Mi padre

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¿Qué recuerdo de mi padre? Sobre todo, sus ojos grandes, limpios, de color gris jaspeado, de persona buena, honesta y tranquila, pero luchadora y trabajadora. Mantengo el recuerdo de esa mirada que tantas veces a lo largo de la vida me ha tranquilizado. Nunca he encontrado otros ojos tan bonitos y con unas pestañas tan largas que me transmitieran la misma paz, y mira que a mí me gusta cuando hablo con las personas  mirarles a los ojos. En la cama del hospital sus ojos eran suficientes para saber cómo estaba, porque él siempre estaba bien. De las otras muchas cosas que recuerdo es cuando me ayudaba a hacer los deberes, especialmente a buscar en los diccionarios las palabras. ¡Mira que nos hacían buscar definiciones! Y también lo mucho que le gustaba pescar en vacaciones.

Mi  padre se marchó cuando yo tenía recién cumplidos los 18 años, después de darme una lección de lucha, coraje y saber estar. Estuvo ingresado en Valle Hebrón (el Hospital General de Barcelona) cinco meses, luchando contra las complicaciones que iban saliendo en su enfermedad hasta el último momento. Entonces le dijo a mi madre  “Dolores, ya no puedo más”.

No pude disfrutar de su compañía: éramos muy jóvenes, y eso siempre lo he tenido como lastre.

Mª Carmen Barberan

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Preguntas

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Cuando, al preguntarle si era feliz, le respondió con una afirmación que encerraba un tono desapasionado, encriptado, como si al indagarlo ella misma, le alumbrase alguna duda más que razonable, llegó a creerla.

Sin embargo, a ella le pareció que tenía que convencerse a sí misma de sus palabras. Dejó en el aire de su gesto, rúbrica difusa, que no quería que fuese reconocida como su propio sello por ningún interlocutor al que se enfrentase.

Si ser feliz representaba intentar llegar al límite de lograr tus sueños, tus deseos, tus aspiraciones, si es que habías intentado con todas tus fuerzas hacerlos realidad, sí que lo era. Había hecho todo lo humanamente posible por lograrlo. Pero en el fondo le quedaba una gran duda de haberlo sido. No podemos interpretar los intentos como los logros, por muy intensos y constantes que hayan sido. Los esfuerzos por ser feliz quizá deban ser ligeros, sin la densidad de la voluntad empujándolos. A veces el éxito se confunde con la felicidad.

Habían hablado de pocas cosas aquella mañana, en que la casualidad les hizo enfrentarse en un pasillo. Eran más de 20 años desde la separación y, durante todo ese tiempo, habían estado ausentes de sus vidas. Habían sido un presente ausente, el estar pero sin saberlo. Los caminos se bifurcaron después de aceptar ella un nuevo destino de su empresa en Londres. Entonces entraba en su mente que ser mujer y lograr ser la directora de la delegación en Londres, era no sólo una legitima opción personal, sino un logro de género. Los encuentros alternos cada dos semanas de un principio, se fueron espaciando. Una vez por cuestiones de trabajo, otras por…; al final, por pereza.

El final de todo tuvo lugar en un encuentro en París, donde ambos se sentían en un territorio neutral. Fue ella quien lo planteó, quizá esperando de él una negativa a aceptarlo, que le pidiese otra oportunidad, que le hiciese una contraoferta que le demostrase su interés por continuar juntos. Pero las estrategias de negocios no son válidas en el amor; es más, no son juego limpio. No fue así: él aceptó la ruptura sin cortapisa alguna, como si lo estuviese esperando, o lo que es peor, deseándolo. Al menos eso quiso dar a entender.

Fueron pasado el uno del otro, una parte de ese pasado en la memoria, teniéndose otra parte en una ausencia incomprendida, en la que durante la misma, y de una forma constante, habían recibido ecos de salpicaduras de sonrisas añoradas, otras de sentimientos de soledad, otras de reproche, pero siempre presentes en sus vidas la imagen del otro, de los instantes pasados.

Ese momento de sinceridad tan esperado, después de más de 25 años, en el que podían hablar con la franqueza a flor de alma, sin orgullos heridos, sin falsas indolencias, se estaba convirtiendo en el lugar verdadero de encuentro, en el momento clave del encuentro, en el que las máscaras se quedaron en el vestuario. Nadan tenían que demostrar; el tiempo lo había demostrado todo. Era el lapsus en el que los actores de un guion social se convertían en personas para dejar el personaje, con el reconocimiento implícito y clamoroso de acatar que habían cometido el error más evidente de sus vidas.

Más de 20 años de distancia en el espacio, de hacerse los inmunes, de almenarse brindando al sol la soledad inmensa que sentían sus almas, de frío tiritado, de nombre llamado y muerto en los labios al querer pronunciarlo por miedo a convertirlo en grito. De llamada desgarrada perdida en el vacío.

¿Y ahora qué?… el tiempo…la vida, la puta vida. Joderrrr… ¿dónde está la marcha atrás? ¿Dónde guardamos los meses rotos de los calendarios, las hojas de los otoños? ¿Dónde las horas de suaves besos perdidos en la piel tersa y fresca?…¿Dónde la licuada humedad que nos palidecía?…

El destino les había vuelto a juntar en el pasillo de un hospital. Él esperaba una intervención delicada de corazón. Ella cuidaba a su marido convaleciente de una grave operación de un tumor cerebral.

Habían acordado un encuentro en la cafetería del hospital que, después del tumultuoso desayuno, dejaba flotar en el aire un ligero aroma de café y bollería; el local respiraba una relativa tranquilidad, creando un ambiente propicio para una conversación instalada en la más pura de las verdades. Frente a frente, los dos seres reencontrados, se disponían a  saldar una cuenta de sinceridad pendiente después de toda una vida. Comenzó ella. Un ligero tono de excusa ponía un fondo de música de bolero más que de tango:

-Yo quería ser una mujer en la dimensión, en que en aquellos momentos, se nos encuadraba a las mujeres. Un ser nuevo de la especie, una Mullier sapiens, libre, autónoma, capaz de superar a los Homo sapiens en todos los terrenos; tenía que demostrarme a mí, a mis congéneres y sobre todo a ti, que lo era, que la evolución se había producido, al menos, en mí. ¡Qué estúpida fui!… Ayer me preguntaste si había sido feliz y aún, hasta ahora, quise dejártelo como una duda… pero hoy no quiero mentirte. No, no, ¡NO LO HE SIDO! Sencillamente he vivido, saboreé el poder y la gloria pero perdí el amor, tu amor. Además, con el paso del tiempo, me sentí víctima manipulada de corrientes políticas e ideológicas que se superponían a la realidad, dándole un sentido de agravio, de injusticia ultrajante. Nos dejaban avanzar unos peldaños, pero el verdadero poder era el que era, el que quería hacernos sentir como a ese niño, al que simulas dejarte ganar en un juego de adultos, para estimular su autoestima. Para llevarlo y reconducirlo por donde te dice la cultura que debes hacerlo.

