Una anécdota de mi pueblo

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Os voy a contar una anécdota que ocurrió en mi pueblo, la Vilavella, provincia de Castelló, en los tiempos de la posguerra. Tiempos de bacalao, pan duro y el boniato que recibió el nombre de salvadoret porque les llenaba la barriga. Este tubérculo era, a veces, el único sustento que llevaban los labradores cuando iban a cavar el huerto.

Para los que no lo sepan, la Vilavella es conocida por sus aguas termales y en su momento de esplendor existían 11 balnearios. Antiguamente los bañistas que querían cocinar ellos mismos disponían de una zona para prepararse la comida. Compraban los víveres en el pueblo y los dejaban en la galería. Y ocurrió que un grupo de jóvenes que iba a pie a la verbena al vecino pueblo de Nules y pasaban más hambre que un maestro de escuela, vio –cómo no tenía que verlo si lo estaban deseando–, una ristra de longanizas en un balcón que daba a la calle.

Las ganas de comer les pudo y se las ingeniaron para subir y cogerlas todas. De camino se las comieron con voracidad y, cuando llegaron a la fiesta, el vino hizo que contasen lo sucedido y, si les invitaban a comer, decían señalándose la garganta que se las podían tocar (las longanizas). Como en el baile había más convecinos, pronto corrió la noticia de quiénes eran los autores del delito.

Los bañistas, molestos por quedarse sin sus viandas, denunciaron el hurto al juez de paz. Llegado el momento del juicio se presentaron ambas partes y, después de relatar el suceso, el juez comentó a los bañistas: es a ustedes a quienes tendría que denunciar por la provocación que supone exponer a la vista de todos esos embutidos.

Imma Vicent

 

Al mal tiempo…

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El día era muy lluvioso, y Luis no sabía qué hacer. Había salido a correr, después de semanas encerrado en casa, debido al puñetero confinamiento. Ahora, aprovechando que las autoridades le habían permitido salir a correr, lo hacía todas las mañanas alrededor de su casa. Pero esa mañana, haciendo oídos sordos a las restricciones, se había separado de su hogar más de la cuenta. Tenía tantas ganas de salir de casa y recorrer las calles de su ciudad… Y unas finísimas gotas de lluvia hacían mucho más llevadera su carrera matutina.
Esas gotitas que iban cayendo se fueron haciendo muy gruesas, y su frecuencia mucho más regular. En cuestión de segundos el amable chirimiri se había convertido en una copiosa lluvia. Y allí estaba él, helándose, con unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes. Lo estaba pasando muy mal. Decidió acelerar el paso y volver a casa lo antes posible.

Llegó al portal de su casa empapado. A duras penas consiguió abrir la puerta de su casa, y fue directo al cuarto de baño, a secarse la cabeza y la cara. Su mujer estaba allí, lavándose los dientes, y se asustó al ver a Luis: la imagen era de lo más extraña. Su marido estaba de pie, chorreando agua, y mostraba una gran sonrisa mientras la contemplaba ensimismado. Esa sonrisa era real, no una mueca, lo que la sorprendió. Ella le preguntó:


                     – Luis, ¿por qué sonríes? ¡Si estás calado hasta los huesos!


Luis siguió sonriendo, pensando en aquel viejo refrán que, ahora sí, tenía mucho sentido. Luego, se metió en la ducha y comenzó a tararear una canción. Sabía que mañana volvería a salir a correr.

Palmer

La escuela del Siglo XXI ¿ha caducado?

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Para contestar esta pregunta intentaré presentar unos cuantos argumentos que os convencerán del sí. Quizá la escuela, llamémosle educación, no ha caducado en todo lo que ha sido hasta ahora, pero sí creo que hemos de abandonar o mejorar muchísimos aspectos ya caducos.

En primer lugar esta escuela ha tenido como prioridad la transmisión de conocimientos. Se enseña aquello que la sociedad considera que debe conservarse para seguir reproduciéndose. Sin embargo, ante una sociedad veloz y cambiante como la actual, esta idea ya no vale. Necesitamos formar ciudadanos que se adapten a un futuro cambiante y que puedan convertirse en personas que ayuden al progreso de la sociedad que les tocará vivir. Se debe fomentar el espíritu crítico, la resolución de problemas, la educación socio-emocional. Se debe despertar la mente de los estudiantes para que puedan adaptarse a trabajos nuevos que quizá aún no se hayan inventado.

