Capítulo IV – Libro de familia

old-books-436498_960_720.jpg

Contaba Emilio con diecinueve años cuando acabó la carrera de magisterio. Orgullo de su padre, veía en él a su sucesor. Fueron meses de proyectos. Miguel le dijo que quería ser medico. Sus padres estaban orgullosos y contentos ya que, al igual que su padre había sabido inculcarles la importancia del estudio, ellos no habían sido menos y también lo habían hecho.

—¡Emilio!—Dijo su padre.—En Albaida el curso que viene se jubila el maestro. ¡Podrías presentarte!

—Sí, pero no tan deprisa. A ver si hay algún sitio más cercano—contestó Emilio.

De pronto llegó un telegrama

—¡Sera para mí!.—exclamó Emilio.—Seguramente será de Vicente María.

Lo cogió Emilio, empezando a vislumbrarse unas lágrimas, humedeciéndole los ojos.

—¿Qué pasa, Emilio?

No dijo palabra: le dio el telegrama a su padre, a la vez que no podía contener las lágrimas.

—Mi hermano Modesto ha muerto. 

—¡Virginia¡—Dijo Rosendo, con voz entrecortada—Arréglate, que nos vamos a Valencia.

Virginia, que estaba limpiando las habitaciones y no se había percatado del momento, salió preguntando a qué se debía tanta prisa. Al verlos de dio cuenta de que no habían recibido buenas noticias.

Viendo lo afectado que estaba el marido, le hizo una taza de tila, y se arreglaron para desplazarse a Valencia. Emilio y Miguel también se ofrecieron para ir, y su padre les conminó a darse prisa, para intentar coger el siguiente tranvía.

Dos días estuvieron en Valencia, hasta que le dieron cristiana sepultura. Una multitud de gente acudió al entierro, dándose cuenta en ese momento de lo importante que había sido su tío. Acudieron pintores, artistas y escultores. Modesto había sido un escultor visionario, que había tenido mucha fama, y sus esculturas se habían vendido incluso en el extranjero.

—Padre, permita que me quede, bien en casa del tío Damián o de Vicente María.

—¿Para qué?—preguntó su madre.

—Mire madre: aún faltan varios meses para que se jubile el maestro de Albaida; en casa no hago nada. Sin embargo aquí puedo ayudar al tío Damián en su taller, ya que con la perdida del tío Modesto, seguramente tendrán muchos trabajos pendientes. De todas maneras en dos meses se casará mi hermano Vicente María, tendréis que venir a la boda, y si no estoy bien me volvería con ustedes.

—Que esto no te aparte de tu meta; por otra parte, es loable lo que quieres hacer.

—Descuide, padre.

Emilio se fue a vivir con su hermano Vicente María pues, hasta que se casara, vivía solo e iba todos los días al taller. Allí conoció un mundo nuevo de herramientas, cinceles, formones, gubias, vaciadores, mazos de madera etc. Le enseñaron lo más sencillo: lijar,ahuecar, cepillar, y poco a poco se fue metiendo en ese mundo que sus tíos habían creado. Compartía los ratos libres estudiando y visitando el lugar de trabajo de su hermano.

Sorprendido se quedó al ver el inmenso edificio gris, con un enorme jardín, rodeado por una valla de hierro que hacía imposible introducirse en él, sin antes haber pasado por delante de los dos soldados que estaban de guardia. Al entrar al edificio lo que más le sorprendió fueron los alargados pasillos que allí se encontraban.

—¿Quién son los personajes de estos cuadros?—preguntó.

—Son todos generales, militares, y algún político; aquí solo veras esta clase de cuadros, no son como los del taller ¡eh!—bromeó Vicente.

—¡Mira! Aquel señor que viene es el padre de mí novia: ahora te lo presento. Buenos días, don Hilario, le presento a mí hermano Emilio, que estará unos días conmigo.

Emilio lo miró, levantando la cabeza y le dio la mano. Medía casi dos metros, uniformado de los píes a la cabeza, con cara de pocos amigos y un refinado bigote en el cual se le vislumbraban unas pequeñas canas. Vio que era teniente de la Guardia Civil.

Tras saludarse, Vicente María le indicó que estaba ayudando a su tío en el taller.

—Venid esta noche a cenar y que conozca a tu futura esposa. Ya falta poco para la boda. Por cierto, siento lo de tu tío: ha sido una gran pérdida.

Mientras Emilio seguía callado, Vicente le dijo.

—¿Pero lo sabrá su mujer? A ver si molestamos…

—Ellas están para lo que nosotros digamos. Os espero esta noche sobre las nueve.

Se despidieron con un fuerte apretón de manos que a Emilio le cortó por momentos el flujo sanguíneo. Fueron hasta el despacho donde trabajaba su hermano.