Él extendió la mano, en la que una vía médica, sujeta por un esparadrapo, la convertía en un apéndice robotizado, y secó la lágrima que caía por aquella mejilla, tantas veces besada, con el dorso de sus dedos, en un gesto de caricia suave y tierna.

Después de un silencio denso, recapacitado, el tomó la palabra:

-Yo…yo –titubeaba– me sentí desplazado, insignificante en tu vida, un simple profesor de primaria, al que su novia tenía que pagar sus viajes a Londres. Me sentía como incapaz de igualarme a ti, diminuto. A veces un aprovechado, un pobre, incapaz de llegar a tu nivel. Mi sentido de la hombría quedaba contigo en una mascarada impropia y sin escala asimilable, desproporcionada e incapaz de equipararte. Yo tenía que abandonarlo todo para seguirte, eso no era propio de un hombre, y quizá en Londres ser el marido “de”, el que en casa cuidaba de los niños, de la comida, mientras tú estabas en reuniones importantes, impartiendo ordenes, estrategias…en fin, todo lo que llevaba consigo tu nueva posición. Sin conocer el idioma ni nada de aquel país, mi vida iba a ser un apéndice de la tuya, tus amistades se mofarían de mí, me menospreciarían, me verían como un chulo que vive de una mujer. ¡Qué iban a pensar mi familia y mis amigos!

En esta ocasión fue ella quien extendió su mano para mesarle sus cabellos grises, mirando su rostro inmensamente y en el que aún, reprimía el gesto de una lágrima con una sonrisa casi patética, y sin poder evitarlo le dijo…

-Cariño, mi amor….qué error… qué inmenso error. Hay víctimas en la sociedad que no lo son por sí mismas, si no del subproducto de ella, de sus heces mas normalizadas, nosotros somos unas más de ella…pero-dijo, queriendo aliviar el daño– ¿qué ayudas sociales hay para las víctimas de la cultura que nos inocularon, en la que nos educaron diciéndonos lo que era políticamente correcto?.

Él quiso también romper el triste momento de queja en que se estaban instalando. No quería que el instante mágico se convirtiese en un lamento de plañideras sin camino a ninguna porte.

En tono de broma espetó:

-¿A quién reclamamos una subvención por los años que nos deben? –dijo, con una triste sonrisa que pretendía aparentar algo muy distinto- O mejor, montemos una ONG de víctimas de la cultura alienante de los 80…-siguió con una larga perorata llena de chispas de sutil humor, que curiosamente, pretendían iluminar centrando el foco en el lado hermoso de la vida. No era resignación ni ánimo, sencillamente pensaba, que aún había un lugar para la esperanza.

Ella pensó que no había perdido su fino sentido del humor: los años no le habían cambiado. Siempre quitando asperezas y simulándose indemne a puñaladas, con sonrisas, como muestras de indoloras sensaciones de un caballero acorazado, de una personalidad que estaba por encima del dolor, de la sensibilidad, de la ternura, un encajador al que nada podía derribar, nada podía ser más fuerte que él.

Con esos dedos enredados en su pelo, sintió el viento del universo entrar en su cuerpo, sus ojos se quedaron fijos mirándola. Seguía siendo para él aquella joven de su barrio, bella y dulce que esperaba a la salida del instituto… y poco a poco, como apagándose, fue perdiendo la sonrisa de sus ojos sin poder simular una mueca, para ir transformándose en una máscara trágica del profundo dolor hondo, que de pronto, le enraizaba el centro de su pecho, quemándole como una lava de volcán.

Manuel Cañadas

Tres días y más

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Aterrizo en el aeropuerto de Ibn Batouta después de un maravilloso vuelo. Me han dado ventanilla. A mi lado no había nadie y el tercer asiento lo ocupa un hombre, bien vestido, con rasgos árabes, muy amable y que habla bastante bien el castellano.

– ¿Vuelas sola?

– Si… —Menos mal que vienen a recogerme, pienso.

Hemos  volado  bordeando la costa, a baja altura y en un día muy claro con lo cual he podido ver todo el relieve terrestre desde Barcelona a Ceuta. Una verdadera gozada. ¡El Delta! ¡Qué bien se ve Peñíscola! ¡Esto es Castellón!…

En el aeropuerto el martirio de la aduana. Una voz me saca de mis pensamientos. “Ven conmigo, será más fácil”. Sin pensar, obedezco a mi compañero de vuelo y entonces se presenta: “Soy Kassim, sígueme, saldremos en unos minutos”. Así fue: pasamos a una taquilla diferente y después de rellenar la ficha de entrada al país y enseñar mi pasaporte, con toda la amabilidad del mundo, nos dejan pasar. Le doy las gracias y vamos hacia la salida. Tánger me recibe con la primera sorpresa: escuchar la llamada a la oración del almuédano que se repite, como un eco, desde varias mezquitas produciendo, al oído, una estereofonía múltiple que me eriza toda. ¡Bien empezamos! ¡Vaya recibimiento! Veo a mis amigos Fatiha y Abdel y, en ese momento, recibo otra sorpresa: Kassim es el primo de Abdel en una familia toda de mujeres.

Compartimos coche sin parar de hablar. Nos llevan a Tetuán y, sin perder tiempo, nos adentramos en la Medina. Me sorprende, una vez más, la mirada de sus gentes, los colores, olores, sonidos, toda ella y me siento dentro de la película “El Tiempo entre Costuras”. He venido para una boda que por aquí duran tres días con un ritual muy rico y variado y una gran carga emocional. Me integran, como una más, desde el primer momento y participo en todo a su manera.

El primer día, de la Purificación, empezamos a cocinar con la primera oración. ¡Cuánta verdura lavé y corté! Más tarde, tejimos dos guirnaldas de flores que hicimos con papel de colores y adornamos con toldos, rojos y verdes, y alfombras la terraza de la casa de la novia. Todo esto con mujeres de todas las edades tocando tambores y cantando alrededor de la novia que, inmóvil en medio del jolgorio y sentada en una especie de trono, lo contemplaba todo. Me impactaron sus “gritos” de júbilo con la lengua e incluso me enseñaron cómo se hacia. Terminamos a mediodía colocando una de las guirnaldas de flores en un mástil que pusimos en la parte más alta de la casa: es la señal de que hay una boda. El otro collar se lo ponen las amigas de la novia en la testuz a una vaca que es paseada por todo el barrio por los amigos del novio acompañados de música tradicional marroquí. ¡Qué rítmico y colorido!