La metodología tradicional (tiza, pizarra y lección magistral) ha caducado. Un alumno, que llega a la escuela hiperventilado por haber navegado en las redes sociales, sigue difícilmente una clase al estilo tradicional.  Los contenidos unidireccionales en los que el alumno no interviene mas que para memorizar ya no sirven. Por tanto, necesitamos nuevas metodologías adaptadas al momento actual. Estas metodologías seguramente necesitarán apoyarse en las nuevas tecnologías para las que también se habrá de educar al alumno en su uso correcto.

Esta escuela necesita ya una Ley de Educación consensuada, bien diseñada por profesores, pedagogos y psicólogos, que no cambie constantemente cada uno de los gobiernos de turno; que vaya acompañada de un presupuesto adecuado que se cumpla y de una evaluación real que abarque todo el sistema para poder mejorarla a medida que se vaya desarrollando. Si no volvemos la vista atrás no podemos avanzar adecuadamente. Además, todo cambio en educación necesita la formación de los profesionales que la han de aplicar.

Hasta aquí no sé si ya os he convencido de que la escuela necesita un buen barrido, tirar todo aquello que no sirve y cambiar los muebles.

Pero todo esto, ¿para qué? Había dejado para el final el tesoro más preciado: el alumno. El alumno que hoy habita la escuela es muy diferente del que se escolarizaba hace algunos años y le tendremos que educar de una manera personalizada. Nos deberemos preguntar quién es, de dónde viene, si tiene cubiertas las necesidades básicas (sé por experiencia que si éstas no están resueltas no es posible o se hace difícil el aprendizaje).

Y dejadme que os hable del alumno “zoquete”, dicho en sentido cariñoso. Como enseñante que soy ha sido para mí un reto ayudar a estos alumnos a los que les cuesta tanto avanzar; les he acompañado y he sentido su pesar y el de sus familias. Y un día cayó en mis manos un libro de Daniel Pennac, “Mal de escuela”, un zoquete de primera, que como tantos otros llegó a ser un buen escritor y entendí cómo de triste y difícil puede ser la vida de un alumno fracasado en la escuela. Daniel nos habla desde la experiencia de haber sido un zoquete y nos hace una disección del dolor y sufrimiento de no comprender, así como también lo hace de sus daños colaterales. En definitiva, nos habla de la baja autoestima y la desesperación que produce el fracaso escolar.

Pues bien, esta escuela ideal, en la que de vez en cuando sueño, me gustaría que tuviera entre sus prioridades un plan educativo que potenciara la excelencia pero que no dejara atrás a tantos “zoquetes”, buscando la equidad con inversiones necesarias porque cuando los alumnos más desfavorecidos avanzan, todo el país avanza.

No sé si os he convencido pero, en todo caso, espero vuestros argumentos a favor o en contra.

Que no se nos arrugue el cerebro. Salud.

M. Carme Arnau Querol   

Dos más dos

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Recuerdo que cuando iba al colegio durante lo que era entonces la primaria y después el bachiller, consideraba a los profesores como personas que sabían mucho y me inspiraban mucho respeto y admiración en la mayoría de los casos. También mis padres consideraban que sus métodos eran los adecuados y no cuestionaban en ningún momento que ellos fueran los que habían tomado una mala decisión en caso de conflicto, o cuando se producía alguna pequeña gamberrada en clase, estaban de acuerdo en que nos castigaran. En ningún caso lo hicieron con maltrato físico: en eso creo que no hubieran estado de acuerdo, pero siempre consideraban que las decisiones de los profesores eran las adecuadas y no valían excusas o explicaciones.

Desde mi perspectiva ahora veo que tampoco era lo correcto en todos los casos, pero lo que pretendían era no menoscabar la autoridad de los profesores delante de nosotros: formaban un tándem con el fin de conseguir de nosotros, sus hijos, unas personas bien educadas, estudiosas y disciplinadas, que aprovecharan el esfuerzo que ellos hacían “para que nosotros estudiáramos”, como repetían muchas veces, sobre todo mi madre que dejó el colegio muy pronto para ponerse a trabajar en una fábrica.

