Hogar

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Vivían en el centro de la ciudad con varias familias, junto con los abuelos paternos y los tíos. En aquel tiempo el tío estaba en un pueblo de la provincia de Huesca, pues al ser de la Benemérita le tocó quedarse por un tiempo allí, por causa de los maquis… (no sabía muy bien qué era aquello), pero él tenía reservada la habitación de matrimonio en el piso. Y cuando venía de permiso nadie podía hablar muy fuerte, “no fuera que se despertara”. 

Otra de las piezas del piso era la cocina: en ella se comía y se desayunaba. Tenía en un rincón un pequeño apartado, el wáter, que todos compartían ya que solo había uno. Tenía una tabla donde sentarse; se levantaba una tapa, y ahí aparecía un agujero oscuro y sobre todo mal oliente. Parecía que, cuando te sentaras, subiría una mano y te cogería. Tú te sentabas y hacías tus cositas y, después, con un trozo de papel de estraza (ése de envolver los productos de la tienda), cortaditos todos por un igual, perforados con un alambre, colgados de la pared, hasta que alguien estiraba uno, limpiabas como podías.

Al comedor se accedía desde la cocina por medio de un pequeño pasillo; tenías dos habitaciones a la izquierda, la de los abuelos y la de mis tíos. Por fin llegabas al comedor, pero no se usaba ya que era solo para las grandes ocasiones. La luz penetraba desde la puerta del balcón del comedor: ventanas acristaladas y madera de mobila. Por la parte blanda de la misma se traslucía la luz del sol, en color rojizo, haciendo pequeños destellos en la penumbra del comedor: entornabas los ojos y deslumbrabas pequeñas figuras en el aire, como si de moscas flotantes se tratara.

Una vez dentro de la habitación, las dimensiones eran muy pequeñas, pero el techo muy alto. En la puerta de entrada, en la parte superior, había un tragaluz, que se abatía para dar un poco de aire a la dependencia.

¡Cuantos recuerdos me transportan a esa habitación!

Paco