El escaparate

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Eran sobre las nueve, esa hora mágica en que, en casi todas las ciudades, parece sonar el toque de queda. Las calles empiezan a quedar desiertas y en el corto espacio de 10 minutos desaparecen viandantes y vehículos.

Salí del cine a esas horas. Había entrado a la sesión de las siete. La película… una más, en la que el director piensa en la alfombra roja, más que en redondear el argumento en una realidad políticamente incorrecta.

Yo estaba muy crítico en esa época con casi todo, y en lo que no lo estaba podía estarlo al día siguiente. Creo que los 64 no me habían sentado muy bien: más bien parecía que me había indispuesto con todo y con todos. No podía llamarlo cabreo generalizado, ni siquiera enfado multitudinario: era más bien un creer que mi disco duro no admitía mas oficialidad, más cortesías vanas, ni más televisión. Los convencionalismos me parecían de una estupidez pálida, en que colgábamos parte de la vida y de nuestro espíritu crítico.

¡Ya estaba bien de aguantar a los demás! Nadie se merece una complacencia, ni un segundo de atención, y menos si sus intenciones circunvalan alrededor de simplezas, de magnificar la realidad o de hablar de personas y no de ideas… o del tiempo… no soporto hablar del tiempo, tampoco lo merece, sobre todo cuando se llega al sonsonete de “esto antes no pasaba… es el cambio climático”. Entonces mi cabreo puede aderezarse con un algo de ira o, lo que es peor, con una ironía de pomelo con salsa de ácido acético de la peor calidad.

Es por ello que cada vez salía más solo: los vinos con los amigos los dejaba para el sábado que caía en número primo. Me encantaba cuando las clases de mi mujer se prolongaban más allá de las siete, lo que me permitía hacer vida por mi cuenta, o disfrutar de mi soledad en casa.

Soporto a duras penas los cafés del trabajo y más aún cuando se sigue hablando del trabajo: me parece que me va a recetar el médico que deje de tomarlo, por lo de la tensión… sería una mentira a medias, pues creo que hay ocasiones en que verdaderamente me sube, y no creo que sea del café.

Me dirigí por la zona peatonal del centro de la ciudad hacia la parada del tranvía. Consulté el reloj: aún faltaban 20 minutos para el próximo servicio. A esas horas también los espacian.

Haciendo tiempo me paré en la librería de la que era cliente habitual. Su escaparate, con las luces apagadas, dejaba a duras penas ver las novedades expuestas en primera fila… y mostraba lo de siempre: dos thrillers de moda, dos de misterios sacrosantos y uno de cocina sana; la gente se traga todo lo que le echen…pero los libros que yo adquiero, normalmente técnicos, aparecen en la escasa sección del interior, bajo el epígrafe ciencias. Mejor será, pensé, dirigirme a la parada, por si se adelanta el tranvía.

Levanté mi cabeza y un susto me hizo dar un respingo con el consiguiente paso atrás. ¡Mi padre estaba dentro del escaparate! Sacudí mi cabeza para aclarar mis ideas… llevar mi espíritu alterado al raciocinio… mi padre había muerto hacía 8 años. ¿Se me aparece en carne y hueso? Yo había sido un buen hijo, desde niño hasta los últimos instantes. ¿Por qué me hacía esto? La razón no tardó en llegar a mi cerebro… llevaba una gorra inglesa a cuadros, como la que él usaba y las huellas del tiempo, junto a la escasa luz reflejaba en el cristal, daban la viva estampa de mi amado progenitor.

Subí las solapas de mi abrigo. Cambié de opinión y decidí volver a casa paseando: el suceso me hacía llegar a la reflexión. Una emoción recorría mi cuerpo, mitad orgullo, mitad pena, por él y por mí. Orgullo de parecerme físicamente tanto a él; pena por su ausencia y por las huellas que el tiempo dejaba en mi rostro.

Qué más quisiera yo que tener su dulce carácter, su sabia paciencia, su silencio, que no era cómplice ni falto de réplica: era esa suave tolerancia que te deja llegar algo más lento a las verdaderas conclusiones. Físicamente mi parecido es proverbial y conforme me hago mayor, cada vez le comprendo más, cuando me enfrento a mi familia y a la vida, pero mi carácter cae más del lado de mi madre.

¿Sabes Papá? Ahora es cuando más te recuerdo, cuando más te necesito. Perdóname todo aquello, que mi inexperiencia, no me permitía comprender y que de habérmelo explicado tú, quizá la vida hubiese carecido, aun más, de encanto. Gracias por dejarme descubrirlo.

Manuel Cañadas

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5 respuestas a “El escaparate

  1. Julia Reyes Nieto Carrasco 13 marzo, 2018 / 8:28 am

    Magnifico, me encanta leerte, y no conici a tu padre y a ti apenas te conozco, pero por lo que percibo, creo que tu padre se sintio y se sentiría orgulloso de ti, un abrazo.

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  2. Manuel Cañadas 13 marzo, 2018 / 10:24 am

    Gracias Julia, en nombre de ambos.

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  3. Jtrainer 13 marzo, 2018 / 10:00 pm

    Como siempre Manuel un lujo leerte. Esta vez me has dado una buena idea y es la de escribir sobre mi padre
    que se fue hace dos años. Esperando ya tu próxima entrega.

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  4. elena balado 14 marzo, 2018 / 5:31 pm

    Me puedes “adoptar”….. quiero aprender de Tí….. gracias Manuel

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  5. Manuel Cañadas 17 marzo, 2018 / 11:11 pm

    Concedido, te adopto.

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