Para ellos el vídeo de “Matemáticas Alternativas”, hubiera sido ciencia ficción, no por el concepto científico que se cuestiona sobre “2+2”, sino porque si la profesora ha dicho que la solución es incorrecta, me hubieran instado a rectificar y a estudiar más.

No estoy de acuerdo con ese “absolutismo”, pero creo que en algunos aspectos era mejor que la pugna que ahora se establece entre profesores y padres, por ver qué criterio es el que prevalece con respecto a la educación del niño, en vez de trabajar los dos de manera conjunta y complementaría sin menospreciar la autoridad de ellos delante de los niños.

Creo que a los niños es bueno educarlos no solo para que acumulen conocimientos o sepan utilizar las nuevas tecnologías desde la cuna, sino que se les debe dotar de armas como el sentido común, la autoestima, el espíritu crítico, la disciplina, capacidad para valorar las cosas, esfuerzo, empatía, solidaridad, respeto, amor a la naturaleza, entre otras muchas, además de los conocimientos para que sean personas con capacidad de disfrutar de la vida, de ser responsables y solidarios con los demás, con su entorno, para que sean más felices y se den cuenta de que “entre todos es más fácil”.

Concha Pascual

La enseñanza

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En las últimas décadas la aparición de las nuevas tecnologías ha transformado nuestra vida. A muchos de nosotros nos cuesta aceptar tantos cambios en un tiempo tan corto. Pero este proceso es imparable. Es fruto de la evolución humana, de sus conocimientos, de sus necesidades, de sus recursos.

Nuestros nietos han nacido con las tabletas y los móviles en la mano (no nos gusta, pero ellos no tienen la culpa). En mis recuerdos guardo momentos de mucho enfado con la caligrafía de mis hijos y sus respuestas categóricas: “¡No vamos a escribir con tinta china a mano, mama!”

Desde mi punto de vista, para sacar máximo provecho de las tecnologías, los docentes tienen que hacer los cambios necesarios en su preparación, en sus programas, en su metodología y en sus habilidades de manejar estas tecnologías. En los tiempos actuales, los alumnos necesitan mucha motivación para minimizar su ignorancia.

Enseñar conocimientos siempre debe estar ligado con la educación. Esta educación que empieza nada mas de nacer uno en el ámbito familiar y ampliándose más tarde con los valores de la sociedad. Ser agradecido y respetar siempre a la gente que te enseña algo (a que sea solo atarte los cordones de los zapatos). Creo que muchos de estos valores básicos se están perdiendo sin saber el impacto en el futuro.

Elena Hristova

Educando para el futuro

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En todas las culturas, la educación del individuo es básica para el desarrollo personal y de la sociedad en que vive. Como es una actividad humana, hombres y mujeres actúan unos sobre otros según su propia identidad, según sus capacidades y tendencias; de modo que la educación se realiza por todos y a lo largo de toda la vida.

El  ser humano llega al mundo desprovisto de todo conocimiento y, poco a poco, se prepara para incorporarse a la sociedad de la que tendrá que formar parte. Es un ser inteligente, ávido por aprender y, estimulado adecuadamente, adquirirá hábitos, conocimientos, normas y conductas que lo harán un miembro activo en su entorno.

“Trata a un ser humano como es y seguirá siendo como es; trátalo como puede llegar a ser y se convertirá en lo que está llamado a ser”. (Goethe)

La Educación ha de atender al desarrollo integral de la persona. Debe abarcar conocimientos  teóricos y técnicos, pero también valores. Ha de buscar el crecimiento humano, conseguir que las personas aprendan a pensar, a comprender, a analizar y argumentar juicios críticos; a ser más tolerantes, justos y empáticos; en resumen: más libres.

Difícil reto en un mundo en el que prima la filosofía de la frivolidad, del poder por el poder, del premio al pelotazo, de la oportunidad forzada, del culto al cuerpo…

“La Educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”. (Nelson Mandela)

En una sociedad globalizada, se deberían seguir modelos pedagógicos de vanguardia, que prepararan a las personas para resolver las necesidades y problemas de un mundo complejo y multicultural, donde las nuevas generaciones puedan reconducir o cambiar la realidad.

