El huerto urbano

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No voy a pretender dar un repaso a los inicios y evolución de los huertos urbanos, ya que ello requeriría un espacio, estudio y tiempo de los que no dispongo y que, además, no es lo que pretendo hacer llegar a los posibles lectores. Para la mayoría de la gente, un huerto urbano consiste en una pequeña parcela de una zona semiurbana y de fácil acceso, puesta a disposición de personas de la tercera edad por los diferentes municipios, para que estos pensionistas planten y siembren en ellas frutas y hortalizas.

Voy a referirme, sin embargo, a lo que quizás interese a más alumnos de mi clase (Mayores UJI de 1er curso). En nuestro entorno y debido a según qué factores sociales, climatológicos y urbanos, son muy variados los tipos de ubicación en los que se suelen  instalar estos huertos en función de las posibilidades de cada individuo. Son pequeños invernaderos, patios, terrazas y parcelas más o menos amplias; en ellos se cultivan en bandejas o en el mismo suelo las más variadas plantas ornamentales, medicinales y olorosas, así como legumbres, frutas y verduras, sin caer nunca en la utopía de poder comercializar con ellas, persiguiendo una rentabilidad. El consumo propio será su finalidad.

Debo hacer una reseña sobre la falta de atención por parte de las autoridades municipales  a estas pequeñas y al mismo tiempo grandes actividades. Los productos fitosanitarios y los fertilizantes que se requieren para optimizar la producción en cuanto a calidad y cantidad tienen, en su gran mayoría, precios abusivos. Las cooperativas agrícolas en las que se compran estos productos no ofrecen, por lo general, información suficiente para el buen uso de los mismos, ni se esfuerzan por conseguir otros que, siendo genéricos, se puedan adquirir a precios más razonables. Se habría de fomentar también el uso de productos naturales para conseguir resultados satisfactorios.

Las personas que puedan disponer paralelamente de una instalación para la cría de algún animal doméstico (gallinas ponedoras, preferentemente) potenciarán su satisfacción en el cuidado de estos entrañables huertos.

Yo tengo la suerte de haberme aficionado a disfrutar en los trabajos que se requieren y aconsejo, a quienes puedan hacerlo, que lo intenten.

Los que decidan iniciarse en ello, motivados por esta lectura, espero que obtengan la misma satisfacción que yo siento por la acertada decisión de asistir a estas clases en la universidad de mayores gracias a las experiencias de algún que otro alumno que ya las disfrutaba y que me las aconsejó.

                                                                                                        Enrique  M. C.

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Limpieza en las ciudades

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La limpieza de las ciudades es un tema bastante complejo, ya que no depende sólo del operario que limpia, sino de que los ciudadanos seamos más conscientes en hacer la tarea más fácil a la persona que está trabajando para todos nosotros.

Creo que es una cuestión de educación y civismo mantener la vía pública en condiciones perfectas; para ello, debemos enseñar a los más pequeños dando ejemplo los mayores, procurando no tirar residuos al suelo y también evitar que las mascotas hagan sus necesidades en las aceras y, si se da el caso, recogerlas, tanto en las calles como en los parques, siendo conscientes de que estamos en un espacio público compartido. Con ello lograremos que nuestra ciudad sea mas bonita y saludable.

Este servicio es competencia del ayuntamiento, pero este a su vez lo da a una empresa concesionaria para prestar los servicios, que se pagan con los impuestos de los ciudadanos; ésta se encarga de recoger los residuos sólidos por la noche, barrido de calles, limpieza de papeleras, lavar a presión las plazas, vaciar los tenedores de reciclaje y también cuidar los jardines. Pero, bajo mi punto de vista, creo que la privatización resta calidad al servicio, al haber de por medio intereses creados.

Al respecto, creo que poniendo un poco de nuestra parte, como si de nuestra propia casa se tratase, conseguiremos que la tarea sea mucho mas fácil para todos. “Porque no es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia”.

Lola Barrera

 

 

 

 

 

 

 

Lola Barrera

Cuando salí de Cuba

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Hace unos días tuve la gran suerte de poder visitar la República de Cuba. Iba con grandes expectativas y con toda la ilusión del mundo, para poder contemplar los efectos de la Revolución en dicho país.