Por la tarde, las mujeres más próximas a la novia junto a sus amigas, nos vestimos con túnica y pañuelo blanco y, a modo de pasacalle por toda la Medina, nos dirigimos al Hamman (baños) acompañadas de música. Me pareció como una despedida de solteras en un balneario. ¡Qué lujo!… un gran patio con fuentes espectaculares, mucha decoración árabe, agua que emana por todos  lados, mosaicos, piscinas, muchas flores, vapores, olores, tumbonas, y té con hierbabuena. Reviví mi niñez cuando mi madre me bañaba y me impregné del olor tan peculiar del negro jabón con el que nos frotábamos unas a otras. Todo acompañado de cantos para alejar los “yenun” y muchas risas.

¡Me sentí la princesa del cuento!

El segundo día es el de la Protección y Prosperidad. Empezamos cocinando couscous y arreglando el salón de la casa donde se realizaría la ceremonia de la Henna. La novia, toda vestida de blanco, y nosotras, sin zapatos y con trajes de fiesta. Sientan a la novia en un trono y su madre le presenta un cirio blanco donde se escribe con henna el nombre de la novia y se le hacen símbolos de protección. Luego es la madre del novio quien lleva otro cirio blanco en el que se escribe el nombre del chico y se hacen símbolos de prosperidad. Cantan una canción que me emociona. Son peticiones para el bien del matrimonio y mientras, a Shijam, la novia, le van pintando manos, piernas y pies con la pasta  negra. Me maravilla la destreza y rapidez de Ikram en realizar los dibujos geométricos y florales con la jeringuilla de henna sin equivocarse una sola vez. Más tarde seriamos las invitadas las que pasaríamos por el ritual. Tuve las manos y los pies pintados más de un mes. Al anochecer subimos  a la terraza que habíamos montado el día anterior y allí recibimos a la novia con el primer vestido de la noche, en color fucsia, de princesa árabe con unas impactantes joyas. Fue su hermana quien le cantó poniéndole henna dentro de las uñas y en la palma de las manos para que sea fecunda. Nos sirvieron un té delicioso y bailamos más de una hora esperando el segundo vestido, un kaftán dorado y bordado en rosa más espectacular que el primero y fueron su madre y su abuela materna quienes entonaron una canción de despedida. “Ya no dormirás en tu cama de niña…” “ya no te trenzaré el pelo…” Lloré mientras me traducían cada estrofa: es un canto desgarrador adaptado a cada novia, intimo y al ritmo de un Darbuka (tambor de cerámica y piel). Cenamos allí mismo ensaladas de verduras, couscous y tajine de pollo, con las manos y acompañado de su pan como tenedor. Luego empezó un disc-jockey (por supuesto mujer) y, a pesar del cansancio, bailé de lo lindo. Sobre las 4 de la mañana empezaron  todas a “gritar” y fue la señal de que empezaba otro ritual, el Rapto. Los amigos del novio simulan robar a la novia y la ponen dentro de una gran jaula de madera que suben y atan a un burro tapándola con una sábana blanca primorosamente bordada. Se forma un gran jaleo. Una mano me toca pronunciando mi nombre, me sobresalto y al volver la vista me encuentro con Kassim que me va explicando toda la ceremonia hasta llegar a la mezquita. Allí se canta una oración en acción de gracias y luego se pasea, bailando, por todo el barrio. ¡No sé cómo pueden aguantar allí dentro encogidas! Amanecía cuando llegue para acostarme y aún faltaba otro día.

La celebración del último día empezó a la caída del sol, con la llamada a la oración desde el alminar de la mezquita. Un atardecer rojizo que me trajo una mezcla de sensaciones. Estaba muda de asombro por esa repetitiva melodía que lo inunda todo y por un sol bajo reflejado en las piedras del viejo recinto, a orillas del mar, donde nos encontrábamos. Mi vestido, el ambiente, los sonidos, los colores de la tarde, el olor a mar y a jazmín me hacían estar en otra dimensión. Los novios entraron, por fin juntos, ella con un kaftán granate con capa bordada, un collar enorme y una rica diadema. Él con chilaba corta, pantalón bombacho, babuchas y sombrero rojo marroquí. Se sientan en el trono y es el momento en que las  amigas le bailan la danza típica de la región, el “baile de la cosecha”. Se van los novios a cambiar de vestido y nos sirven un delicioso té de hierbabuena con un plato de pastas que luego te llevas a casa para el desayuno. El segundo traje es un kaftán de pedrería blanco acompañado de una tiara y es el  momento de “Bailar a  la novia”. La sientan en una especie de peana y, al ritmo de timbal y trompeta la pasean, bailándola, por toda la sala. ¡Parecía una Virgen en el trono ! Bailamos y nos sirven dátiles. Tercer traje, un maravilloso sari rojo bordado con perlas blancas. Nos hacemos fotos y pasamos a cenar: ensaladas de verduras, garbanzos con ternera, cordero al horno, pollo con especias y un flan con frutas. Eran las 3 de la mañana.

Por fin salen vestidos de novios, como aquí y empieza la despedida con otro bonito rito. La madre del novio le ofrece a su hijo un vaso de leche y un dátil y este se lo ofrece a la novia. Ella se lo bebe y come. El novio la besa en la frente al igual que su suegra y, a partir de ese momento, la novia pasa a formar parte de la familia del novio. La novia va besando, una por una a sus tías, amigas, abuelas, hermanas y por último a su madre. La suegra le pone un manto blanco por la cabeza a modo de capucha. Salen a la calle y se van en coches, con los amigos, a dar vueltas por el pueblo hasta que amanece.

El viaje de novios consiste en ir, junto a la familia, por los bonitos pueblos que hay alrededor. Con ellos visite Chaouen, el pueblo azul; Arcila, el pueblo verde, Esauira, Tánger y Casablanca, desde donde volé a Barcelona. Me hicieron sentir siempre como en casa y pude vivir, en primera persona, rituales reservados a la familia. Me traje más de 1500 fotografías y muchas ganas de volver. 

Elena Balado

Teatro

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¿Qué es el teatro? ¡La vida misma lo es! Pero no: no me refiero sólo a la vida que a cada uno nos toca interpretar por tener que vivirla, sino a la interpretación teatral del espectáculo en sí.

El miércoles 9 de mayo de 2018 representé junto con mis compañeros del taller de teatro la obra “Quan la poesía es fa humana”.

Fue algo alucinante ya que me gusta mucho este mundo, tanto el ir a disfrutar del teatro como en esta ocasión el interpretarlo. Era la primera vez que yo interpretaba, aunque no la de ponerme delante del público, pues en mi adolescencia estuve en un coro varios años y me gustaba mucho, pero la vida te lleva a veces a tener que decidir y lo dejé. Ahora he tenido la suerte de poder apuntarme al taller de teatro y, cuando me apunté, estaba muy ilusionada, con ganas de ver realizado el sueño que siempre  tuve,  no sólo el de ver teatro, sino también el de interpretarlo.

