La tarde que tú cambiaste mi vida

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Nos trasladamos de un pueblo de Huesca a Castellón, cuando estaba a punto de cumplir 15 años. Una tarde mi padre, después del trabajo, se puso muy serio y triste también y me dijo: “Hijo, tienes que ponerte a trabajar, ya que con lo que yo gano apenas tenemos para comer”. Yo no dije nada: simplemente acaté su decisión.

En Castellón vivía un hermano de mi padre, que me acompañó a buscar trabajo. Compramos el periódico y nos dirigimos hacia la calle Navarra donde había dos ofertas de trabajo. Una era en autoservicios Navarra—creo que ya no existe, pero la mayoría la recordareis—y otro era en un almacén de productos de peluquería de señoras. Mi tío me  dijo:

          -¿ Cual prefieres?

Y yo me decidí por la segunda. Fue mi primera acertada decisión en esta vida. No existían ni exámenes, ni psicotécnicos, ni revisiones médicas. La secretaria era la que tomaba la decisión y, a pesar de que tenía bastantes dudas, me aceptó. Era un viernes y me dijo que el lunes empezaba. Había que tener al menos 15 años para trabajar y yo los cumplía el domingo.

El principio fue duro para mí, ya que apenas había visto semáforos, teléfonos y por si fuera poco muchas peluqueras me hablaban en valenciano, el cual ni entendía, ni hablaba. Fui superando obstáculos, habituándome a los semáforos, asustándome cada vez menos cuando sonaba un teléfono, y aprendiendo valenciano. Los sábados y domingos los empleaba a recorrer las calles de Castellón con la compañía de mi hermano y una guía que me compré, y anotando donde estaban situadas las peluquerías a las cuales tenía que llevar los productos que pedían: permanentes, agua oxigenada, tintes, rulos, etc. Lo que mas me costó y más respeto o miedo me daba era cuando llegábamos mi bicicleta cargada de paquetes y yo delante de un guardia urbano. En aquella época recuerdo que había uno en la Plaza de la Paz y, cuando llegaba cerca de él, yo me bajaba de la bicicleta y seguía a pie, pues no sabía interpretar sus gestos y, además, cuando tocaba el pito de una manera prolongada, parecía muy enfadado y yo literalmente me cagaba. Cuando empecé a entender sus gestos y ya pasaba o esperaba según lo que procedía, los guardias fueron desapareciendo, siendo reemplazados por más semáforos o señales.

Con el tiempo me fui ganando la confianza de mi amiga y de algunas peluqueras, las cuales estaban contentas con mi trabajo. Mi trabajo me gustaba, ganaba un dinero que era de ayuda en casa y me permitía seguir con mis estudios de bachiller nocturno en el Instituto Francisco Ribalta. Los momentos peores llegaban cuando tocaba hacer inventario. Siempre faltaban o sobraban productos si bien, muchas veces después de recontar y de repasar los pedidos, solía cuadrar todo. Era la época en que tu más te enfadabas: yo esos días los pasaba muy mal, porque a pesar de tu amabilidad, en esos días te transformabas y me río yo de Dr. Jekill y Mister Hyde. Pero eran solo un par de días, luego todo volvía a ser un remanso de paz. Nunca te lo he dicho, pero alguna vez me dieron ganas de dejar el trabajo, pero afortunadamente no lo hice.

Una tarde, después de terminar cuarto de bachiller, te dije que estaba decidido a dejar mis estudios nocturnos. No recuerdo que palabras dijiste exactamente, pero me aconsejaste que siguiera estudiando, que el día de mañana me iba a arrepentir. Creo que esa tarde la dedicaste íntegramente a convencerme de que era un grave error. Gracias a Dios conseguiste convencerme y nunca te lo agradeceré lo suficiente. Con el tiempo me he dado cuenta que aquella decisión cambió mi vida y tú tienes toda la culpa de que así fuera. ¿Qué habría pasado si no te hubiera hecho caso? Pues seguramente hubiera tenido un o unos trabajos peores del que he tenido hasta que me he jubilado y luego me hubiera perdido muchísimas otras cosas. Por seguir estudiando tuve la ocasión de conocer a la mejor profesora de literatura que he conocido—se llamaba Mª Angeles—y  que me hizo amar la literatura, lo que me ha permitido disfrutar y vivir los cientos de libros que he leído hasta la fecha. También me hubiera perdido otras de mis grandes pasiones: la historia y el arte. He sido un privílegiado porque he tenido el placer de tener como profesores de historia a los mejores: Francisco Esteve, más conocido como Paquito Fúnebre, ya que siempre vestía un traje negro que le acompañó hasta su muerte—dijo que no se lo quitaba hasta que no volviera la República y así fue: murió con él puesto—, Trullens, Carbó y Juanjo Ferrer. Imposible no amar la historia con estos profesores. Me hubiera perdido el placer que he sentido cuando he visto la Catedral de León, el Museo del Prado, la Catedral de Burgos, etc.

Ahora estoy disfrutando en la UJI, aprendiendo mas de lo que me creía, conociendo gente muy interesante y donde me he encontrado con otro de esos profesores maravillosos que ya forma parte de los que nunca olvidaré y que me hace escribir ya no por obligación: si lo hago es por placer y porque siento necesidad de contar cosas. Es una agradable sensación que no conocía, y disfruto cuando mi familia me dice “qué bonito, papá, está muy bien escrito” o algún compañero te dice que escribes bien.

Pues todo esto me lo hubiera perdido si aquella tarde no me hubieras convencido para que siguiera estudiando. Como con las palabras no me llega para darte las gracias, esta vez el que va a dar un consejo como tu lo hiciste hace 45 años, seré yo. Matricúlate en la Universidad para Mayores de la UJI y disfruta del profesorado que tenemos y de las amistades que seguro harás. Espero que me hagas caso y así poder devolverte una pequeña parte de todo lo que te debo.

Trainer

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7 respuestas a “La tarde que tú cambiaste mi vida

  1. Manuel Cañadas 3 mayo, 2018 / 1:08 pm

    Precioso relato, me ha encantado. Un abrazo.

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  2. Pil 3 mayo, 2018 / 5:57 pm

    Estás muy ocupado. Escribiendo

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  3. Fernando Valles 4 mayo, 2018 / 4:29 pm

    ¡Bravo Trainer! me ha gustado mucho tú redacción; supiste tomar una gran decisión e importante, que marco el resto de tu vida.

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  4. Amparo 5 mayo, 2018 / 6:19 am

    Admiro tu forma de expresar tus sentimientos.Tu amable habilidad de recordar ,con cariño ,tu niñez ,a tu padre a tus profes… Enhorabuena

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  5. elena balado 6 mayo, 2018 / 8:28 pm

    Jose Angel, yo también pase parte de mi vida con D.Paco Esteve y luego en la Universidad tuve de profesor a Juanjo Ferrer, ¡ Me has recordado tantas cosas!.Me ha gustado mucho el escrito y, por cierto, muy buena la decisión tomada.

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  6. Elena Martínez 6 mayo, 2018 / 9:07 pm

    Estupendo relato José, todos tenemos a alguien muy querido al que darle las gracias por algo, y yo te las doy a ti ya que me has animado a dárselas también en mi próximo relato, gracias

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  7. Julia Reyes Nieto Carrasco 14 mayo, 2018 / 6:50 am

    Maravilloso relato, y un consejo de un padre que siempre quiere lo mejor para sus hijos, un abrazo amigo.

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