Después de varios días de visita por toda la isla incluyendo la capital, La Habana, así como otras ciudades como Matanzas, Cienfuegos, Trinidad, Santa Clara y pasar los últimos días en Cayo Santa Clara, observé, pregunté y me empapé de la realidad de Cuba.

Para empezar diré que por mi experiencia existen dos Cubas. La primera es la Cuba de los hoteles, guaguas con aire acondicionado, resorts con playa de arena blanca, con todo incluido, paseos en catamaranes, fiestas, bebidas gratis… La mayoría de cubanos sólo tienen acceso a estas instalaciones como trabajadores.

La segunda Cuba, la que dejó huella en mí, era la Cuba de las ciudades viejas, casas semicaídas, vehículos restaurados en diversas piezas de diferentes marcas, transporte obsoleto en carro y caballerías, carreteras deficientes sin reparar. Apenas quedan empresas azucareras, escasa infraestructura en las escuelas, bajos salarios de los maestros.  Es la Cuba de los paladares (comidas servidas como restaurantes en casas particulares), la de las carnicerías con la carne expuesta al aire sin refrigerar con temperaturas de mas de 30 grados, y así muchas mas cosas.

Por otra parte no se entiende que existan dos monedas (el peso cubano y el peso convertible). Este segundo hace que en numerosas ocasiones los precios sean incluso más elevados que en España. En definitiva, que para poder subsistir se las tienen que ingeniar y, lo que considero más doloroso y humillante a mi entender, es que la gran mayoría de la gente viva de la venta ambulante y de las propinas de los turistas.

Encontrándome frente a la tumba de Ernesto Guevara, en Santa Clara, llegó a mi pensamiento una frase que creo que se habrán hecho muchas personas en Cuba:

Para llegar a esto, se hizo la Revolución.

No sé si volveré otra vez a Cuba, pero como dice la canción, al salir de Cuba dejé, por lo menos, un poco de mi corazón.

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Humanidad y Naturaleza

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La Naturaleza es la integración unitaria, indivisible, sistémica y autogenerante de todas las formas de energía que se manifiestan en el universo. En esa unidad interactúan en un proceso permanente de interdeterminación y autorregulación, cuatro elementos primordiales que son la Tierra, el Agua, el Viento y el Fuego.

Toda forma de vida está sustancial e intrínsecamente ligada a la Naturaleza porque tiene su misma esencia, es decir, toda forma de vida es una manifestación que perpetúa y extiende las energías que integran la Naturaleza. La vida, en todas sus presentaciones, se origina en el quantum energético de la Naturaleza, y desarrolla todos sus ciclos vitales en el devenir del mismo.

Los seres humanos vivimos ineludiblemente inmersos en la Naturaleza, y nuestra relación con ella es sistémica, porque todos nuestros actos de vida están sustentados en el uso que hacemos de los recursos que nos ofrece, sin  los que sería imposible mantener la existencia de nuestra especie.

Nuestros actos de vida influyen en la dinámica de la Naturaleza: al hacer uso de sus recursos, intervenimos en el equilibrio cuantitativo y cualitativo que unifica sus distintos tipos de energía y generamos cambios en su manifestación integral. El desarrollo sociohistórico de la sociedad ha desestabilizado ese equilibrio, poniendo en peligro la relación entre el Hombre y la Naturaleza y,  por tanto, la vida del ser humano.

Para desarrollar su proceso evolutivo, la Humanidad ha hecho desaparecer bosques y fuentes de agua, ha contaminado la atmósfera, los mares y los ríos, y ha llevado a la extinción a varias especies animales, introduciendo cambios en el orden natural que han alterado el clima y la constitución de los suelos.

En nuestros días es inminentemente necesaria la revisión de nuestra condición de seres vivos, a la luz de nuestra relación con la Naturaleza. Se trata de la humanización de esa relación, que implica una redefinición contextual, biológica, socioantropológica y espiritual, del uso de los recursos que tomamos de la Naturaleza. La necesaria humanización de la relación Hombre-Naturaleza impone una tarea sociohistórica que pasa por la reconstitución de los discursos y prácticas económicas, políticas, sociales y culturales que animan la sociedad actual.

