Las señales

 

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Ni por todo el oro del mundo iba a renunciar a los muebles de su abuela. Empezó a levantar las telas que cubrían los muebles como si esperara encontrar algo que no conociese. Era un honor recibir la herencia de la casa:  su abuela sabía que la apreciaría y conservaría y, quizás por eso, se la dejó a ella. Se aseguró que el dinero que acompañaba a la casa fuese el suficiente para amueblarla a su gusto. Muchos años con los abuelos compartiendo las noches, acompañándoles en las dificultades de salud y así pudo apreciar los enseres de la abuela, sus adornos y ropajes, ¡cómo para desprenderse de ellos!. ¿No sería esa la razón? Posiblemente fuera eso lo que le llevó a decantarse tan tajántemente por ella.

Esa era la realidad. Nada le haría tan feliz a la abuela: saber que acabarían en buenas manos los retratos, los cuadros pintados al oleo por el abuelo, esos dibujos a carboncillo, libros y demás objetos que evidencian la persona que para ella fue el amor de su vida, y que ella conoció mejor que nadie, su compañero del alma.

Y aunque todos sus conocidos le hubieran dicho que reformara a fondo, ella no quería transformar ese ambiente que emana desde el suelo a las paredes. Los sillones de mimbre y la chimenea dan a la estancia entidad; el recuerdo profundo le hace verse en las rodillas del abuelo enseñándola a leer, a pintar, a cantar… Media mañana y el sol descarga con fuerza sobre esta mitad par de la calle. Recorre despacito todas las estancias, impregnándose del olor que aún desprende. Una señal impactante la paralizó por completo cuando un rayo de luz atrevido se abrió paso por una rendija de la capota de lona que cubre la cristalera del techo del patio. Impactó en el reloj de pulsera que llevaba hoy en la muñeca. Lanzaba hacia el carillón de pared el haz de luz, iluminándolo para hacerle destacar en el tiro de la escalera;  su padre lo conserva así, puesto en hora, para que mantenga su preciosa sonería y precisión.

La decisión era definitiva. No iba a dejar pasar esa señal. Sentía que ese era su hogar, estaba entre los suyos, formaba parte del entorno. Era ahí donde sería feliz porque, rodeada del cariño que sentía en esa casa, nada podría salir mal.

Mª del Mar Toldos Lucendo

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5 respuestas a “Las señales

  1. Julia Reyes Nieto Carrasco 22 marzo, 2018 / 2:02 pm

    Me ha gustado tu relato, los recuerdos bonitos de los abuelos siempre perduran.

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  2. Elena Martínez 22 marzo, 2018 / 10:01 pm

    Buen relato, parece mentira que habiendonos tocado el mismo encabezamiento sean totalmente diferentes

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  3. elena balado 22 marzo, 2018 / 10:50 pm

    Me has “llevado” a mi niñez…. yo conservo y voy,casi todos los días, la casa de mis abuelos que esta igual que cuando ellos vivían y allí soy muy feliz. Gracias María del Mar.

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  4. Nieves Bejerano 23 marzo, 2018 / 6:06 pm

    ¡Que suerte los que habéis conocido a vuestros abuelos!!…Me ha gustado tu historia Mar.

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  5. María del Mar 27 marzo, 2018 / 7:54 pm

    Eso quería el profe… ver relatos muy diferentes Elena, por eso es tan divertido este juego…

    Gracias chicas, sois un encanto y muy amables.

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