Felisa Galindo

La educación

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Como no soy un experto en el tema, ya que no es el terreno en el que me he movido, he decidido echar mano del sentido común. A mi modo de ver, éste aconseja:

  1. Una Ley de Educación bien meditada, adaptada a las necesidades de la sociedad y consensuada para garantizar su estabilidad y no ir dando bandazos como pollo sin cabeza. A la LGE de 1970 le siguieron la LOECE (1980); la LODE (1985); la LOGSE (1990); la LOPEG (1995); la LOCE (2002); la LOE (2006) y la LOMCE (2013). Parecen muchas para los pobres resultados obtenidos si hacemos caso de los informes PISA (la prueba de la OCDE que mide las competencias de los alumnos de 15 años en ciencias, matemáticas y comprensión lectora) que nos colocan en el vagón de cola de los países desarrollados.
  2. Una correcta formación pedagógica de los maestros.
  3. Un ambiente de trabajo adecuado con el material suficiente para desempeñar su labor.
  4. Un número no excesivo de alumnos para que el preceptor pueda conocer los puntos fuertes y los débiles de sus alumnos y así poder ayudarles mejor.
  5.  Implicación familiar. Cooperando; no poniendo palos en las ruedas.
  6. Cuidar al cuidador: En todos los niveles de la educación, desde el parvulario hasta la universidad, el docente ha de sentirse valorado por la sociedad. Ha de tener acceso a la carrera profesional. Su sueldo ha de ser adecuado y hay que evitar que se “queme”.

Para José Antonio Marina –destacado pedagogo, además de filósofo y ensayista–, es muy importante que la educación impartida en casa y en la escuela esté acompañada por una cultura ambiental adecuada. Si no es así el proyecto educativo fracasará. Por eso los esfuerzos pedagógicos tienen que ir dirigidos, también, a cambiar el entorno cultural porque la cultura forma parte esencial de la educación.

Manuel Cabero

La docencia

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¿Crees que es más importante que los docentes enseñen conocimientos a los estudiantes de la manera que consideren más adecuada, o que se adecúen a los parámetros que la sociedad imponga en cada momento?

            Yo pienso, de que la primera pregunta que se plantea no puede ser contestada excluyendo a la otra, pues la educación, al igual que la docencia, tiene matices, es compleja y se compone tanto de las influencias de la sociedad, como del transmisor de dichos conocimientos. No solo es importante aquello que se quiere transmitir sino cómo se transmite, y ahí cobra un papel fundamental el docente.

            La sociedad tiene un gran peso dentro de la educación, pues es la sociedad, mediante sus representantes políticos, la que marca por ley, los contenidos que los docentes tienen que impartir a sus alumnos. A través de los mismos, se enseñan aquellos conocimientos adecuados al momento en que vivimos y a las demandas sociales. Por tanto, los docentes tienen por ley que enseñar los conocimientos que la sociedad está demandando en cada momento.

            Por otro lado, el docente, con su libertad de cátedra, enseñará esos conocimientos de la manera que considere más adecuada, siempre partiendo de los conocimientos previos de los alumnos y de sus características particulares, tanto personales como aquellas que vengan dadas por el contexto social y cultural al que pertenezca dicho alumno.

            También considero que es muy importante que la docencia tenga en cuenta la sociedad en la que vivimos y las demandas que ésta genera (un ejemplo: una gran demanda social en la actualidad son los conocimientos de las nuevas tecnologías), pero que sean los docentes los que enseñen dichos conocimientos de la manera que ellos consideren más adecuada. En mi opinión, el aprendizaje a los largo de la vida no tiene que ver sólo con la adquisición de conocimientos sino con la actitud de desafío, capacidad de emprender, autoestima, innovación etc.

                                                                                                          Victor Almor

Libro de familia, VII (1894-1895)

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Cuatro meses habían pasado desde que acabó la mili y empezó a trabajar. Era Julio, la escuela ya estaba cerrada y Emilio iba todas las semanas a ver a sus padres y hermanos. Ese sábado, como de costumbre, sus padres lo estaban esperando: no tardó en llegar, llamó a la puerta yendo su madre a abrirle. Esta vez iba acompañado.