La Sociedad no puede continuar utilizando la Naturaleza como lo ha hecho hasta este momento: la humanización de la relación Hombre-Sociedad es impostergable.

 

                              Elías  Emiro  Herrera

La naturaleza y la enfermedad en la historia

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Hace 2,5 millones de años comienza en África la evolución del género humano y desde allí se expande a Eurasia, desarrollándose las distintas especies humanas. El homo sapiens, familia de los grandes simios de la que procedemos, aparece hace 200.000 años y desde hace 70.000 años, posiblemente por mutación genética espontánea a lo largo de miles de años, se produce un aumento en el tamaño de su cerebro, siendo capaz de pensar, razonar y decidir, así como de expresarse: esto es lo que conocemos como revolución cognitiva.

El fuego es utilizado en la prehistoria desde hace 300.000 años lo que permite, además de aportar luz y calor, cocinar los alimentos, eliminando así gérmenes y parásitos, lo que supone el inicio de la prevención de algunas enfermedades.

Los chamanes, magos o brujos utilizaban lo que la naturaleza les ofrecía, habitualmente hierbas. Los neandertales manejaban camomila, manzanilla, cola de caballo y adormidera. Los sapiens conocían la digital, el opio y la quinina. Cuando el sapiens consigue domesticar los cultivos y los animales, pasa de ser nómada a vivir en enclaves fijos, con el hacinamiento que esto conlleva y el consiguiente aumento del contagio de enfermedades infecciosas.

El código de Asurbanipal (Nínive 670 AC) describe 250 plantas con propiedades curativas. En la civilización egipcia el código de Ebers cita las propiedades curativas de la hidroterapia y la helioterapia. También los minerales fueron utilizados con fines terapéuticos. Hipócrates (460 AC) cita el antimonio y el zinc para la curación de lesiones dérmicas y oftalmológicas. En la América precolombina era habitual el uso de coca, curare, alcaloides alucinógenos (daturas) y oxitócicos para acelerar el parto.

Los animales también forman parte del arsenal terapéutico. La carne de buey y el hígado de diversos  animales contienen sustancias que favorecen el crecimiento y regeneración celular. Durante muchos años la insulina y los corticoides utilizados provenían de las vísceras de animales.

Desde la revolución cognitiva el hombre se convirtió en el mayor depredador del planeta. La naturaleza ha sido “la madre” que cobijó al ser humano ofreciéndole cuevas para abrigo, animales y plantas para su alimentación, pieles para protegerse del frío y remedios para enfermedades. Actualmente el hombre acude al “gran simio” del que procede como posible fuente de órganos para trasplante y así poder continuar la acción depredadora contra la que todo le dio.

Eduardo Sieso Ibáñez

La limpieza en las ciudades

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Limpieza es la acción y efecto de limpiar; es decir, quitar la suciedad.

Cuando llegamos a una ciudad por primera, la limpieza, al igual que la suciedad, son algunos de los aspectos que primero podemos ver en ellas: si las calles están sin basura, si hay pocos—o ningún—anuncios publicitarios, si no hay grafitos, si no hay caca de perros, etc. En ese momento pensamos “qué ciudad más limpia” o, al contrario, si lo que encontramos es porquería por las calles, decimos “qué ciudad más sucia”.

En todas las ciudades del mundo, los gobiernos tienen presupuestos e infraestructuras necesarias para que la basura que todos generamos sea recogida y trasladada a sitios especiales para su depósito. Aunque desgraciadamente hay mucha mala educación en este sentido, se puede gastar lo que se quiera y más en servicios de limpieza eficientes, pero si no se educa a la población en el civismo continuaremos teniendo nuestras calles llenas de latas, papeles, plásticos y demás. No importa la edad: hay niños, viejecítos o adultos a los que no les importa tirar cáscaras de pipas, chicles o colillas al suelo. 