Cuando iba a las clases junto con mis compañeras y compañeros (a algunos no los conocía todavía), empezó todo a ser divertido, emocionante. Había clases en que nos tocaba repetir varias veces la escena porque no salía bien; otras salía mejor, pero siempre lo tomábamos con humor.

Cuando empecé a ver que ya se acercaba la fecha de la interpretación en el teatro, me vinieron una y mil cosas a la cabeza: en qué lío me he metido, a ver si no me sale la voz,  ¿y si me equivoco? Y muchas más. Pero me dije para mí misma que no debía rendirme, que todo saldría bien.

El día llegó. Tuvimos, antes del estreno, unos ensayos para ajustar las luces, el sonido, la  puesta en escena, etc. Cuando terminó la actuación no podía creerme lo bien que salió: estaba con una alegría inmensa. Mi cuerpo estaba como lleno de agujas clavadas de la tensión acumulada, pero yo estaba feliz, radiante; no me podía creer la sensación que estaba en esos momentos experimentando. Y veía a mis compañeros en la misma situación.

Cuando bajé a saludar a mi familia, fue espectacular la alegría que tenían por haberme visto en el espectáculo. Me felicitaron, como también hicieron con los compañeros que estaban por allí. También nos felicitaron los representantes académicos allí presentes. Fue maravilloso, extraordinario… me faltan calificativos para expresar tanta emoción. Estuve todo lo que quedó de día en una nube, y también al día siguiente no me lo creía. Me impresionó la cara de satisfacción del público: estaban contentos, especialmente los de mi curso, primero. Son a quienes conozco. A ellos y a todos los que no pudieron asistir, ya que también nos felicitaron al día siguiente, mi gratitud y un abrazo muy fuerte

Dicen que en la vida siempre hay unos minutos para la gloria: pues bien, yo la tuve.

Gracias y un abrazo a todos.

T.B.C.

Recuerdo de mi infancia

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Estoy algo cansada y quiero irme a jugar; me duele el cuello por la postura y ella me dice:

 – Ya falta muy poco.

Alcanzo las puntas de la toalla que llevo sobre los hombros y las acerco a mi cara.

– ¡Me pican lo ojos!

Lo que pica, cura. Contesta.

Es por el vinagre mezclado con agua, que vierte sobre mi cabeza en el último aclarado. Ella dice que fortalece y da brillo; desprende un olor característico y esto es la señal de que ya ha terminado y podré levantar la cabeza de la pila, donde ella acostumbra a lavarnos el pelo a mis hermanas y a mí. Pero es sólo una parte del suplicio. Ahora queda una segunda, la de desenredar y hacer las trenzas. En mi intento por escapar de aquel peine, que se entrelaza entre mi pelo, dando tirones a su paso por cada nudo, salen de mi boca varios quejidos:

– ¡Ay, ay!

 A lo que mi madre responde:

– “Si hay mucho, guarda para cuando no haya

Es una de esas frases de ella que, como tantas otras, dictaban sentencia, sin dejar lugar a rebatir absolutamente nada.

Pero  ¿está ya?

-Estallará .Contesta.

Sigue peinándome, intentando que las púas del peine se deslicen sin encontrar tropiezos a su paso. Yo frunzo el ceño en señal de desaprobación, pero sigo allí esperando que se acabe mi tortura.

-Siéntate un “ratico” al sol.

Así hablaba mi madre, con ese deje de mi pueblo, medio murciano y con alguna influencia del valenciano; creo que era lo que más me gustaba de todo aquel proceso de higiene: sentarme en la puerta de mi casa, en plena calle, en una silla de enea, y al sol.

Una vez desaparecida la humedad excesiva, mi madre procedía a hacerme las trenzas, anudando un bonito lazo en los extremos. La destreza de sus manos era tal, separando y entrelazando los mechones, que me abstraía y siempre admiraba el resultado.

-Ahora cierra los ojos, que te voy a cortar el flequillo. Y no te muevas.

Siento el frío de la tijera sobre mis cejas y me quedo inmóvil. Cualquier pequeño movimiento podría causar un pequeño accidente y soy consciente de ello. Mientras avanzan las hojas afiladas, siento caer sobre mi rostro los pequeños pelos, que su filo va recortando. Me cuesta mucho seguir inmóvil: siento como si tuviera hormigas correteando por mis mejillas, hasta que mi madre sopla sobre mi cara y me libera de esta situación. Por fin respiro. Me miro en el espejo y observo la perfección del corte.

-Ahora vales un duro más. Comenta mi madre, satisfecha de su trabajo.

El tocador donde ella nos peina está situado al lado de la pila, en un rellano a la derecha de la entrada de la casa. Sobre él una botella de colonia, que mi madre compra a granel en la droguería del pueblo, descansa sobre el mármol. Puedo leer, Heno de Pravia: es la favorita de mi madre; ella coloca sobre mi cabeza unas gotitas y me dice que ya me puedo ir a jugar.

Voy corriendo a por mi cajita de cromos: es mi pequeño tesoro. Cojo un trozo de pan con chocolate que mi madre me ha preparado y me voy a la plaza del pueblo, donde cada tarde las niñas de mi edad, nos reunimos para jugar. Mi colección de cromos no es de las más grandes, pero estoy orgullosa de cada uno de ellos. Algunos son casi únicos. Hoy jugaré con mi amiga Irene: ella tiene algunos ejemplares que acaban de salir. Espero ganarle alguno, aunque ella es muy buena jugadora.

-No te hagas tardía y ves por la “ baldosica” (acera).

Así se despedía ella siempre que yo salía de casa.

Nieves Bejerano

Un error estúpido

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DATOS BÁSICOS DE LA BIOGRAFÍA DEL CANDIDATO DE LA OPOSICIÓN

Desertor del colegio, crítico del sistema educativo alienante e insumiso al poder: un antisistema. Decidió emprender, cuando se dio cuenta de su supina ignorancia, unos estudios dirigidos por él mismo. Se licenció en Wikipedia con un máster en Muy Interesante. 

De cualquier corriente o teoría científica o filosófica, se afiliaba a la que más controversia creaba, si sus referencias y puntos de vista rompían la simetría lógica. Abrazaba antes lo conspiranoico que lo racional. Más que un verso suelto, era un trueno descarriado.

Así todo era más fácil: al final todo tenía la misma explicación. Dependíamos de un supremo consejo de unos cuantos desconocidos, que eran de verdad quienes gobernaban el mundo. Los gobiernos eran títeres de unos intereses determinados al igual que las religiones, las filosofías y las modas. El poder mundial en la sombra lo tenía todo previsto, incluso los aparentes desacuerdos, las guerras, la emergía alternativa, el control de la lluvia, enfermedades y medicamentos que las solucionaban.

