La mancha

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Parecía ser que nada podía quedar oculto a la agudeza crítica de sus ojos grises. Más aún, cuando ocupábamos un asiento de la tercera fila del patio de butacas, el día en que se estrenó la obra.

Nada más entrar en escena uno de los actores, ella la descubrió: parecía emitir una onda especial para sus ojos. Realmente, como mérito indudable, cabe decir que el hallazgo no era fácil de descubrir, sobre todo para unos ojos corrientes que intentasen valorar el conjunto de lo que mostraba el escenario; para ellos, el problema hubiese pasado desapercibido. Sin embargo, para ella pasaba a ser una evidencia luminosa y rotunda, tan grande, que era imposible contenerla dentro de sí, convirtiéndose en materia publicable, en primicia novedosa.

En definitiva, para ella, la parte era mayor que el todo.

Un codazo sutil me comunicaba que algo sucedía y que era digno de atención. No quería hacer nada que molestase a las filas posteriores y menos ningún comentario que diese lugar a un chis de silencio. Opté por no darme por aludido. No obstante no cejó de acosarme con sus discretos codazos, cada vez más discretos, ganando no solo en intensidad si no en ritmo. No entendía en absoluto mi deseo de guardar silencio y así siguió hasta que volví la cabeza.

Fue entonces cuando irremediablemente acercó sus labios a mi oído. Pensé en algún comentario importante, urgente o algún detalle con entidad suficiente para justificar el murmullo. Si acaso alguna frase del dialogo que tuviese un especial sentido para nosotros.

No fue, precisamente, ninguno de esos casos. Acerqué mi oído a sus labios para atenuar el irremediable comentario.

El actor del traje gris lleva una mancha en la camisa– me comentó incontenidamente su descubrimiento.

Aunque ya me estaba acostumbrando a sus incisivas apreciaciones, hice,  por pura cortesía, como si observase detenidamente lo que me había dicho, y volviendo la cabeza hacia ella, realicé una señal de asentimiento. Supuse que ello la tranquilizaría.

No fue así. No pasaron tres minutos cuando su codo volvió a lacerar mi brazo derecho.

Volví a hacerme el despistado…”¿algún botón descosido, más manchas, una suela de zapato rota?”- pensé…pero ante su insistencia incliné mi cabeza hacia ella.

-¿Te has fijado?

-¿En qué? -le contesté pensando en otro hallazgo.

-En la mancha.

-Sí, no se habrá dado cuenta– contesté, disculpando al actor y tranquilizándola a ella. No obstante parecía quedar una gran duda.

-¿Cómo es posible que se pueda salir así a escena?-dijo rotunda.

Parpadeé como media docena de veces…no tenía palabras.

-Ya ves, un despiste lo tiene cualquiera- dije tranquilizadoramente, no sé exactamente para quien.

-Pero esto es muy gordo, gordísimo-afirmó severa.

Seguí intentando concentrarme en la obra. De repente, otro codazo sobre la ya dolorida área, y sin pausa y con acento precipitado me preguntó

-¿Qué han dicho?

-No lo puedo saber, te estaba atendiendo.

No creo que captase el mensaje ni el ligero tono de incomodidad. Debería tomarlo como un reproche a su insistencia, mi tono quizá no había sido el adecuado, y yo no afirmaría que lo fuera, pero al menos pareció cejar en sus codazos, al menos de momento.

Pero no tardó mucho en volver a la carga sin el más mínimo desánimo, y si es que lo hubiese habido, aparentaba muy remoto.

-Podía haberse cambiado en el rato que no ha salido a escena.

Sí-contesté algo resignado,- no se habrá percatado el señor. Yo ya estaba poniéndome claramente de parte del de la mancha.

-Pues podían habérselo advertido.

Asentí con la cabeza como dejando entrever que ya no había compañerismo como el de antes.

Cuando llegó el entreacto y salimos al ambigú, volvió a insistir. Pero ahora ya pretendía pasar a la acción.

-No sé si ir a taquilla o decirle al acomodador, no sé, hacer algo, que alguien se lo diga…

Parecía estar dispuesta a todo antes de que la mancha echase a perder el estreno.

Déjalo-la tranquilicé- ya se lo habrán dicho en camerinos, seguro que ya sale sin la mancha. Para cambiar de tema le pregunté:

-¿Te va gustando la obra?