Por otro lado tenemos el tema de los perros: yo lo tendría muy claro. Impondría una tasa a todos los dueños y, con lo ingresado, pagaría los servicios de limpieza, y es que no solo son las heces—que eso cada vez se recoge más,—pero ¿y el orín? Lo encontramos en las paredes, rellanos, postes y en las ruedas de los coches.

Una vez, estando de viaje en Toronto, presencié algo que a mí, en aquel momento, me pareció casi “extraterrestre”: iba por la calle y un señor delante de mí iba fumando. Acabó el cigarro y tiró la colilla al suelo, cosa que me pareció en aquel momento bastante normal, porque en España era lo habitual. En ese momento pasó una señora canadiense y, dirigiéndose al señor, le preguntó: “Perdone señor, creo que se le ha caído algo” señalando la colilla, así que el señor, con toda la vergüenza, recogió la colilla y la tiró en una papelera. Eso se llama cuidar y querer a tu ciudad.

En resumen, la ciudad es de todos y entre todos la tenemos que cuidar. La limpieza de una ciudad, en mi modesta opinión, está relacionada directamente con la educación de sus habitantes. Necesitamos una revolución en nuestras costumbres.

Tu ciudad también es tu casa.

Feli

 

La “muerte” de un juglar

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                Esta mañana, al conectarme al Facebook, he recibido una triste noticia que me ha impactado mucho. No es nada sorprendente, pues hace tiempo que en los medios de comunicación se ha publicado bastantes veces. Pero esta noticia me llega directamente por venir de un amigo y confirma cómo está la situación ahora en España para este colectivo de trabajadores.

             Se trata de un joven actor (Javier Bódalo) que representaba al “Rana”, un personaje fijo en la longeva serie de televisión “Cuéntame cómo pasó”, al que conocí durante el rodaje de uno de sus capítulos en el que participé como actor.

             Decía así: “Y con esta foto me despido de Instagram y de toda una vida dedicada a hacer reír a la gente con mi interpretación. No quiero seguir en una profesión que solo ve talento en las imágenes y no imágenes en el talento. Necesito seguir buscándome la vida para poder vivir y no vivir para buscarme la vida.”

             Según el informe de AISGE la dramática situación de los actores en España es la siguiente. Más de la mitad de los actores con empleo cobran menos de 3.000€ al año.  Sólo un 8,17% puede vivir de su profesión. En el caso de las actrices, el paro se multiplica por seis.

             Algunos pueden decir: “Bueno, ¿y qué? Yo no voy al teatro, ni al cine, ni veo la televisión” Pero para la mayoría de nosotros esos actores son indispensables, tanto para distraernos como para transmitirnos cultura y conocimientos. Por poner un ejemplo cercano, ¿cuántos no hemos leído la novela de Blasco Ibáñez “Cañas y barro” o “Los cuatro jinetes del apocalipsis” pero las hemos visto en televisión o cine? A través de las imágenes y los personajes representados por actores conocemos, por ejemplo, cómo vivían en la Albufera de Valencia los pescadores y agricultores de la época.

              La primera idea para mi trabajo de redacción era hablar de la importancia de los “Juglares” en la edad media para la transmisión de la cultura, además de divertir a las gentes. Pero esta noticia me ha hecho relacionarlos con los actores del siglo XXI. ¿Qué pasaría si no existiera esa profesión? Naturalmente las necesidades del ser humano de hoy son muy diferentes a las del pasado. No nos conformamos solamente con sobrevivir.  Los Juglares eran actores, músicos, saltimbanquis…  Iban de pueblo en pueblo contando las historias que habían aprendido de memoria para recibir alguna moneda o un plato de comida.

             Pero pongámonos por un momento en la piel de un niño de nueve años del siglo XII. Posiblemente regresábamos de ayudar a nuestro padre en las labores del campo. En la puerta de la Iglesia un arrugado cartel anuncia para esta noche la presencia de un juglar. No sabemos leer pero allí está el artista con sus panderetas anunciándolo a viva voz. Corremos ilusionados a casa para comer algo y llegar los primeros a la plaza con nuestros padres y hermanos. Esto era un acontecimiento que posiblemente tardaría años en volver a repetirse. Y allí, los niños en primera fila, sentados en el suelo  y con todo el pueblo reunido y expectante, comienza el espectáculo. El juglar hace sonar su “mandolina” y empieza a recitar los versos que nos envuelven y nos llevan con la imaginación a revivir las fantásticas aventuras por él narradas.

