el huerto.

Días después, tras haber descansado, y saber que su cálculo se acercaba a la realidad, respiró con alivio, no exento de cierta satisfacción, al comprobar que no había olvidado, tras tantos años, las enseñanzas que su padre le había dado.

La consecuencia de todo esto es que, cada vez más, en los tiempos que corren, muchas personas se ven obligados a cambiar de profesión, especialmente si la crisis les ha golpeado ya a cierta edad. Bertín sonrió feliz, pensando que aquello aprendido ya hace muchos años, de niño, le era ahora de gran utilidad y le ayudaría a sobrellevar su precaria economía. Estaba contento. Su padre, allá donde esté, seguro que se sentiría muy orgulloso de él.

Rosa Molés

El regalo perfecto

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Entró en el bazar chino. No era aún la hora de clase, por lo que miró su reloj y comprobó que tenía unos quince minutos para encontrar el regalo. No un presente cualquiera. debía ser el regalo perfecto.

La dueña del bazar le perseguía sigilosamente. Al darse cuenta de este hecho se sintió un poco molesto, pero continuó en su empeño de encontrar el regalo ideal para su novia. Debía ser un momento inolvidable. Pero la propietaria del local seguía acosándole: sin duda desconfiaba de él.

No sabía qué hacer.- Estaba malhumorado, pero ya casi había recorrido todos los estrechos pasillos del local, sin encontrar nada que le convenciese. Y, lo que es peor, los ojos de la propietaria seguían sus pasos.

La respuesta estaba justo delante de él, allí mismo. Entonces divisó el colgante de corazón en la vitrina tras la que le miraba la regente del local, y supo que era justo lo que buscaba. Dentro pondría una foto suya, en la izquierda, y una de su novia, en la derecha. Estaba pletórico. Pagó el importe a la ensimismada dueña del bazar y salió satisfecho.

Teresa Carda

 

La voz que estaba esperando

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Para describir mi actual relación, cómo se originó, cómo se fue consolidando y su solución creo que definitiva, tendría que recurrir a argumentos extraños, fuera de la literatura romántica, lejos de espacios de paisajes idílicos color pastel, mares azules que rompen en blancas olas, y ríos furiosos o mansos de riberas plácidas. Se ha de dejar a un lado la Botánica y la Biología; en definitiva, cualquier explicación biológica o geológica e ir directamente a la Física.

Todo dio comienzo a través de la electrónica; todo un síntoma:

¿Sr. García?- Me dijo una voz al otro lado que parecía provenir del mismísimo cielo; su tono y su inflexión sonaban a coro.

Sí, dígame,-¡Qué voz, Dios mío! Pensé, intentando darle a la mía un tono profundo.

-Ya han llegado los números de zapato que estaba esperando: puede pasar cuando desee para probárselos.

Así de escueto, directo, pragmático… pero con una voz y un acento que decía todo lo contrario a las oraciones gramaticales tan estrictas. Habría que recurrir a la sinfónica, a las ondas, en definitiva, para describirlas. Más que voz, era un compendio de baladas, boleros y tangos. Aquella voz contenía todo un mundo, todas las notas de todos los instrumentos, era una sinfonía de Albinoni.

¿Cuando puedo pasar a probármelos?-dije, más que nada por seguir escuchándola.

Yo estaré aquí hasta que termine mi turno, a las 3 de la tarde – de nuevo escueta, precisa- Mi compañera le podrá atender a partir de esa hora.

No lo pensé dos veces:

Dentro de media hora estaré ahí– le dije lleno de una espontánea determinación.

Colgué casi con prisa. Me acerqué al baño para comprobar mi estado físico, mi pelo, mi barba…todo parecía estar en orden. No haría más de una hora que me habría duchado. Solo un toque de perfume y fui hacia el ascensor.

Ya en la segunda planta del Corte Inglés me dirigí, sin pararme en ninguna sección, por atractivas que fuesen sus ofertas, directamente a la sección de zapatería. Una dependienta ayudaba a una señora mayor a probarse unos zapatos. Me paré en la distancia para contemplarla: miraba sus movimientos analizándola como a algo preciado. Una chica corriente, pensé, con una bonita voz… La naturaleza a veces compensa… En fin, no era lo que esperaba.

De pronto una voz sonó a mi espalda:

– ¿En qué puedo ayudarle?

Mi corazón no estaba preparado para aquella sorpresa… Esa voz era la suya, que sin ondas electromagnéticas por medio, aún me parecía más bonita y dulcemente sexy. Me volví, incluso con miedo, casi como quien se enfrenta a un pelotón de ejecución… Podía estar muerto en segundos… o vivo para siempre.