Lo tenía muy claro: Hitler vivió hasta los 110 años, Kennedy aún vive crionizado en un laboratorio de Arkansas (al lado de Elvis Presley) y ya existe una colonia espacial en donde se cultivan setas, hortalizas y se fabrica proteína artificial con sabores, helados que no engordan, tabaco que no mata y drogas que alargan la vida como el alcohol biótico y la coca transgénica. El tema gasolina lo tienen solucionado, pero primero hay que vaciar los depósitos.

Una inteligencia mal estructurada puede ser más peligrosa que la de un mediocre con poder. Lo académico era un invento más de una sociedad corrupta que impartía títulos; lo riguroso, innecesario; la intuición, el arma más valiosa; y el detalle excepcional, un rasgo de insufribles, vanidosos y pedantes, ajenos a lo que verdaderamente es importante.

Cuando considerá suficiente su conocimiento de las ciencias, se inclinó por la espiritualidad, la política y la religión. La Biblia, los Protocolos de los sabios de Sión, el Corán, los evangelios apócrifos, el Sutra del diamante, Nostradamus y un largo etcétera, fueron configurando su evolución intelectual para llegar a unas conclusiones deterministas que, de alguna manera, confirmaban y unían sus teorías científicas y políticas con las espirituales, llegando a una conclusión de predestinación fulminante y reconfortante.

Una extraña sinergia entre lo conspiranoico y lo predeterminado le había hecho llegar a unas soluciones, muy cómodas en la práctica, llegando a la conclusión que nada se puede hacer si todo va a suceder según está escrito. Dejémoslo llegar en su tiempo y en su ritmo, claro mientras a mí no me apremie.

No le atraía la disciplina: mejor dicho, era incapaz de tenerla. Su cabeza estaba más por la diatriba injustificada e injustificable que por el orden de la lógica, por realizar las cosas paso a paso, más que resolver dificultades; prefería obviarlas o rodearlas con una argumentación despreciativa, eso sí, sabiendo dar una impronta de cierto retintín irónico de regate y enfrentamiento, no dejando más opción que la descalificación de su mayor e intentarlo traerlo a la realidad, lo cual no aceptaba, pues sabía que era su derrota.

Todo esto era muy lúcido socialmente, pero su rentabilidad económica no era muy viable, Incluso en el terreno de la venta, que es donde mejor podía defenderse, el esfuerzo y la constancia no estaba hecho para su natural inteligencia cultivada en las redes que pescan a tantos y tantos profetas de lo irreal, de lo absurdo y de lo impertinente. Ningún trabajo estaba hecho a su medida: criticaba los medios de producción de aquellos lugares en donde lo contrataban, los horarios eran incumplibles, la explotación evidente y el salario no estaba a la altura de sus conocimientos.

Decidió dedicarse a la política que parece que no exigía mucho esfuerzo ni preparación: se podía escalar bien alto y dinero y oportunidades no le faltarían.

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Se quedó en blanco: verdaderamente eso de escribir biografías de los enemigos políticos se le daba de maravilla. Mirando el ordenador y contemplando su obra decidió que se había merecido un cigarrito, pues necesitaba saborear todas las maldades que acababa de escribir. Con parsimonia, disfrute y mimo, se lió un porro perfecto, troncocónico y sin una arruga en su fina piel de papel de arroz. Salió a la terraza e inspiró profundamente la primera calada, dejando que el humo se incorporase a sus pulmones plenamente y de ahí a la corriente sanguínea…….

Le habían encargado del área de acción política del partido (al que hacia trabajitos periodísticos sin ser afiliado) que, de cara a las elecciones, escribiera algo sobre el candidato de la oposición, algo así como un prontuario coherente para ejercer una crítica unánime desde todos los ángulos y configurando una biografía manipulada, de modo que cada componente de la lista ejerciese desde sus perspectiva personal una opinión crítica del personaje, que estuviese coordinada y con un sentido y dirección en todos los casos.

Primero se daría una impronta en algún artículo de los medios amigos, que diese tema para que las tertulias girasen en torno a la historia durante un tiempo y centrar la atención entre desmentidos y comunicados. La idea del enemigo único de Goebbels seguía tan actual como en la época nazi.

Mientras degustaba su magnífico porro, contemplando el crepúsculo le llamó su amigo Nacho:

-Estoy debajo de tu apartamento, si bajas tomamos unos vinos y cenamos.

-Jo tío, me da pereza, sube tu y los tomamos aquí. -Espetó a modo de excusa.

-No- contestó Nacho- que luego la liamos y tengo mal rollo en casa.

-Vale, bajo en cinco minutos.

La cena se complicó. Su colega estaba intrigado por conocer a qué se estaba dedicando y él no le soltaba prenda. Después de cuatro güisquis y un par de porros más, supo mantener su secreto profesional.

Verdaderamente le daba cierta vergüenza confesarle a Nacho lo que estaba haciendo, sabía de su seriedad y profesionalidad y nunca le aprobaría su conducta. Así le iba a él, aún haciendo reportajes callejeros en manifas y escraches. Pero le estaba empezando a ir mejor que nunca. Tener ciertas afinidades te daba trabajo bien pagado y sobre todo notoriedad, aunque en este caso su labor sería no sólo anónima, si no secreta. Participaba como invitado en tertulias, tanto radiofónicas como televisivas, o sea, que impartía doctrina a través de la opinión publicada y por ello era recompensado. Su popularidad crecía como la espuma.

En este país no vale la pena hacer periodismo de investigación. Si sabes vestir el santo con coherencia, en virtud de la libertad de expresión y opinión, se puede hacer lo que te venga en gana; una denuncia te da más prestigio y se resuelve a los cinco años con quinientos euros y no se entera nadie, cuando el cadáver que has creado ha dejado de oler.

Volvió a su casa evidentemente confundido: su mente saltaba espacios dejando en blanco algún suceso caído en el olvido del humo y del vapor. Tenía que trabajar esa noche: el Gabinete Electoral de la empresa de estudios contratada al respecto (solo hacia encargos del partido) esperaba su biografía para la mañana siguiente. A partir de ese momento la máquina se ponía en marcha: agenda de medios (prensa, radio, TV), cartelería, eslogans, actos públicos y un largo etc.

Verdaderamente tenía la cabeza hecha un lío; era incapaz de coordinar dos insidias con sentido seguidas y aquello tenía que estar a las 8 en la dirección del Gabinete. No solía hacerlo con frecuencia, pero indudablemente aquella noche necesitaba una ayuda. Se dirigió al cuarto de baño y dentro de un bote de omeprazol, unos papelitos blancos doblados en forma de sobre se quedaron prendidos en sus dedos. Canturreando se fue a la cocina y armándose de una pajita de sorber, se dirigió con su canturreo a la mesa del ordenador.

