En lo alto de la montaña

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Al cumplir los catorce años, mi padre me llevó de excursión a Montserrat, un lugar que él conocía muy bien, y no porque fuera un devoto, sino simplemente porque le gustaba y disfrutaba subiendo por la montaña.

A Montserrat se puede subir por distintos medios: el funicular (aéreo), la cremallera, en coche y a pie. Como podéis imaginar escogió esta última, pero no sólo la subida de la montaña, sino todo el camino desde las afueras de Barcelona hasta el monasterio. Fue un viaje que todavía recuerdo como si fuera ayer.

Salimos un sábado a media mañana; cogimos la carretera y nos pusimos a caminar. Afortunadamente en el año 65 no había tanto tráfico. Llegamos a Esparraguera a última hora de la tarde y cenamos en un bar un bocadillo. Pensaba que nos quedaríamos a dormir en alguna pensión, pero fue una falsa esperanza y seguimos caminando.

Al salir del pueblo nos encontramos con una “colla” de jóvenes montañeros que también iban a Montserrat y mi padre decidió ir un rato con ellos hasta que decidieran parar para dormir… pero ellos dijeron que no pararían hasta llegar a la Moreneta. Los seguimos un rato pero, claro está, yo no podía ni con mis pies, ni con mis ojos que se me cerraban. Al final mi padre decidió parar un rato en un recodo, protegidos por unos árboles. Él se sentó y yo me derrumbé. Creo que me dormí con la mochila a la espalda, porque cuando me desperté al alba me dolía absolutamente todo: no había un parte de mi cuerpo que no me doliera.

Con la poca luz del amanecer nos pusimos en marcha. Fue agotador, pero inolvidable; todavía conservo en mis retinas ese amanecer, y cómo se iluminaba el camino a medida que el sol subía con fuerza al horizonte mientras la vegetación se cubría de tonos verdes, ocres y amarillos. Seguimos caminando un buen rato, dando vueltas a la montaña y de pronto empezó a desaparecer el camino de tierra y empezamos a subir por unas escaleras anchas de madera. Mi padre me animó, diciéndome que sólo quedaba un kilómetro para llegar a la cova santa y esta vez no me engañó. Ahí estaba, al salir de una curva. Me impresionó la cantidad de gente que había esperando turno para entrar. La cova no era muy grande (posteriormente y tras un pequeño derrumbe la ampliaron), pero allí estaba la Moreneta. En el interior había un respetuoso silencio.

Seguimos hacia arriba, y aunque ya se veía el santuario, parecía que no llegábamos nunca, hasta que al final alcanzamos la explanada de la estación de la cremallera. ¡Papá, ya hemos llegado! Mi padre me miró y con una sonrisilla de las suyas me dijo “No hijo, todavía no: el monasterio está ahí, a unos doscientos metros, pero ése no es el final del camino. Vamos a subir a la ermita de Sant Jeroni, que está a unos dos kilómetros de aquí”.  La moral se me cayó por los suelos: ¡dos kilómetros más, y de subida! Mi padre seguía sonriendo de aquella manera que parecía que le salían chispitas de los ojos.

Empezamos a caminar otra vez, pero para mi sorpresa a unos 100 metros llegamos a la estación de un aéreo que es el que nos subiría hasta la ermita. Una vez que llegamos arriba, creo que entendí a mi padre y el porqué le gustaba tanto la montaña. El paisaje era espectacular. Grandes rocas que parecían que desafiaban las leyes de la gravedad, un horizonte que parecía no tener fin, un silencio respetuoso que sólo cortaban las alas de alguna ave de presa. En fin, no se puede explicar. Hay que subir a verlo.

Mientras esperábamos al aéreo para bajar al monasterio le pregunte a mi padre ¿Por qué has querido subir hasta aquí arriba?  Me miró con su clásica sonrisa y me contestó  ¡Para sentirme como un ser humano y que vale la pena vivir en la paz! Y añadió  “Cuando estés en la cima de la montaña, mira hacia abajo, pues allí es donde volverás a estar”. Me quedé un poco parado sin llegar a entenderlo y me continuó explicando: “Hijo, en la vida vas subiendo y puedes alcanzar metas muy altas, tanto que puedes llegar a creerte superior y que puedes con todo, pero, más tarde o más temprano, comienza inevitablemente la bajada y te cruzarás con personas que dejaste atrás al subir”.

Cuando llegó el aéreo bajamos hacia el monasterio, que yo pensaba que era nuestro destino original, pero me equivoqué como otras tantas veces me he equivocado en esta vida. Ya era por la tarde y no nos quedó mucho tiempo para visitarlo, pero si nos dio  tiempo a ver bailando a un par de collas sardanistas. En la anilla no sólo estaban los de la colla, sino que también gran parte del público estaba bailando y entre ellos pude ver al gran pintor Salvador Dalí (el genio) y a un monje que me dijeron que era el abad de Montserrat. Ahora, con la perspectiva que nos da el tiempo, creo que sería muy difícil repetir un viaje como aquel. También me imagino que no veríamos bailando una sardana al abad actual de Montserrat, D. Josep Mª Solé

Aquel viaje lo he tenido siempre muy presente. Aquello fue un viaje iniciático que mi padre me quiso enseñar en una edad crucial para un adolescente.

Gracias, Papá.

                                                                                                             Antonio Álvarez

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4 respuestas a “En lo alto de la montaña

  1. elena balado 9 abril, 2018 / 2:22 pm

    Antonio, me ha llegado al “alma”…. he subido de todas las maneras posibles a Montserrat, para mí es una de las montañas más mágicas de España. Yo también subí por primera vez con mis padres y ¡me has recordado tantas cosas!…… muchas gracias….

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  2. María del Mar 9 abril, 2018 / 4:02 pm

    La vida la llenamos de experiencias y recuerdos, los mejores momentos son los que de la mano nos ofrecen los seres que más nos quieren… Muy bonito Antonio.

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  3. Cristina 9 abril, 2018 / 4:30 pm

    A Montserrat la llaman la montaña mágica, no sé si lo será o no pero a mí también me iniciaron en ella, fué mi abuela materna. Es donde di mis primeros pasos.

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  4. carmen aguilella 12 abril, 2018 / 8:15 am

    Muy bonita tu historia Antonio. Es muy tierno recordar a nuestros padres y reconocerles todo el cariño y enseñanzas que nos dieron en su momento. Mientras hablas y recuerdas a tus mayores su imagen se mantiene en el tiempo.

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