—Menudo suegro te ha tocado. La hija no será igual: si no, vas a tener que tener más paciencia que el santo Job.

—La hija es un sol: ya la conocerás esta noche. Y en cuanto a él, no hagas caso: perro ladrador poco mordedor. Aquí es una cosa y un su casa es otra.

Una vez le mostró el lugar donde desempeñaba su tarea, le acompañó a la salida y se fue hacia el taller.

__________________________________________________________________________________________

Después de un fatigoso día, Emilio le explicó a su tío que había quedado con su hermano para ir a cenar a casa de su futuro suegro, y así conocer a la que tendría que ser su cuñada, por lo que le pidió salir un poco antes. Emilio fue a esperar a su hermano al finalizar su jornada y juntos se fueron a adecentarse y quitarse toda la viruta y polvo que llevaban encima.

Aunque vio a su hermano tranquilo, cierta inquietud recorría todo su cuerpo. ¿Cómo sería su futura cuñada? ¿Seria tan guapa como decía su hermano? ¿Será verdad que el teniente no sería tan recto? 

—¿Cómo se llama tu novia?

—Filomena,—concluyó Vicente María.

____________________________________________________________________________________________

Llegaron al cuartel de la Guardia Civil. En su interior se encontraba la vivienda de su novia. Antes de poder llamar a la puerta, ésta se abrió: era el teniente quien les dio la bienvenida. Ya no llevaba el uniforme. Rápidamente vio a una joven a la que le presentaron.

—Emilio, esta señorita es Filomena, mi prometida. Filomena, éste es mi hermano Emilio: es maestro, pero ahora está ayudando a mi tío.

Se quedó boquiabierto. Era verdad: su hermano tenia razón. Era guapísima, con una melena que le llegaba hasta la cintura. Se le acercó, dándole un beso a la mejilla.

—Me alegro de conocerte, Emilio; tu hermano ya me había hablado de ti.

—Lo mismo digo: el placer es mio—respondió, a la vez que se preguntaba cómo había salido esa belleza de ese hombre tan rudo.

Las dudas se le fueron cuando apareció su mujer. Aunque mayor, aun tenia unas facciones en el rostro de una belleza sorprendente.

—Yo soy Vicenta,—dijo a la vez que le ofreció la mejilla—la responsable de que la cena salga buena.

—Seguro que saldrá buena—dijo Hilario—Y ahora, a cenar.

Hilario tenía razón: la cena estaba exquisita. Su hermano y el teniente hablaban del Ejército y de la Guardia Civil. Era una conversación que no le disgustaba del todo, ya que creía que esa vida le podía gustar.

—¿Has pensado en meterte en el ejército, Emilio?— preguntó Hilario.—Tienes buena planta. Encima eres maestro. Pronto te tocará hacer el servicio militar: allí podrás ascender pronto. Tu hermano y yo te echaríamos una mano: para algo sirven las influencias.

—Hablad de otra cosa, padre—dijo Filomena—Falta poco para la boda.

—¿Cuando os casáis?—preguntó Emilio.

—El 18 de abril—respondió Vicenta.—Aunque falta poco, a esta pareja se le hará eterno: ya tienen ganas de volar.

Acabada la cena, Emilio vio que eran un matrimonio normal, como le dijo su hermano. El teniente en su casa no era el mismo, y su esposa y la hija eran dos personas encantadoras. Haría buenas migas con su cuñada, pensó. Una vez realizadas las pertinentes despedidas, los dos se fueron a descansar, ya que al día siguiente tenían que trabajar. Pensaba que pronto vería a sus padres ya que vendrían a la boda. Hacía solamente un mes que se habían separado y ya los echaba de menos.

____________________________________________________________________________________________

Su estancia en Valencia le sirvió para adquirir más cultura. Leía todo lo que le caía en sus manos. A veces compraba periódicos que solían salir una vez, ya que los incautaban, sobre todo los que tenían una tendencia republicana. Vio que un movimiento sindicalista estaba tomando fuerza después de siete meses de su creación: era la Unión General de Trabajadores, nombre elegido a propuesta de Pablo Iglesias Posse y siendo su presidente un compañero de este llamado Antonio García Quejido.