Abrió una papelina y dio una primera esnifada. Inspiró profundamente, para que aquel polvo blanco se hiciera uno con su sangre, lo que notó a escasos segundos, bien por el efecto mágico de la coca o por el condicionante de placebo. Respiró varias veces y decidió encender otro porro; éste ya no le salió tan perfecto. Quizá la celeridad de su elaboración no fuese tan estudiada como los anteriores: le urgía. Y continuó con su inspiración evolucionada por los estimulantes.

Amigo de las casas de lenocinio (se comenta que la tiene pequeña) y de los casinos, aficionado al alcohol como mínimo, ha tenido que ser arrastrado en bastantes ocasiones por sus escoltas a su casa, en donde vive amancebado con una extranjera de origen brasileño, a la que según fuentes bien informadas suele maltratar en sus estados de embriaguez. Padre de dos hijos de su anterior pareja, de la que tiene orden de alejamiento, no los ve desde hace años y no les pasa manutención de forma continuada. Sospechoso de pederastia no se ha podido demostrar nada, pues sus continuos viajes a Tailandia parecen motivados por su aberración…

Cuando terminó su trabajo, después de cuatro o cinco esnifadas, abrió el correo y adjuntó el documento. Sin darse cuenta pulsó la lista de correo, en donde aparecían todos los e-mails de medios, agencias, etc.

A la atención de Paulino Leste, Ilmo. Sr. Director del gabinete de difamación y propaganda electoral del partido. Como te hago la pelota, so cabronazo. Jijiji.

Estimado Pau, te adjunto la biografía del candidato de la oposición que he realizado; como ves, aunque tarde, cumplo mis compromisos con dos… Mañana paso a por la aportación que está pendiente: tenla preparada, me urge. ¿Cuándo empezamos el bombardeo? Jijijiji. Tu amiguete del alma, Óscar.

Sin pensarlo más pulsó con la flecha el ratón: Enviar.

Manuel Cañadas

Tirar del hilo

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El mes de Noviembre ya se dejaba notar y, a pesar de ser una mañana fría y gris, Elena se levantó de muy buen humor, ya que por fin habían detenido al hombre que, a punta de navaja, robaba y tenía atemorizado al barrio situado en el norte de la ciudad. Y, por si eso no fuera suficiente, su jefe le había dado el día libre para que desconectara.
Decidió ir al pueblecito de la montaña que cada vez con más asiduidad visitaba, donde se comía tan bien y a la vez podía dedicarse a una de sus aficiones favoritas: caminar por sendas entre árboles y montañas. Comió pronto para aprovechar las pocas horas de luz vespertina que el mes de noviembre regalaba. Caminó durante más de tres horas, tiempo suficiente para desprenderse de humos, prisas y stress que la ciudad le producían. Regresó al mismo bar para tomarse una cerveza y un bocadillo, y así evitarse hacer cena en casa. Estaba  pensando que algún día heredaría la casa de sus padres, situada en un pueblo cercano y soñaba con llevar una vida tranquila en el pueblo, paseando, leyendo, etc, cuando notó la vibración del móvil cuyo volumen había quitado para que una posible llamada o los fastidiosos whatsapps, no molestasen a los animales que vivían en la montaña. Era su jefe.
¿Que pasará?, ¿No me había dado el día libre?, ¿No podrá esperar a mañana?
-Dime, jefe.
-No saques tu mal genio. Si no fuera urgente no te habría llamado.
-Desembucha rápido, que estoy tomándome el café y todavía me queda una hora de coche hasta llegar a casa.
-¿Donde estás?
-En la montaña, desconectando del mundo urbano.
-Pues me viene a huevos, ya que tienes que ir al pueblo de tus padres, que si no me equivoco te viene de paso.
-¿Qué ha pasado?
-Ha habido una explosión, con muerto incluido, y creo que ha sido en casa de tus padres, pero no te preocupes, que ellos están bien.
-Salgo enseguida y te informo. Ciao.
———————————————————————————
En todo el pueblo, no se hablaba de otra cosa, que no fueran los atracos y robos, que se habían producido en varias viviendas de los pueblos de la comarca, y que ya duraban casi dos meses, sin que la policía hubiera detenido al autor.
Pues aunque entren en mi casa, no van a encontrar el dinero, porque lo tengo muy bien escondido, comentaba el padre de Elena, mientras jugaba con otros amigos su vespertina partida de cartas, en el bar del pueblo.
Un forastero de mediana edad, oculto tras un periódico, al que no prestaba atención, tras escuchar la conversación, pensó “pues tu serás la siguiente víctima”. Cuando se dirigía hacia su casa para recoger a su mujer e ir a bailar, como hacían casi todas las tardes, no se dio cuenta de que lo seguían. El hombre de la máscara -como era conocido, ya que en uno de sus atracos, encontró una persona dentro de la casa, que consiguió escapar y que afirmaba que el atracador llevaba una especie de máscara, para ocultar su rostro-, esperó a que los padres de Elena salieran de la casa y echar un vistazo para buscar la mejor opción para poder entrar. A continuación estuvo paseando por las afueras del pueblo, hasta que empezó a caer la noche. Estaba oscureciendo cuando se situó delante de la puerta principal que era por donde había decidido entrar. Se colocó la careta y, tras un breve forcejeo, consiguió abrir la puerta. Nada más asomar la cabeza notó una mezcla de olores bastante desagradable “ huele a basura, pescado y gas todo mezclado “ pensó. Este fue su último pensamiento ya que al encender la linterna salió despedido debido a una explosión, y fue a golpear su cabeza contra unos escalones, muriendo en el acto. Algunos vecinos, alertados por la explosión y el fuego, avisaron a la policía y a los bomberos. La policía tardó algo mas, pero los bomberos se personaron inmediatamente, ya que se encontraban muy próximos al pueblo, pues venían de hacer unos ejercicios en la montaña, y pudieron sofocar el incendio rápidamente. Los bomberos informaron a la policía cuando llegó de que se había producido una explosión porque el gas de la cocina estaba abierto y el encendido de la linterna hizo el resto.
El infeliz era un experto en forzar y abrir puertas, pero todavía no se había enterado—ni se enteraría ya—de que un interruptor de luz o un encendido de una linterna es suficiente para provocar una explosión en un recinto cerrado en el que se haya acumulado gas, bien sea por una fuga o por un descuido.
Elena se personó en la casa que conocía bastante bien, no sin antes abrazar a sus padres, comprobando que se encontraban fuera de peligro, ya que como era habitual estaban enfrascados en una de sus discusiones:
-No es la primera vez que te dejas abierto el gas
-Yo no he sido, siempre lo cierro cuando acabo de guisar
-Ultimamente casi nunca…
Aquella discusión a Elena le supo a gloria, pues era una muestra de que sus padres “estaban en forma”. Lo preocupante era que el Alzehimer había entrado en el cerebro de su madre y avanzaba a demasiada velocidad.
Una vez levantado el cadáver, recogida la máscara que afortunadamente estaba intacta así como sus objetos personales y realizadas las fotos al cadáver, Elena regresó a la ciudad, no sin antes buscar acomodo a sus padres en casa de unos vecinos, pues su casa había quedado bastante dañada. Al día siguiente fue interrogado el testigo que reconoció de inmediato la máscara, dándose el caso por cerrado.
Elena seguía pensando en el caso y dejándose llevar por su intuición, la cual había ayudado a resolver unos casos y a desatascar otros, y por la que era muy apreciada por compañeros y superiores. Pidió permiso a su jefe para seguir investigando ya que había cosas que no le cuadraban.
Acompañada de Alberto, “su hacker favorito”, fueron al piso de la víctima y mientras ella registraba mesitas, armarios y allá donde creía que podría encontrar algo que la ayudara, Alberto se dedicó a destripar su ordenador. Elena se llevó para revisar una agenda, varias cartas, un móvil y una carpeta con facturas. Alberto había descubierto que la víctima era un asiduo de los juegos on line—casinos, bingos, apuestas etc.—en los que como todos los que juegan había perdido bastante dinero, pero hacía unos dos meses que ya no jugaba; mas o menos dejó de jugar cuando comenzaron los robos en los pequeños pueblos de la montaña. Esto tenía mosqueada a Elena y estaba plenamente convencida de que había que tirar del hilo. No era una frase original, pero era de las que mas le gustaba.
Tras comprobar todas las direcciones y preguntar a todos sus contactos telefónicos, llegó a la conclusión de que estaba fracasando a no ser que sacara algo de la única dirección que había en su agenda y que no conseguía averiguar nada de ella.  Le encomendó a Alberto que buscara en internet para ver si él tenía más suerte, y muy a su pesar encontró poca cosa. Era una mansión situada en medio del bosque y de la que apenas sabía casi nada el “Señor Google”. Conociendo a Elena es evidente que tanto misterio fue un acicate para seguir investigando.
Acompañada de dos compañeros, y con un equipo fotográfico de última generación, se pusieron en marcha. A medida que se acercaban al destino, aumentaba también la sensación de peligro; así que decidieron aparcar su todo-terreno en una senda cercana y continuaron a pie. De pronto apareció en medio del bosque un gran claro, donde estaba situada una gran mansión, y una docena de coches aparcados fuera, eso sí, ninguno al alcance de la mayoría de los mortales. A ese lugar había que ir sabiendo donde se iba, ya que la carretera acababa en ese lugar. Elena pensó que su intuición había vuelto a darle la razón y que esta vez, el que estaba a punto de picar el anzuelo iba a ser un pez muy gordo. Buscaron un lugar desde el cual poder hacer fotos sin ser vistos, e hicieron fotos de coches, matrículas, la casa y, debido al buen equipo que llevaban, de varios de los personajes que estaban dentro y que podían ver a través de los grandes ventanales que la mansión tenía. Se fueron con el mismo sigilo con el que llegaron, y apenas hablaron por el camino, pero el pensamiento de los tres, era de que habían conseguido un material de mucho valor. Dejaron en comisaría el material fotográfico y se fueron a casa a descansar.
Tras un par de días sin noticias, a la tercera mañana fueron llegando teletipos, de policías norteamericana, de Europa del este y de otros países europeos, en los que hablaban de jefes de cárteles de droga, de mafiosos, de vendedores de armas y de políticos, sobre los cuales habían ordenes de búsqueda. Parece ser que se reunían en aquella mansión para hacer negocios, y como fin de fiesta organizaban partidas de cartas donde se jugaban grandes cantidades de dinero. Tras una macro-operacion conjunta de policía europea y americana atraparon a toda la escoria que con cierta periodicidad allí se reunía.
El buen hacer de Elena fue reconocido en forma de ascenso y, por supuesto, aumento de salario, que le ayudaría a reconstruir la que con los años sería su nuevo hogar.
¿Que relación tenía un don nadie, como era el fallecido, con aquella gente? ¿Visitaba la mansión para jugarse el dinero que robaba? ¿Qué habría ocurrido si el padre de Elena no se hubiera ido de la lengua? ¿Y si Elena no hubiera tirado del hilo?
A todas estas preguntas contestaré, si me llega la inspiración suficiente, como para seguir con la historia.
Trainer