No sé-me contestó, con un tono más de pregunta que de afirmación.

En esto que un amigo, que como, yo solía ir a los estrenos, vino a saludarme en compañía de su esposa.

Presentaciones, saludos rituales y como es natural los apartados de género, chicos con chicos, chicas con chicas. De inmediato pude comprobar que entraba en confidencia con la esposa de mi amigo,  miraba de reojo imaginando lo que le decía. Es más, podía leerlo en sus labios, como si lo oyese de un megáfono que tuviese en las manos, más aún pensé, que le encantaría proclamarlo a los cuatro muros que nos rodeaban y decirle a todos, como ella, en un ejercicio de astuta observación,  había sido la única en descubrir la mancha de la camisa del co-protagonista y así, que todos los del patio de butacas mirasen a esa diana escandalosa al comenzar el segundo acto, y buscándola con la mirada le asintieran para reconocimiento de su descubrimiento.

Le haría sentir como la protagonista del patio de butacas y todos se arremolinarían a su alrededor al salir y le felicitarían por su avispada observación. Quizá incluso le pidiesen un autógrafo.

El timbre de llamada interrumpió mis elucubraciones casi febriles y volvimos a nuestros asientos.

Ya lo esperaba, era la profecía auto-cumplidora, esperaba ese codazo certero. acompañado sin tregua de la avispada noticia. Tanto es así, que cuando salió a escena el actor, sí, el de la mancha, no le dejé lugar a su observación, que además presentía con un tono de reproche.

Sí, ya me he dado cuenta, sigue con la mancha-me anticipé.

Parecía quedar satisfecha con lo que yo creía un reproche en la menor.

Debería pensar que me había circunscrito a su onda, que era de los suyos.

Terminó la obra. Tres o cuatro bises.

El resultado final del desenlace era que la mancha delataba al actor como presunto asesino de su esposa, cuando realmente era una mancha de ravioli a la putanesca, producida  al asistir a una romántica cena de infidelidad con su amante, mientras que su esposa era asesinada por un ladrón de joyas.

Después de una espesa espera, amén de silenciosa en el Parking, tomamos el camino de su apartamento para pasar juntos la noche de nuestra tercera cita.

Ella no soportaba el silencio que parecía haber impuesto el desenlace de la obra, que ya podíamos titular de “Su mancha” y me afirmó:

No me ha gustado la obra-dijo a quemarropa-además no me he enterado bien del final…¿la mata él o no?

¿Quién es él?-pregunté maliciosamente.

El de la mancha-me contestó.

Paramos en el primen Opencor del camino. Ella quería comprar una botella de cava para celebrar lo nuestro…nuestra tercera cita íntima.

Mientras se desplazaba del coche al establecimiento, en ese breve momento de soledad, en la fracción de un segundo, me sentí víctima de una intoxicación de rancia solera: Magnificar lo evidente, convertirlo en primicia informativa que crea un circulo vicioso, que a su vez se retroalimenta de sí mismo, sin avanzar ni llegar a conclusión alguna…

Cuando desapareció por la puerta del Opencor el semáforo más próximo cambió a verde. Me dio la impresión que el coche arrancaba solo, dirigiéndose raudo, para dejar a tras el semáforo, antes de que cambiase de color.

Me comprenden… ¿verdad?

Manuel Cañadas

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3 respuestas a “La mancha

  1. Nieves Bejerano 21 junio, 2018 / 8:38 am

    Ja, ja!…que buena historia, me has hecho reír al descubrir el propósito de la susodicha mancha. Trasladándolo a la viada real, cuantas situaciones similares, como dices: “intoxicados de rancia solera”. Afortunadamente tenemos la capacidad de arrancar el coche y salir corriendo.

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  2. Elena balado 22 junio, 2018 / 1:21 pm

    ¡Qué juego ha dado “la mancha”!….. realmente, ¿era de ravioli?…. no se si me lo creo…. muy buen escrito Manuel. Pasa un FELIZ verano pero, por favor, no dejes de deleitarnos con tus escritos. Un beso.

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  3. Elena Martínez 30 junio, 2018 / 8:28 pm

    Impresionante como siempre, pero tú no paras? Feliz verano compañero

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