Se interesaba también por las noticias del exterior. Seguía con pasión una obra gigantesca que hacía varios años habían empezado a construir en París, y la querían inaugurar este mes, ya que para el 31 de marzo celebraban la exposición universal para conmemorar el cien aniversario de la Revolución Francesa: pensó como se debería sentir su creador, Eiffel, cuando al año siguiente destruyeran su obra, siendo el monumento más alto del mundo. Veía también como avanzaba el progreso: cada vez era más frecuente leer en los periódicos como crecían los trenes a vapor. Por aquel entonces inauguraban uno que iba de Castellón a Onda. Se interesaba también por las colonias españolas, sobre todo por Cuba, que tanto prestigio le daba a España en lo económico, ya que la Habana tenia mucho movimiento comercial: por eso España la defendió con tanto interés, en la guerra de los diez años, y después en la llamada guerra chica que hacía escasamente nueve años que había concluido. Su hermano conocía a varios militares que participaron en ella. ¿Cómo sería la vida en esos lugares?¿Por qué varios presidentes de los Estados Unidos la quisieron comprar? ¿Tan valiosa era? También le llamaba la atención un artilugio que estaban probando con cuatro ruedas y con un motor de gasolina en Barcelona: había algo parecido que iba a vapor, pero no lo vieron como algo revolucionario. De hecho, la gente no mostraba interés.

La noche pasó como un suspiro. Pronto se tuvo que levantar para ir al taller: empezaba a ilusionarse con la boda de su hermano. Pero, su tío y sus padres ¿cómo estarían para la boda, si apenas hacía dos meses que falleció Modesto?

Después de la jornada laboral, se fue a ver a su hermano al trabajo. Había estado pensando todo el día que le gustaría hablar con algún militar que hubiera participado en la guerra de Cuba. Más que por lo militar, la curiosidad era por saber cómo era la vida en esa lejana isla así que cuando vio a Vicente se lo comentó, negándose éste a complacerle.

—¡Eso ni se te ocurra! No es de buen gusto hacerles recordar lo que allí pasaron. Ten en cuenta que muchos perdieron allí algunos de sus amigos y familiares, otros vinieron heridos: al final, de una guerra lejos de aquí no se saca nada bueno. Ahora mismo que estamos en paz siempre hay escaramuzas y, tarde o temprano, se levantarán hasta que lo consigan. Ten en cuenta que ahora nuestro rey solo tiene tres años y no gobierna, así que es un momento delicado, y basta ya: como militar no debía hablarte así, pero es lo que siento.

—Lo siento, solo era curiosidad; no lo volveré a mencionar. Tendrás ganas de que llegue la boda. Yo sí que la tengo: así veré a los padres y hermanos, porque vendrán todos, ¿verdad?

—Espero que sí—respondió,—y sí, sí que tengo ganas de formar un hogar. La vida de soltero no es lo mio.

Los días pasaban rápidos ya que, después del taller, ayudaba a su hermano a acondicionar una vieja casa que habían comprado para formar su hogar: ese día le traían una moderna cocina de petroleo. Le picaba la curiosidad, ya que sus padres cocinaban con serrín. Le ayudaba a pintar con cal la casa hasta que por fin llegó el día.

Emilio se acercó a la estación a esperar a sus familiares, y se llevó una agradable sorpresa ya que vio a su hermano Enrique, el cual hacía varios días que había acabado el servicio militar. Contaba con veinticuatro años y venía de África. También vio a su hermana y sobrinas y a su hermano Miguel y, cómo no, a sus padres. Llegaron el día antes de la boda para ayudar a preparar lo que faltara, quedándose a dormir en casa de Damián y en la de Vicente.

Se levantó al día siguiente con una alegría contenida, ya que el recuerdo de Modesto aun sobrevolaba sus pensamientos. Pero, como dijo Enrique, la vida sigue y hoy era un día especial para su hermano mayor. Acercándose la hora de la ceremonia se fueron hacia la catedral, y vio allí la cantidad de militares vestidos con el traje de paseo, colgando de sus pechos las medallas que cada uno poseía. Aunque su mirada pronto se fijó en su hermano y en la que pronto sería su cuñada. Estaba radiante, destacaba entre tanto traje militar. Su hermano también destacaba con su traje de gala y con unas hombreras hechas a medida para la ocasión. Después de una larga ceremonia y de una modesta comida, se fueron despidiendo del recién estrenado matrimonio, hasta que solo quedaron los familiares mas cercanos.

—¿Que harás ahora, Emilio?—preguntó su madre.

—Voy a seguir aquí en Valencia, que el curso no acaba hasta junio. Me estoy preparando para cuando salga la plaza en Albaida.

—¿No le molestará a tu hermano que sigas viviendo con él?

—Está todo hablado, madre. Me voy con el tío Damián y la tía María, que el casado casa quiere, y aunque el tío este casado no es lo mismo.

—Hemos hablado poco, hermano—dirigiéndose a Enrique.—Ya me contarás cómo te ha ido el servicio militar, que a mí pronto me llamarán.

Sin más conversaciones los acompañó a la estación, no sin antes fijarse cómo habían envejecido sus padres en tan solo dos meses. Pensó que les había afectado mucho el fallecimiento de Modesto. Los abrazó, con más cariño que nunca, y sin apartar la mirada vio como se alejaban.

José Mª Pastor

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s