            Durante los meses siguientes nuestros juegos eran las batallas a la orilla del río con los niños del pueblo vecino y todos queríamos ser “El Cid Campeador”.

Joan Antoni Castell

Mi llegada a España

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El viaje en avión no fue tan desagradable como lo había supuesto: sólo un poco en las comidas, porque trataba de ser gracioso. Lo frené antes de que la azafata lo mandara a la … bodega. Tenía cara de “no me gustan las bromas”.

Llegamos a destino (Barajas) y llegaron las primeras quejas: qué largo es el pasillo, tantas escaleras mecánicas, en lugar de mirar y disfrutar de los pequeños detalles desconocidos. Esto solo fue el comienzo de 5 o 6 horas de puro sufrimiento, rabia, gritos y ganas de matarlo sin ningún tipo de remordimiento de mi parte.

Más quejas al buscar las maletas.

      – ¿Por qué hay que pagar un euro por el carro? ¿Dónde está la perra? ¡Aquí nadie sabe nada! ¡Todo esto es una basura!

Suerte que un hombre me prestó (o mejor dicho me regaló) un euro; gracias a él pude llevar las maletas a la salida, pero la perra no estaba ahí. La Guardia Civil no sabía donde retirar las mascotas: seguimos preguntando, hasta que alguien nos informó que las cargas de Iberia se retiraban en la Terminal 1. Nosotros estábamos en la Terminal 4. No debe quedar lejos: sólo 15 o 20 minutos en coche, y conociendo el camino, mi idea era primero ir a por el auto y luego recoger la perra.

      –     ¡No, no y no! Es absurda tu idea: primero, la perra.

¡Qué ganas de pegarle! Pero seguimos mi idea: a buscar el coche.

       –    ¿Lo abono en efectivo?.

       –    Te dije que se paga con tarjeta.

Mi repuesta fue muy cortante: ya estaba perdiendo la paciencia y lo peor estaba aun por venir.

Al salir de la oficina de alquiler, me contradice el camino para buscar el automóvil; al no hacerle caso no tiene más remedio que seguirme, pero no para de quejarse.

       –     ¡La perra debe estar ladrando o llorando o se enfermó! ¡Porque está sola, enjaulada! ¡Mira la hora que es y todavía estamos aquí!

Llegamos a la oficina, donde nos preparan el GPS y nos dan las llaves y el contrato de alquiler, mira a todos con cara de pocos amigos. El auto era una belleza: caja de 6 ta., 5 asientos, subida y bajada de vidrios automático, casi 0 kms., con tarjeta de arranque, tipo camioneta: super cómodo.

La señorita fue muy amable al darnos las indicaciones para llegar a la Terminal 1: un poco complicado, con curvas, subidas y bajadas, pero al salir del establecimiento, tomo otra ruta, y allí ya se armó el tole-tole (despelote, como diríamos en mi país). Salimos a la ruta, una ruta que nos llevaba a cualquier lugar de España, pero no a las terminales. Vi un cartel con el dibujo de avión.

– ¡Dobla a la derecha!.

Le grité, no dobló. ¡A buscar otra salida y retomar! Llegamos a la Terminal 2, nos indican cómo llegar a la Terminal 1 pero, en lugar de doblar a la izquierda en la salida, sigue a una camioneta que se dirige a Madrid. ¡Otra vez perdidos! Gritos y más gritos. Me reprocha a mí que estamos perdidos. ¿Cómo quiere que sepa como llegar, si nunca estuve aquí? Además no hace caso a mis indicaciones. ¡Qué ganas de bajarme y que se arregle solo! Justo en ese momento veo el cartel “TERMINAL 1 Y 3”, y le grito.

– ¡Gira a la derecha y me haces caso, carajo, porque no te soporto más!

