Preguntas

moon-3141248_960_720

Cuando, al preguntarle si era feliz, le respondió con una afirmación que encerraba un tono desapasionado, encriptado, como si al indagarlo ella misma, le alumbrase alguna duda más que razonable, llegó a creerla.

Sin embargo, a ella le pareció que tenía que convencerse a sí misma de sus palabras. Dejó en el aire de su gesto, rúbrica difusa, que no quería que fuese reconocida como su propio sello por ningún interlocutor al que se enfrentase.

Si ser feliz representaba intentar llegar al límite de lograr tus sueños, tus deseos, tus aspiraciones, si es que habías intentado con todas tus fuerzas hacerlos realidad, sí que lo era. Había hecho todo lo humanamente posible por lograrlo. Pero en el fondo le quedaba una gran duda de haberlo sido. No podemos interpretar los intentos como los logros, por muy intensos y constantes que hayan sido. Los esfuerzos por ser feliz quizá deban ser ligeros, sin la densidad de la voluntad empujándolos. A veces el éxito se confunde con la felicidad.

Habían hablado de pocas cosas aquella mañana, en que la casualidad les hizo enfrentarse en un pasillo. Eran más de 20 años desde la separación y, durante todo ese tiempo, habían estado ausentes de sus vidas. Habían sido un presente ausente, el estar pero sin saberlo. Los caminos se bifurcaron después de aceptar ella un nuevo destino de su empresa en Londres. Entonces entraba en su mente que ser mujer y lograr ser la directora de la delegación en Londres, era no sólo una legitima opción personal, sino un logro de género. Los encuentros alternos cada dos semanas de un principio, se fueron espaciando. Una vez por cuestiones de trabajo, otras por…; al final, por pereza.

El final de todo tuvo lugar en un encuentro en París, donde ambos se sentían en un territorio neutral. Fue ella quien lo planteó, quizá esperando de él una negativa a aceptarlo, que le pidiese otra oportunidad, que le hiciese una contraoferta que le demostrase su interés por continuar juntos. Pero las estrategias de negocios no son válidas en el amor; es más, no son juego limpio. No fue así: él aceptó la ruptura sin cortapisa alguna, como si lo estuviese esperando, o lo que es peor, deseándolo. Al menos eso quiso dar a entender.

Fueron pasado el uno del otro, una parte de ese pasado en la memoria, teniéndose otra parte en una ausencia incomprendida, en la que durante la misma, y de una forma constante, habían recibido ecos de salpicaduras de sonrisas añoradas, otras de sentimientos de soledad, otras de reproche, pero siempre presentes en sus vidas la imagen del otro, de los instantes pasados.

Ese momento de sinceridad tan esperado, después de más de 25 años, en el que podían hablar con la franqueza a flor de alma, sin orgullos heridos, sin falsas indolencias, se estaba convirtiendo en el lugar verdadero de encuentro, en el momento clave del encuentro, en el que las máscaras se quedaron en el vestuario. Nadan tenían que demostrar; el tiempo lo había demostrado todo. Era el lapsus en el que los actores de un guion social se convertían en personas para dejar el personaje, con el reconocimiento implícito y clamoroso de acatar que habían cometido el error más evidente de sus vidas.

Más de 20 años de distancia en el espacio, de hacerse los inmunes, de almenarse brindando al sol la soledad inmensa que sentían sus almas, de frío tiritado, de nombre llamado y muerto en los labios al querer pronunciarlo por miedo a convertirlo en grito. De llamada desgarrada perdida en el vacío.

¿Y ahora qué?… el tiempo…la vida, la puta vida. Joderrrr… ¿dónde está la marcha atrás? ¿Dónde guardamos los meses rotos de los calendarios, las hojas de los otoños? ¿Dónde las horas de suaves besos perdidos en la piel tersa y fresca?…¿Dónde la licuada humedad que nos palidecía?…

El destino les había vuelto a juntar en el pasillo de un hospital. Él esperaba una intervención delicada de corazón. Ella cuidaba a su marido convaleciente de una grave operación de un tumor cerebral.

Habían acordado un encuentro en la cafetería del hospital que, después del tumultuoso desayuno, dejaba flotar en el aire un ligero aroma de café y bollería; el local respiraba una relativa tranquilidad, creando un ambiente propicio para una conversación instalada en la más pura de las verdades. Frente a frente, los dos seres reencontrados, se disponían a  saldar una cuenta de sinceridad pendiente después de toda una vida. Comenzó ella. Un ligero tono de excusa ponía un fondo de música de bolero más que de tango:

-Yo quería ser una mujer en la dimensión, en que en aquellos momentos, se nos encuadraba a las mujeres. Un ser nuevo de la especie, una Mullier sapiens, libre, autónoma, capaz de superar a los Homo sapiens en todos los terrenos; tenía que demostrarme a mí, a mis congéneres y sobre todo a ti, que lo era, que la evolución se había producido, al menos, en mí. ¡Qué estúpida fui!… Ayer me preguntaste si había sido feliz y aún, hasta ahora, quise dejártelo como una duda… pero hoy no quiero mentirte. No, no, ¡NO LO HE SIDO! Sencillamente he vivido, saboreé el poder y la gloria pero perdí el amor, tu amor. Además, con el paso del tiempo, me sentí víctima manipulada de corrientes políticas e ideológicas que se superponían a la realidad, dándole un sentido de agravio, de injusticia ultrajante. Nos dejaban avanzar unos peldaños, pero el verdadero poder era el que era, el que quería hacernos sentir como a ese niño, al que simulas dejarte ganar en un juego de adultos, para estimular su autoestima. Para llevarlo y reconducirlo por donde te dice la cultura que debes hacerlo.