El último concierto (Un regalo)

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Vila Real, 4 de mayo de 2018. Fila 8, asiento 18.

Me llamo Manuel y nací en España. Me cantaron canciones de bressol, de cebolla, en un barquito de papel, cuando el estanque era el mar, cerca de ti, porque yo nací en el Mediterráneo.

Fue un gran día cuando, con el Valdiri y el Titi, cantábamos, hace mil años y teníamos veinte, en un charnaque y con un fusil, caminante no hay camino y no había atrás que mirar, casi, todavía… dios y mi canto saben a quién nombro tanto y con quien tanto quiero.

Tu nombre me supo a hierba, de la que crece en el valle a golpe de sol y agua, buscaste en mi corazón esas pequeñas cosas que se pierden en un rincón o en un cajón. Hicimos camino andando con Antonio, con Miguel, con Curro el Palmo, por la inmensa llanura, con el caballero derrotado. Susurré palabras de amor al oído de Lucía y de Penélope y fue sin querer cuando, entre en algodones y azucenas atravesé, con ella, la mujer que yo quiero, una puerta cerrada.

Monté en el carrusel del Furo y viví en un pueblo blanco, donde soñé, con dos locas bajitas, con el mar y que todo sería así para siempre.  Pero aún no hago otra cosa que pensar en ti, y nos preguntamos que iba a ser de ellas fuera de casa, y el porqué, si les dimos todo el amor sobre las rodillas y os fuisteis pensando en volver… y tanto tiempo esperando, que creí, que el tiempo y la ausencia, nos dejó a su merced como hojas muertas. Y lloramos cuando nadie nos vio.

De vez en cuando la vida nos besa en la boca y toma café conmigo, vestidos de domingo, quizá sin querer, porque es caprichoso el azar y paramos nuestro reloj viendo pasar trenes, viendo llover sobre cristales y la piel de manzana, menos su vientre, se hizo balada en otoño y cantamos la elegía a mucha gente cuando se fue.