Madre, te presento a Ana, mi prometida; es la hija de Antonio, el dueño de la casa donde me alojo. Le dije a Vicente que no os dijera nada, pues quería daros una sorpresa.

Agradablemente sorprendida, la madre le dio un abrazo de bienvenida. Rosendo, que ya lo había oído, se levantó de su sillón, y fue hacia la puerta.

– He aquí la causa, Virginia. ¿No te dije yo que últimamente encontraba más contento a tu hijo? ¿Cuántos años tienes, hija? le preguntó.

          – Acabo de cumplir diecinueve señor- le dijo, sonrojándose.

-¿Y cómo es que tu padre te ha dejado venir sola con mi hijo?

Vicente se ha hecho responsable: se tienen mucha confianza,

– Esta noche dormirá en su casa: además me conocen bien, padre, y confían en mí y en ella.

Ana vio que era una casa no tan grande como la suya, pero muy bien cuidada. En la entrada vislumbraba una pequeña mesa vacía con cuatro sillas alrededor, unos cuadros que colgaban de la pared, y un comedor amplio y acogedor. Se notaba que había sido una familia con muchos miembros ya que sillas no faltaban.

Emilio le dijo a su madre que esa noche vendrían a cenar su hermana Herminia, Vicente y las niñas (así se la presentaría a su hermana) y que otro día irían a Valencia a que conociera a sus hermanos y tíos. Así fue: no tardaron en llegar sus sobrinas junto con sus padres. Eran tres mujercitas. La mayor, María Virginia, ya tenía trece años y pronto cumpliría los catorce, Antonia acababa de cumplir los doce y Purificación ya tenía los dos años: ésta era un juguete para las hermanas que reían constantemente de sus gracias. La cena transcurrió entre risas y alegrías: parecía que todo iba bien. El maestro iba a empezar su último año de profesor, aunque ya dudaba que Emilio ocupara su lugar, cosa que no acababa de preocuparle, ya que lo veía feliz y contento con su trabajo y pensaba que había encontrado su lugar, aunque era consciente que el tener novia influía mucho.

Pronto pasó la noche y, después de la comida del domingo, se tuvieron que ir hacía Segorbe. Habían pasado un fin de semana agradable, sobre todo Ana, que vio en la familia de Emilio muy buena gente, una madre de Emilio encantadora, y aunque el padre tenía un porte más serio, se le veía una persona con una bondad infinita. Al llegar a Segorbe se dirigieron a su casa para contarles a sus padres cómo eran los padres y familia de Emilio. Al abrir la puerta vio a su madre preocupada, pero esta le dijo que era una cosa sin importancia.

            –Pero cuenta, cuenta, ¿Ya conoces a los padres de Emilio ¿Y a la mujer de Vicente?

– Si madre, son una gente estupenda :me han hecho sentir como en mi propia casa. También he conocido a las hijas de Vicente: la mayor es una mujercita, pero ¿qué es lo que te preocupa? Me vas a dejar intrigada.

– Nada hija,—dijo el padre,—que tu madre se está haciendo mayor y parece que va a perder eso que tenéis las mujeres. 

Veinte días pasaron, hasta que la madre le dijo a la hija.

          – Ana, aun soy joven. No me ha venido la menstruación: estoy embarazada.

          – ¡Embarazada!—exclamó Ana—¿Cuándo nacerá?

– Si todo va bien para el mes de marzo. Te llevaras veinte años con tu hermano o hermana. Aún es pronto pero tu padre quiere que tú y Emilio seáis los padrinos, así que cuando venga del telégrafo se lo diremos.

          – Vaya sorpresa se llevará,—contestó Ana.

No tardó en llegar cuando Ana salió a su encuentro y le dio la noticia. Se quedó pensativo y preocupado a la vez,: la mujer no gozaba de muy buena salud, y ya rondaba los cuarenta y cinco años y el marido acababa de cumplir los cincuenta. Pensó que serían unos padres mayores.

Me ha dicho mi madre que padre quiere que seamos nosotros los padrinos.

-Aún falta mucho ¿para cuándo lo espera?

-Para marzo—le respondió su novia.

Enseguida fue a darle la enhorabuena a Antonio y a Luz. Cuando los vio se abrazó a ellos para felicitarlos. Pronto vio que no era un embarazo deseado ya que pensaban lo mismo que él, que los pillaba un poco mayores para volver a criar.