Cuando cruzamos las miradas, la fuerza gravitatoria actuó sin piedad, creo, entre ambos. Sus ojos pardos, su rostro un oval perfecto, sus facciones agradables… No era un belleza, pero me atrajo con la fuerza que mantiene unidos a los protones de los núcleos atómicos. El conjunto de su cara y de su cuerpo respiraban una normalidad serena, pero es esa normalidad a la que aspiramos, es nuestra normalidad, ésa que se sueña, que está intuida en el eros, en el modelo que hemos configurado a través del tiempo en nuestro imaginario de mitos y fantasías, en nuestro inconsciente, en el que creamos nuestro ideal femenino. Era la mujer, la chica, la hembra, era mi otro polo, el que me atrae con fuerza intensa para unir, para no despegarse jamás.

Mi nerviosismo era evidente aun pretendiendo ocultarlo; deseaba mostrar aplomo, hasta que intenté introducir mi pie izquierdo en el zapato derecho. Fue la primera vez que reímos juntos.

Cuando intentó ayudarme, solo pude mirar el nombre que lucía en su tarjeta identificadora: María. Qué sencillo nombre para un ser tan hermoso. Me sugería tantas cosas bonitas que ni siquiera reparé en el canalillo de su camisa, ni en el volumen que contenía: lo que sentía era algo muy superior al deseo, a la atracción puramente física, sólo podía explicarlo a través de la Física de partículas, curiosamente.

Para prolongar el encuentro me probé un sinfín de zapatos. Intentaba ser simpático a la vez que serio y formal, pues no quería que llegase a pensar que era uno de esos embaucadores que buscan un ligue rápido. Pretendía hacerle llegar lo mejor de mí, y ella, creo, que se percató, (¡cómo no iba a hacerlo si era inteligente y observadora!), lo cual dejaba entrever con una sonrisa, no pícara, pero si muy sugerente, con una mirada cómplice que hacía escuchar sus ojos.

Siento decirle que ninguno de los tres modelos que ha elegido está de promoción.-me dio la mala noticia, como si eso fuera a importarme… ¡Hablarme de precios cuando acababa de encontrar un tesoro!

Bueno, qué le vamos a hacer…cuando una cosa (reparé en lo que iba a decir para no meter la pata, pues soy proclive a ello) cuando una cosa, repetí, es de calidad e interesante no importa el precio que uno debe pagar, dentro de sus posibilidades, claro-le dije, camino de la caja.

Pagué con la tarjeta visa, lo que para mí era como una tarjeta de presentación: conocía mi apellido y mi teléfono, y ahora todos mis datos de la ficha de cliente. Iluso de mí pensaba que, quizá, se atrevería a llamarme con alguna excusa, pero no fue así. Al día siguiente aparecí preguntando si me había dejado olvidado un sobre con una documentación; al otro volví para comprar un kit de limpieza de calzado, y así hasta que conseguí una cita para tomar un café.

Era separada desde hacía dos años, tenía dos hijos a su cargo de 6 y 9 años… Varios cafés y, al final, una cita para cenar. Y sucedió lo que es normal en estos casos: además de beber un buen vino en una cena llena de matices, descorridos los velos, disfrutamos de una noche prólogo de otras muchas.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado…

¡Ah!… Se me olvidaba. Ya de mañana me desperté antes que ella y en el bloc de papel del hotel le había escrito un poema:

Ese vino que bebo a tu lado, cruzando miradas,

con rojos reflejos de mudas caricias,

cruzando palabras de amor encendidas,

cruzando secretos, cruzando las vidas.

Ese vino que lanza tu mano al mantel, como hoja caída,

buscando mi mano, que deja mi copa,

para tomar esa mano tendida,

como un cáliz, que anudo a mis dedos,

asiendo la tuya, que acoge a la mía.

Ese vino, esencia de tierra, de luz y semillas,

de suave calor y de eterna poesía,

cabalga en mi pulso y explota en canciones,

 y navega en mi sangre,

como nada tu mirada, en mi, contenida.

Ese vino que bebo en tus labios

después de la cena en íntima herida,

que vive fragante en tu aliento,

 y que bebo en la copa de tu boca,

filtrado en tu cuerpo,

enciende mi alma cautiva.

Ese vino…regado en mi vida,

renace en palabras y en versos dormidos,

de promesas de luz encendidas,

que decimos de labios afuera

y que hieren y matan y vibran…

Y su aroma en mi pecho se pierde

y mi aire y tu aire se excitan

para formar para siempre la eterna,

la parte esencial de la vida.

Una sonrisa humedecía sus ojos cuando lo leyó. Lo dobló cuidadosamente y, estrechándolo en sus pechos me miró; alzó sus mirada con una ligera timidez, como si no se sintiese merecedora de ese poema.

Eres un loco!- me dijo.

Sí.-Le contesté- Por ti.

Nos vemos una o dos veces a la semana, y cada quince días, pasamos un fin de semana juntos, cuando sus hijos están con su padre.

Creo que es un modelo de convivencia que puede durar toda una vida.

Manuel Cañadas