El futuro

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El futuro ha llegado. O al menos eso creía Juan cuando le llamaron para aquel trabajo. Unos días antes, su hijo mayor se había empeñado en hacerle un currículum y ponerlo en Linkedin. No creía en esos métodos, al menos para él, un hombre de 54 años, que llevaba dos en paro y que había perdido la esperanza y la moral; le parecía ridículo acceder a ese medio tan moderno y además, sin saber idiomas ni informática, iba a sonar que era algo que él no había hecho, y eso le parecía que daba mala imagen.

No obstante, su situación era tan precaria, que accedió, eso sí, sin confianza alguna en el resultado. Es por eso que cada vez que sonaba su móvil, cosa que, hacía mucho tiempo sucedía rara vez, pensó que era un acreedor para reclamarle algún pago. Se disponía a no contestar, más aun cuando el número era desconocido, pero un golpe de intuición hizo que contestase:

-Dígame—dijo con cierta timidez de hombre que debe y no puede pagar.

-¿Juan Ramírez?—dijo una firme voz al otro lado.

-Sí, dígame.

-Le llamo por su anuncio en Linkedin, estamos interesados en sus servicios y podríamos contratarle.

-¡Ah, muy bien!—contestó Juan, sintiendo que su corazón latía cada vez con más fuerza.

-¿Puede usted acudir a una prueba mañana?

-Sí claro…dígame a donde he de ir—dijo Juan, mientras rebuscaba en sus bolsillos un bolígrafo y un ticket de la compra del pan y poco más que acababa de hacer en Mercadona.

-La dirección es complicada de encontrar—dijo la voz—. Pasaremos a recogerle mañana a las 6.30 en la puerta del bar que hay debajo de su casa. Hasta mañana.

Juan se quedó perplejo con el bolígrafo y el ticket en la mano. Parecía uno de esos estatuarios que se disfrazan de barro y ponen, a sus pies un plato, y cuando suena la moneda generan un movimiento mecánico. Después de dos largos años era la primera vez que le llamaban para ofrecerle algo; parecía mágico lo que es capaz de hacer el Linkedin ése. ¡Hasta sabían que había un bar debajo de su casa!

Cuando tomó conciencia de lo que acababa de sucederle no sabía si reír o llorar. Allí mismo vio que nada estaba escrito. Se convencía que su destino no estaba maldito, que a pesar de todo aún quedan oportunidades para un hombre de 54 años, que la experiencia podía llegar a valorarse; lo que ocurría es que no se puede uno quedar en la cola del paro esperando indefinidamente, que los nuevos métodos de búsqueda de empleo funcionaban, y bien además y rápido también, gracias que él tenía un hijo que con sus sacrificios había logrado aprender informática y sacarle de un apuro.

Cuando llegó a casa, lo primero que hizo es llamar a su hijo y contarle lo sucedido. Sabía que le daría una alegría… No le contestaba: seguro que ese puñetero estaba con su novia disfrutando de lo lindo. Ya le llamaría cuando terminarse de ponerse las botas, porque él, seguro, que no le llamaría, nunca lo hacía. Hoy en día las cosas funcionaban así… ¡cómo iban a querer casarse si nos les faltaba de nada! Tenían lo que querían, cuando, cómo y con quién. Qué pena que él no pudo en su día disfrutar de esa forma de vivir. Pero ahora todo podía cambiar, incluso podría permitirse volver a tener pareja. Cuando las cosas empezaron a ir mal, el matrimonio siguió en paralelo los acontecimientos y se quedó solo, sin trabajo y sin casa.

No quería pensar que a lo peor no le cogían, si le han llamado y se toman la molestia de recogerlo en la puerta de su casa, es que su currículum cumplía con las necesidades de esa empresa. Seguro que sí. Las cosas estaban cambiando, al menos eso decía la tele, ¿por qué no iba a ser verdad? Seguro que iba a salir de la miseria moral y económica que se cernía sobre él. Ya se veía haciendo una vida normal, como cualquier otra persona con su trabajo, modestamente, decentemente… no deseaba más.

Casi que no pudo dormir pensando y haciéndose cábalas. Lo mismo pensaba que todo iba a ir de maravilla, como su ánimo giraba 180 grados y veía que no iba a ser seleccionado, que no iba a ser válido para ese puesto. Seguro que se lo darían a un joven, que lo de llamar a gente mayor sería para cubrir el expediente. De pronto se convencía de todo lo contrario. Así, de hora en hora, pasó la noche hasta que a las 6,15 en punto estaba en la puerta de su casa, como en el ejército, en perfecto estado de revista.