 

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Los meses fueron pasando rápidamente, y hacía una vida normal. En el trabajo estaba contento y sus compañeros también lo estaban con él. Cada vez estaba más enamorado de Ana, y pensaba que en un par de años podría casarse. Recordaba los preparativos que hizo con su hermano Vicente María. En octubre había cumplido veinticinco años, y en dos más, ya era buena edad para formar una familia, y Ana ya tendría veintidós y sería toda una mujer.

Llegaban las navidades, y unos días antes, Rosendo y su mujer fueron a conocer a los padres de Ana a Segorbe, donde pronto entablarían una buena amistad y, como no, hablaron de los chicos, de que hacían una buena pareja, y del embarazo de Luz. Por esas fechas ya estaba de algo más de seis meses, y empezaba a estar algo pesada, pero contenta, ya que el embarazo había ido bien hasta la fecha. Los invitaron al bautizo ya que Emilio iba a ser el padrino, cosa que ya sabían pues lo había comentado no hacía mucho. Incluso les había dicho que ser padrino implicaba que, si algún día faltaran los padres, se tendría que hacer cargo del cuidado y educación del apadrinado, cosa que le pilló por sorpresa, pues no conocía tal responsabilidad.

Pronto paso el tiempo, Luz cada día que pasaba contaba los que faltaban para el parto. Fue a primeros de marzo cuando una mañana la casa se llenó de mujeres. Cuando Emilio regresaba del trabajo se encontró con la puerta llena de gente.

            – ¿Que pasa? Preguntó

Enseguida salió Ana para darle la noticia, pero nada más verla intuyó que todo había salido bien.

Una niña, es una niña-, le comento Ana- y muy pelona, pero es muy chiquitina.

Emilio, dio la enhorabuena a los padres sin dejar de mirar a la recién nacida. No estaba acostumbrado a ver a un recién nacido y sí que le pareció un ser pequeño.

Puedo preguntar si ya sabéis cómo se llamará.

– Luz, se llamará Luz,—respondió rápidamente la madre,—pienso que esta será mi última hija y quiero que lleve mi nombre.

Los demás se miraron y quedaron en silencio, pues no sabían de esa determinación tan segura de la madre.

Pues ya está– concluyó el padre –Luz es un nombre bonito y además es el tuyo del cual un día me enamoré.

Al llegar el fin de semana, Emilio fue a ver a sus padres y a comunicarles la noticia de que la bautizaban el siguiente fin de semana y estaban invitados como también lo estaba su hermana y Vicente.

Tocaban las campanas, cuando unas cuarenta personas en comitiva se dirigieron a la iglesia parroquial de Segorbe. Se acercaba la hora del bautizo. La madre ya recuperada llevaba a la niña en sus brazos. A un lado su marido y al otro los padrinos, seguidos de los invitados a tal evento, acercándose a la pila bautismal, apara ver cómo el cura derramaba el agua bendita por la cabeza del bebé. Emilio pensó en las palabras que le había dicho su padre sobre la responsabilidad de ser padrino y allí, delante de todos, prometió que si algún día hiciera falta, él la cuidaría como a una hija.

En la fiesta supo que ese año, algunos de sus amigos se iban al servicio militar; muchos fueron enviados a Cuba. Por esas fechas España había perdido muchas colonias conquistadas en América. Solo quedaban bajo sus dominios Filipinas, Puerto Rico y Cuba, siendo esta última la que más beneficios le reportaba y la que más recelos despertaba a Estados Unidos para que España se la vendiera o, en todo caso, para  apoyar a los cubanos para conseguir la independencia.

Acabada la ceremonia, acompañó a sus padres y hermana al tren, comentando con su cuñado lo que depara la vida.

-Cuando me dijiste lo del telégrafo aquí, fue una cosa que no hice caso, Más bien lo cogí porque no tenía otra cosa, y ahora, ya ves estoy feliz con trabajo, novia y padrino de una niña.

            – Así es la vida, Emilio, donde menos te lo esperas puede estar la felicidad.

