Coches de feria

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El futuro ha llegado. O eso creía Juan. Sin pensárselo dos veces, abrió la puerta y cómodamente se sentó en el asiento delantero de aquel coche deportivo. Amarillo huevo, volante cuadrado y por todas partes, botones y palanquitas de todos los tamaños y colores. Precioso, aunque, un poco pequeño.

No sabía si reír o llorar. Tenía claro que con aquel deportivo jamás alcanzaría los doscientos kilómetros por hora, pues enseguida se percató de que todo estaba hecho de plásticos baratos, eso sí,  imitando muy bien el acero inoxidable y la tapicería de cuero. Pero al tocarlo se dio cuenta de que algo no encajaba, pues al intentar meter la primera, casi se queda con la palanca de cambio en la mano. Desconcertado, abrió la puerta, bajó, y rápidamente se dirigió a recepción.

Al llegar se dio de bruces con la respuesta. Allí mismo vio un montón de catálogos apilados sobre una mesa con una portada que rezaba: coches de feria.

En conclusión, se dio cuenta de que por unos instantes se había sentido como un niño pequeño, soñando con aquel coche maravilloso que conducía su papá, pues en ningún momento pensó que podría comprarse uno igual, a menos que dejase su trabajo y se dedicase a la política.

Alberto Verdoy Marzá

 

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2 respuestas a “Coches de feria

  1. elena balado 20 marzo, 2018 / 11:24 am

    Que bonito es soñar….

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  2. Juan J Edo 21 marzo, 2018 / 4:54 am

    Al despertar te encuentras la dura realidad

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