Una furgoneta blanca paró en la misma acera en donde se encontraba. Un individuo con acento extranjero le llamó por su nombre y le invitó a subir. En el interior del vehículo se encontraban otros seis hombres, más o menos de su edad. Saludó muy parcamente y se sentó. Nadie profería palabra alguna. Un silencio sepulcral dejaba oír el ronroneo del motor del vehículo que avanzaba hacia la salida de la ciudad. Los compañeros de viaje parecían no conocerse entre sí: incluso había uno negro y los otros parecían extranjeros también.

No sabía por qué, pero aquello le empezaba a resultar extraño. El vehículo cada vez se alejaba más de la ciudad. Seguramente les tendrían que llevar y traer a diario para trabajar. Salió de la carretera general para dirigirse por carreteras secundarias hacia el desconocido destino. Estaba desorientado, no sabía a dónde se dirigían, era imposible adivinarlo desde la parte de detrás de la furgoneta sin ventanas y de noche. Sintió como se hacían stops y se cambiaba de carretera frecuentemente. Solo árboles se divisaban desde su asiento, en la parte trasera de la furgoneta, a través del parabrisas delantero.

El copiloto se dirigió a los presuntos trabajadores y les dijo que en la empresa no estaba permitido bajo ningún concepto el uso del móvil, así que deberían entregárselo con una etiqueta, que les dio y en la que figuraba el nombre de cada uno, asida a una goma, y que el mismo les sería devuelto al final de la jornada. Uno a uno entregaron el móvil mirándose a hurtadillas. Tardaron más de dos horas en llegar al destino. Ya estaba amaneciendo en esa mañana de invierno. Pensó que el retorno serían otras dos horas, mas ocho de trabajo: total, doce…

Una barrera se izó para dar paso a la furgoneta, que se identificó ante unos guardias de seguridad privada, armados con pistolas de grueso calibre. Una braga al cuello les resguardaba algo más que del frío de la mañana, pues su rostro quedaba oculto. Paró la furgoneta en el interior de un garaje bajando y pasando a unas instalaciones anejas al mismo. Pasaron a una estancia que era vestidor, con unos largos bancos corridos y unas taquillas metálicas abiertas y con la llave colocada en la cerradura. En una mesa central unos paquetes con ropa verde, aguardaban seguramente para ellos.

De improviso se abrió una puerta apareciendo un hombre que se dirigió a ellos de forma muy directa y sin saludos previos. Era chino.

-Este es su contrato—les dijo, exhibiendo unos papeles en la mano que dejó en la mesa con un fajo de bolígrafos—. Deben firmarlo, el que desee hacerlo, antes de dar comienzo el trabajo, pues no pueden trabajar sin contrato. Es la ley y hay que cumplir: las inspecciones son frecuentes y las denuncias cuantiosas. Si alguien no quiere firmarlo, deberá esperar al final de la jornada para regresar a donde fueron recogidos.

Al llegar se dio de bruces con la respuesta. Allí mismo vio, en ese mismo instante, que los sueños, sueños son. Era un engaño como otro cualquiera, un timo del que sería difícil salir, si es que salía de donde se había metido. Se preguntaba qué hacer; sin móvil estaba como desnudo. Sólo podía esperar a que se hiciese la hora del retorno, o firmar. Empezó a leer el contrato con la escasa luz de que disponía. Parecía que todo estaba estudiado: el móvil, la escasa luz, el lugar tan escondido y desconocido… se sentía en una ratonera de la que iba a resultar difícil salir, sin dudar, mucho más que entrar.

Les habían dejado solos, se miraron entre si los seis compañeros de viaje. Los blancos ojos del muchacho de color escudriñaban las paredes. Entendió que buscaba alguna cámara o micrófono: seguro que les espiaban.

Pudo leer las cifras que aparecían en negrita y éstas eran sustanciosas. Les ofrecían un sueldo bruto mensual de 3.000 euros que podían quedar en neto en algo más de 2.400, en el que se incluían horas extraordinarias, sin especificar el número de ellas, y deberían tener para la empresa disponibilidad de festivos incluidos. La empresa facilitaría alimentación, vestido y transporte. Eran unas condiciones muy indefinidas y leoninas, pero el dinero era mucho, mucho más de lo que él podía soñar. Podría quedarse sin deudas, incluso ir de vacaciones, algo que no hacía desde antes de su divorcio. Por mucho que le hiciesen trabajar y duro que fuese el trabajo, el sueldo parecía valer la pena. Un año en estas condiciones le sacaría de muchos apuros y quién sabe… si se prolongase el contrato, podría llegar a la pre-jubilación en unas condiciones buenas.