Pasamos una curva y vemos “ZONA DE CARGAS TERMINAL 1”.

¡Métete ahí! – Sigo gritando.

Recorremos despacio el lugar, pero no encontramos el logo de Iberia. ¿Otra vez perdidos? Por suerte no es así, porque preguntamos y nos indicaron que Iberia tiene otro nombre en esa zona. Dimos la vuelta y la encontramos. Se terminó la odisea.

El guardia de seguridad nos indica dónde estacionar y dónde está la oficina. Rellenamos y firmamos unos formularios y la perra nuevamente está con nosotros. Y todo en paz.

Jajaja y nuevamente jajaja, ilusiones que uno se hace.

(continuará)

 

                                                                                                           Ana María Sangay

 

Baobab

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La cercó lentamente y suavemente entre el gigantesco y milenario baobab y la esquina norte de la antigua muralla de piedra; la acarició con lujuria y respetuosa ternura. Ella, al sentirse suspendida en su propio eje, sintió un apacible calor en todo su  ser. Todas las células de su cuerpo se humedecieron placenteramente, y en su monte de Venus se originó un incontrolable temblor que le hizo levitar en la mística experiencia que proporcionan los sentidos desbordados. En el centro de su espalda brotaron dos alas anacaradas del tamaño de su cuerpo. Entonces comprendió que estaba volando  envuelta en un rayo de luz dorada. Desde entonces vive junto a él de manera justa y perfecta. Jamás ha olvidado el gigantesco baobab.

                Elías  Emiro  Herrera

La colilla

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Los estresores son sucesos que hemos de “pasar” y que nos producen malestar y emociones negativas estresantes.

Día de playa perfecto: buena temperatura, mar en calma, buen sitio cerca del agua, temperatura del agua ideal, paseo por la orilla… y, cuando volvemos de nuestra ruta habitual, se han colocado justamente a nuestra izquierda, seis adultos y cuatro menores con todos los aperos correspondientes a pasar un día completo de playa.

No importa, la playa es de todos. Nuestros vecinos, los adultos, dan instrucciones a los pequeños de que jueguen a la pelota donde no molesten, que no corran cuando entren al agua, ni se tiren arena porque pueden molestar a los bañistas. Por su parte, los mayores  ya han dado cuenta de unas bolsas de patatas fritas acompañadas de cervezas: plásticos y latas bien recogidas en la correspondiente bolsa de plástico. Hasta ahora, todo en orden. Haciendo estos sencillos procedimientos para mantener limpia la playa enseñamos a los niños a respetar la naturaleza y a las personas.

Ahora, que todo está en orden, es el momento de hacerse un cigarrillo. Dos adultos encienden su correspondiente cigarro emboquillado. Los niños descansan a su lado. Tranquilo, Félix, ya verás cómo lo tienen previsto, es gente educada.

No puedo concentrarme en mi lectura, el tiempo pasa y ellos continúan fumando. Miro de reojo …, y ¡ahí está!

-¿Ves?-, le digo a mi mujer. Disimuladamente, “X” introduce la colilla en la arena, la empuja con su dedo índice y la termina de tapar con un montoncito de arena. Claro,  “Y”, unos segundos más tarde, repite la misma operación.

Me acabo de dar cuenta de que ha sido un suceso estresante, pero ¿cuánto de controlable es el estresor?

Rosa Ana  me daría pautas para su tratamiento, pero no está. Hasta Octubre no asistiré a su clase. ¿Cómo controlar mi malestar?, ¿Cómo intento encontrar significado al suceso y valorarlo de manera que me resulte menos desagradable?  ¿Planeo hacer algo? ¿Lo acepto, y ya está? Efectivamente, no actué: solo noté una descarga emocional.

Somos personas educadas y para todos los problemas siempre hay solución. En ese momento solo sentí rabia por la actitud de los fumadores y su falta de respeto por la naturaleza, con unos toques de tristeza, ya que las acciones por parte de esas dos personas, supongo, serán recogidas por los niños que les rodeaban. Hay que predicar con el  ejemplo.

F. Blanco