En la fiesta de San Juan, cuando te despediste, bajando la cuesta, te  he visto por última vez, después de toda una vida juntos, lo sé, ya tu voz no era tu voz, ni mi corazón era el mío, y mis lágrimas sabían distinto, y duraban más, y dolían más, porque, desde que te vi la primera vez, a esta última, ha pasado mucho dolor y mucha pena, tanta que no me cabe más, tanta que no quiero más; voy cargado de amargura y vencido retorno al lugar, al Mediterráneo, para ser marino mineral en tus aguas, en una bahía perfumada de brea, con un levante otoñal…

Y todo… como en el libro de los sueños, quedó entre un hola y un adiós. En el alto andamio de las flores, a mano derecha, según se va al cielo, nos veremos en el tablao de Frascuelo, con Curro, con el tío Alberto, con la tieta, con Lucía, Marta, Penélope, con las del bressol y los que en las trincheras soñaron con un mundo mejor.

Manuel Cañadas

Los patios cordobeses

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Acabo de llegar a casa, después de seiscientos kilómetros. Aún estoy impresionado; siento el olor y, si cierro los ojos, soy capaz de ver todo el color, de oír el rumor del viento al pasar a través de esas paredes vegetales, de esa variedad cromática que es capaz de ofrecer un patio cordobés.

Según cuenta el Catedrático de Botánica, D. Eugenio Domínguez Vilches, ex Rector de la Universidad de Córdoba, en el siglo XV, cuando un cordobés tenia un solar y mandaba construir algo, la petición era “Hágame Usted un patio; con buenos corredores, y si sitio queda, hágame unas habitaciones”, Esta era la idea que de una casa se tenía en Córdoba ya en aquella época: lo imprescindible, y primordial era el “Patio” … Luego, lo que sea. Tal era la importancia de aquellos patios entonces, y aún lo sigue siendo hoy en día para los cordobeses: es preciso disponer de un patio a rebosar de vegetación, plantas, flores y el rumor del agua que, como un sonsonete, acompaña al susurro de las hojas, de la multitud y variedad vegetal que produce el dulce perfume que se va colando en los patios.

El patio es un lugar sagrado, apacible y tranquilo, donde reina la paz la tranquilidad y el sosiego, donde los cinco sentidos se embriagan en un agradable sensación que invita al recogimiento, y al libre pensamiento, sin atadura ninguna. Son los patios de Córdoba donde se puede sentir el aliento de Diana y Artemisa. El visitante se da cuenta que estas Diosas han guiado la mano que ha situado cada una de las plantas en su lugar correspondiente, para guardar la armonía de un único todo.

La primera vez que uno entra en un patio cordobés, la primera impresión, es el impacto que produce la variedad de colores, olores, y sonidos, los susurros del agua, y la brisa al pasar entre las hojas de los olivos o naranjos, o las buganvilias, que se desparraman perezosas, los claveles trepadores con el rojo o el blanco chillón, los limoneros con sus verdes hojas y amarillos frutos, o los naranjos extendiendo su olor dulzón de la blanca flor del azahar. También la variedad de color de los geranios, el común, el francés, y el rebautizado “gitanilla” originalmente de Sudáfrica; qué decir de las petunias, el jazmín chino, o la dama de noche, inundando todo el patio con su perfume embriagador, de los olivos, laureles, la “diamela” o jazmín de Arabia y los últimos en incorporarse los cactus de pascua…  y, lo más impresionante: el silencio.

Uno se siente trasladado a la época Califal en que aquella Córdoba era el centro del Mundo, el centro del saber; en la que eran capaces de convivir tres culturas tan diferentes, y tan unidas en el arte del saber, con un afán por desarrollar la filosofía, medicina, arquitectura, poesía… Grandes maestros son Averroes, Góngora, Iqn Quzman, Maimónides, Lucio Anneo Seneca, Albucasis, etc… Son tantos los nombres que a la sombra de los patios cordobeses serenaron su alma para sublimar su espíritu al arrullo de estos sonidos que ahora estoy oyendo; disfrtaron con los olores y colores, que transportan el espíritu a un más allá del razonamiento humano, pero… quizás sea cierto que haya lugares mágicos, sitios que con el rumor del agua, el olor y el color, nos puedan trasladar a una quinta dimensión donde pueda hacerse cierta cualquier ilusión, cualquier pensamiento; donde el arrullo de la brisa, sea una parte del conjuro de esa magia; donde esos miles de verdes, rojos, amarillos, violetas, azules, blancos… y miles y miles de tonalidades, se funden en una paleta cromática vital. Lo que sí es seguro es que si hay algún sitio… algún lugar… en el que uno, se pueda llegar a fundir, con esa quinta esencia… ese lugar necesariamente ha de ser un patio cordobés.

Hoy he tenido ocasión de respirar, de sentir el arrullo del agua, de ver colores que jamas  pude imaginar que la naturaleza, fuera capaz de crear, y he oído el silencio, entre el rumor y el susurro de la brisa… El mágico y reconfortante silencio… El milagro de la tierra, del agua, del sol. Así es Córdoba.

        Fernando Valles

Refranys i yantar

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Després d’un temps de no veure a la meua àvia, per fi he pogut anar a veure-la al mas on viu. Aquest es troba prop de la monumental i històrica Morella, ciutat fortificada de l’època medieval, terra de grans batalles i història, també de dinosaures. El lloc on està el mas és espectacular, enmig de la natura, envoltat de carrasques, pins i ametlers amb flors. Darrere del mas hi ha un hortet i un corral ple de gallines, conills, ànecs, pollets i porcs. Qué a gust em trobe per ací! Quina tranquil•litat! Quina pau!

Admirant el paratge em vaig passejant cap al riu que passe molt a prop “A vora riu, no faces niu”, “aigua corrent no mate la gent”. Passe el temps sense adonar-me; sent des de lluny que l’àvia em crida per a dinar. “A la taula i al llit, al primer crit”. Com sempre que recorde el menjar de l’àvia és deliciós, no he menjat en cap lloc un menjar tan bo com el que ella em fa; és “de 10”: cassoleta amb faves, arreplegades en l’hort, tendres, crescudes amb amor i molt d’afecte. “Faves d’abril tan bones com el pernil”. Estan boníssimes, estofades: em xuple els dits. “qué bones!”: “Qui guise dols, guise per a molts”.  Després un brou amb fesols, ja que “gallina vella fa bon caldo”. “Qui no plega un fesol, no menja quan vol”. Ella em parla mentre, però com estic assaborint els plats no puc contestar-li “Ovella que bela per el bossi” , em diu ella, sonrient i escudellame un bon plat. “Any de verema, bodega plena”. Em trau un vi de la terra morellana, que ella guarde com un tresor, solament per a les ocasions importans: un vi que em diu molts records i sabors.
Després de dinar em trau “flaons” Qué bons! “Quant més sucre, més dols”. El cel comença a ennuvolar-se: crec que plourà. “A mal temps, bona cara”. Ens quedem al costat del foc, parlant i explicant-me històries com quan el rei Jaume I “El Conqueridor ” va conquistar aquelles terres tan volgudes.
Raquel Cano Bagán