Él extendió la mano, en la que una vía médica, sujeta por un esparadrapo, la convertía en un apéndice robotizado, y secó la lágrima que caía por aquella mejilla, tantas veces besada, con el dorso de sus dedos, en un gesto de caricia suave y tierna.

Después de un silencio denso, recapacitado, el tomó la palabra:

-Yo…yo –titubeaba– me sentí desplazado, insignificante en tu vida, un simple profesor de primaria, al que su novia tenía que pagar sus viajes a Londres. Me sentía como incapaz de igualarme a ti, diminuto. A veces un aprovechado, un pobre, incapaz de llegar a tu nivel. Mi sentido de la hombría quedaba contigo en una mascarada impropia y sin escala asimilable, desproporcionada e incapaz de equipararte. Yo tenía que abandonarlo todo para seguirte, eso no era propio de un hombre, y quizá en Londres ser el marido “de”, el que en casa cuidaba de los niños, de la comida, mientras tú estabas en reuniones importantes, impartiendo ordenes, estrategias…en fin, todo lo que llevaba consigo tu nueva posición. Sin conocer el idioma ni nada de aquel país, mi vida iba a ser un apéndice de la tuya, tus amistades se mofarían de mí, me menospreciarían, me verían como un chulo que vive de una mujer. ¡Qué iban a pensar mi familia y mis amigos!

En esta ocasión fue ella quien extendió su mano para mesarle sus cabellos grises, mirando su rostro inmensamente y en el que aún, reprimía el gesto de una lágrima con una sonrisa casi patética, y sin poder evitarlo le dijo…

-Cariño, mi amor….qué error… qué inmenso error. Hay víctimas en la sociedad que no lo son por sí mismas, si no del subproducto de ella, de sus heces mas normalizadas, nosotros somos unas más de ella…pero-dijo, queriendo aliviar el daño– ¿qué ayudas sociales hay para las víctimas de la cultura que nos inocularon, en la que nos educaron diciéndonos lo que era políticamente correcto?.

Él quiso también romper el triste momento de queja en que se estaban instalando. No quería que el instante mágico se convirtiese en un lamento de plañideras sin camino a ninguna porte.

En tono de broma espetó:

-¿A quién reclamamos una subvención por los años que nos deben? –dijo, con una triste sonrisa que pretendía aparentar algo muy distinto- O mejor, montemos una ONG de víctimas de la cultura alienante de los 80…-siguió con una larga perorata llena de chispas de sutil humor, que curiosamente, pretendían iluminar centrando el foco en el lado hermoso de la vida. No era resignación ni ánimo, sencillamente pensaba, que aún había un lugar para la esperanza.

Ella pensó que no había perdido su fino sentido del humor: los años no le habían cambiado. Siempre quitando asperezas y simulándose indemne a puñaladas, con sonrisas, como muestras de indoloras sensaciones de un caballero acorazado, de una personalidad que estaba por encima del dolor, de la sensibilidad, de la ternura, un encajador al que nada podía derribar, nada podía ser más fuerte que él.

Con esos dedos enredados en su pelo, sintió el viento del universo entrar en su cuerpo, sus ojos se quedaron fijos mirándola. Seguía siendo para él aquella joven de su barrio, bella y dulce que esperaba a la salida del instituto… y poco a poco, como apagándose, fue perdiendo la sonrisa de sus ojos sin poder simular una mueca, para ir transformándose en una máscara trágica del profundo dolor hondo, que de pronto, le enraizaba el centro de su pecho, quemándole como una lava de volcán.

Manuel Cañadas

Anuncios

4 respuestas a “Preguntas

  1. Pablo Magnieto 1 junio, 2018 / 10:18 am

    En cada narración te superas,aunque discrepe en lo esencial del artículo ya que podríamos entrar en un largo debate.Tienes un gran talento, mi enhorabuena.

    Me gusta

  2. María Dolores 2 junio, 2018 / 10:52 pm

    Muy bonito

    Me gusta

  3. Elena balado 4 junio, 2018 / 8:54 pm

    Manuel, me ha encantado el relato, muy íntimo, por supuesto muy bien escrito. ¡Cuánto daño hacen los estereotipos que nos montamos!. ¿Podrá haber un “buen” final?. Lo estaré esperando.

    Me gusta

  4. Manuel Cañadas 6 junio, 2018 / 9:43 am

    Gracias

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s