El chino volvió sin avisar como antes, abrió la puerta y con aire autoritario interrogó, más que preguntar:

– ¿Han firmado sus contratos?… Déjenlos en su taquilla. Pónganse los uniformes de trabajo, dejen la ropa en la taquilla, y guarden la llave con la cadenita colgada en el cuello.

Nadie contestó. Uno levantó el papel en señal de asentimiento, siguiéndole los demás en el gesto. Se cambiaron rápidamente mientras el chino vigilaba que se cumpliesen sus órdenes. Juan observó, que la llave adjuntaba una chapita con un código de barras.

Vengan conmigo—le dijo.

Todos le siguieron en fila ordenadamente, mansos, en busca de sustento como un ejército de camaleones verdes.

Llegaron a una sala con apariencia de botiquín. El chino siguió dando órdenes:

-Van a pasar la revisión médica. En caso de que no sean aptos se les indemnizara con 200 euros y el contrato quedará resuelto y, al final de la jornada, se les volverá a llevar al lugar de recogida.

 

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Juan se despertó como de un profundo sueño. Abrió los ojos y reconoció la lámpara de su cuarto, la televisión junto a la mesilla de noche, la botella de agua medio llena y la novela que estaba leyendo… Todo había sido un sueño: un sueño extraño, surrealista.

Sentía la boca muy reseca. Al intentar coger la botella de agua un intenso dolor recorrió su espalda y una sensación de angustia invadió su estómago. Llevó su mano a la espalda y notó un gran esparadrapo a la altura de su riñón derecho. Se dejó caer al colchón. ¿Qué le había pasado? ¿Había tenido un accidente? ¿Cómo es que no estaba en el hospital? ¿Dónde estaba su hijo? Tantas preguntas sin respuesta le dejaron en un estado casi catatónico. No entendía nada. ¿Seguía dormido?¿Qué estaba sucediéndole?

Pasó el tiempo. Cuando miró alrededor para cerciorarse aún más de dónde se encontraba, vio en su mesilla una bote de pastillas y tras él, apoyándose en la lamparita de la mesa de noche, un sobre en el que rezaba una indicación: 2 cada 6 horas. En conclusión, se dio cuenta que es lo que podía haber pasado. Había sido raptado y le habían extirpado un órgano. Instintivamente llevó sus manos a los testículos, pero pensó que seguramente sería un riñón.

Cuando se incorporó para tomar las pastillas, vio que el tarjetón era en realidad un sobre abultado. Esperaba una explicación de lo sucedido. Efectivamente la explicación se encontraba en el interior: un gran fajo de billetes de 200 euros… en un total de 50.

Manuel Cañadas

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7 respuestas a “El futuro

  1. Julia Reyes Nieto Carrasco 24 marzo, 2018 / 7:42 am

    Impresionante relato, más real de lo que creemos, la necesidad hace que aceptemos cosas a ciegas y el resultado puede ser desastroso, me quito el sombrero ante ti querido Manolo..para cuando un libro?

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  2. elena balado 25 marzo, 2018 / 4:15 pm

    Manuel, como siempre me encanta como redactas, pero, el desenlace me ha inquietado mucho. No me gusta esta “realidad” que ha surgido por dinero…. me has hecho pensar…. ¿dónde vamos a llegar?…..

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  3. Nieves Bejerano 26 marzo, 2018 / 7:18 am

    ¡Que inventiva Manuel!, muy bueno tu relato. Como todos los que has escrito.

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  4. Jtrainer 26 marzo, 2018 / 9:45 am

    Muy bien Manuel, no te voy a decir que te superas, porque es difícil ya que tienes textos muy buenos. Ya estoy esperando el próximo.🤣

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  5. Manuel 26 marzo, 2018 / 4:48 pm

    Gracias a todos, muchas gracias. Me alentados a escribir, lo que hace que mi natural pereza, supere los estadios de relajo.

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  6. Victor Jaime Selusi Franch 27 marzo, 2018 / 6:22 pm

    Muy bueno Manuel.

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  7. Elena Martínez 27 marzo, 2018 / 9:30 pm

    Pereza dices? No me creo nada eres un gran escritor

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