Nacimiento de Paquito

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Cuando nació, su madre pesaba 48 kg y él vino a este mundo con 5,400 Kg, así que la pobre María sufrió mucho. Le tuvo en casa, como la mayoría de las señoras de aquel entonces: imaginad el alboroto que se organizó en el piso, pues fue el primer varón en la familia después de dos chicas, Marisol y Paqui, sus primas.

Buscaron a una matrona, que una tía conocía, porque alguien se la había recomendado. Al cabo de unos días vino a conocer a la parturienta. Tomó las constantes a María.

  • ¡Uhm!! Este parto va para largo. Así que tranquilos. ¡Sí lo sabré yo, con la experiencia que tengo! Si pasa algo me llamáis, o venís a buscarme. Ya sabéis donde vivo.

Y se fue para su casa.

Vino el día señalado y fueron en su búsqueda. Toda la familia femenina estaba alrededor de la cama, como si de una fiesta se tratara. Las tías, cada una relatando sus aventuras; las abuelas, compartiendo anécdotas (que una que conoce de dos calles más allá se le murió en el parto, otra que se desangraba…). Y los hombres, que no aguantan ver la sangre ni escuchar esos temas, estaban más nerviosos que unos monos en una jaula, dando paseos en un pequeño comedor, fumando y tomando cafés, llenando toda la sala de humo (no era incienso, sino tabaco de liar). Se podía mascar de espeso que era el ambiente.

La luz tenue era la que da una lámpara de brazos de cristal acabado con una tulipa y las lágrimas colgando de cada uno de los brazos: una bombilla de poca intensidad, pues hay que economizar. Los círculos del humo producidos por los fumadores parecen jugar a intentar entrar en los brazos de la lámpara. Todo esto lo estoy imagino, claro está: como sabéis, la imaginación es gratis.

¡Qué felicidad! Toda la familia, pendiente de María. Ella, por una vez, era la protagonista de la película, nerviosa como es, y al mismo tiempo incomoda por ser el centro de atención. ¡María!

Al cabo de unas horas de puros nervios, suena el timbre de la puerta y regresa la comadrona. Al entrar en el comedor, lo primero que recomienda es que se abra la ventana, ya que hay exceso de humo. Inmediatamente se vuelve a respirar aire fresco de la madrugada. Ella entra en el dormitorio y distribuye el instrumental que llevaba en su maletín redondo de cuero, con su asa y sus pestillos de latón. Va sacando sus instrumentos y los deja encima de la mesita de mármol habilitada para su uso. Da órdenes:

  • Rápido: preparen barreños con agua caliente, toallas y paños limpios. Venga, que esto no espera. Está ya a punto de caramelo”

Y comienza la exploración: introduce su mano y palpa por los costados. Rompe la bolsa de agua, el saco que envuelve al bebé y el cordón umbilical, tras comenzar las contracciones. La mujer introduce un instrumento y empieza el tira y afloja,

  • “Xiquet afora, xiquet cap a dins, Xiquet afora, xiquet cap a dins”,

Parecía que mi María no quería soltar la criatura, o hacia ventosa.  Total, una pelea de fuerza con la comadrona. ¿Os imagináis a la comadrona sentada en la tripa tirando a dos manos? Al final se impuso la experta. Y el pobre crío, más mareado que un pez… (He asociado una imagen de la comadrona con la de una señora bajita, regordeta, con manos pequeñas, dedos regordetes repletos de anillos y piernas amorcilladas. Está encima de la cama, con los zapatos de medio tacón, resoplando y con un ojo puesto en la madre y el otro por donde tenía que salir el chaval).

Por fin decidió salir. La experta comadrona solo resoplaba y decía:

  • ”A mi este no se me escapa, Faltaría más, con la experiencia que tengo.”

Tirando con todas sus fuerzas a dos manos, por fin expulsó al pequeño inocente. Limpió la tripa, la sangre, y le limpió la cara. Vino a este mundo sobre las 5 de la madrugada, con la ayuda de unos instrumentos llamados “fórceps y ventosas”. Así que lo primero que oyeron sus delicados oídos fue:

-“Ese pepino yo no lo quiero: volvedle la cabeza normal.

Esa expresión fue lo primero que oyó de su padre. La cabeza se había deformado y la tenía como un zepelín. Colocó una venda en la cabeza y poco a poco se fue arreglando, volviendo a un tamaño normal y no paso a mayores. Lo entregó a su padre, como si de un balón de rugbi fuera.

¡Qué orgulloso estaba el papá! Fue pasando de mano a mano y al final, el encuentro con su madre, el calor suyo, su voz entre cortada por el esfuerzo, pero como si ese timbre de voz le tuviese grabado en el cerebro. Le producía tranquilidad, paz, confianza. Le acercó su pecho y, como si fuesen dos imanes que se atraen, se conectó de inmediato a esa fuente de vida. Gracias, Dios, por esa madre.

 

Paco

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