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Todo volvió a la normalidad ese lunes de marzo. Cerca de allí, en Valencia, esa semana empezaban las Fallas. Años atrás habían sido perseguidas por los políticos, pero ese año (y debido a que una revista llamada La Traca ofrecía premios a las mejores fallas) se habían esmerado en hacer algo artístico, no teniendo más remedio los políticos que admitir ciertas críticas, por lo que había despertado una gran expectación.

Pasaron los meses, y pronto se celebró el primer cumpleaños de la hermana de Ana. Ésta empezaba a dar sus primeros titubeantes pasos, a balbucear sus primeras palabras. Era todo felicidad en casa de Antonio, cuando Emilio les pidió permiso porque pensaba casarse al año siguiente con su hija. Los padres reaccionaron con alegría, si bien Antonio estaba preocupado por el cariz que estaba tomando el pueblo debido al descontento con los políticos sobre la guerra de Cuba. Empezaban a haber algunos altercados y eso le preocupaba.

– De momento buscaremos una casa pequeña de alquiler y poco a poco ahorraremos para comprarnos una——señaló Emilio, a lo que el padre, un poco en broma y sonriendo, les dijo.

Os alquilo media casa- ¿Dónde, vais a estar mejor que aquí? 

– ¡No! Respondió la hija. Queremos tener nuestra propia casa-.

-Tu padre lo dice de broma, hija, pero bien pensado, aquí ahorrareis más, ya que no pagaríais  alquiler.

-Lo sé madre, pero queremos ver cómo nos apañamos.

Pronto llegó el final de curso. Aunque Rosendo ya sabía la determinación de Emilio de seguir en el telégrafoaun lo quiso convencer. Pero éste ya tenía la decisión tomada: seguiría en el telégrafo. Estaba contento con su trabajo y también dudaba si la enseñanza sería lo suyo. Era lo de su padre, pero dudaba que él fuera igual que su padre.

Al salir el último día de clase vio que la plaza estaba llena de gente. Lo estaban esperando para todos aplaudirle al unísono, hasta que unas pequeñas lagrimas empezaron a desbordarse de sus diminutos ojos. Se sentía emocionado: estaban muchos ex alumnos y muchos vecinos que lo apreciaban. Rosendo había llegado a Carcagente a la inauguración de las escuelas de San Luis en 1848. Habían sido cuarenta y siete años, dedicado a la enseñanza en el mismo colegio. Muchos de sus primeros alumnos ya eran cincuentones, a algunos hacía años que no los veía, se habían casado, y se habían ido a vivir a otro pueblo (algunos a Valencia con hijos, incluso algunos con nietos). Bastantes alumnos habían seguido sus pasos y eran maestros, y alguno que otro era médico o político. Toda su familia estaba allí para arroparle, incluyendo su hermano Damián con su familia. Fue un día inolvidable que le hizo sentir que su labor había sido reconocida.

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Pronto pasaron los meses de buen tiempo, hasta que llego el invierno. Sus cortos días y gélidas noches hacían que pareciera que los días eran más largos y que el tiempo no pasara. Seguramente los impacientes novios no veían llegar su boda. La habían programado para el mes de septiembre y aunque el tiempo no pasaba, tampoco sabían si para esa fecha lo tendrían todo organizado, ya que les era difícil encontrar una casa que se les acomodara.

Más pronto que tarde, pasaban los días y las semanas, hasta que vieron que se les echaba el tiempo encima y aun no tenían claro lo de la casa. Decidieron posponer la boda para el mes de marzo. También la madre de Ana no se encontraba bien de salud y quizá con unos meses más se recuperaría del todo. Volvió a llegar el invierno, y ahora ya tenían lo principal: habían hablado con una mujer que disponía de una casa para alquilar y se la dejaba en enero para que hicieran unas pocas reformas y la pintaran para tenerla disponible en marzo.

Llego la navidad. Habían decidido ir a pasar las fiestas con los padres de Emilio. Se juntarían con toda la familia y así celebrarían también la jubilación de Rosendo. Cuando Emilio y Ana llegaron ya estaban todos allí. Se abrazaron con una alegría contenida y casi forzada. Filomena parecía que había superado que no iba a ser madre y le volvía aquella sonrisa de juventud, las hijas de Vicente y Herminia ya estaban asomándose a la adolescencia. Virginia, aunque mayor, seguía tan activa como siempre, Rosendo, tranquilo pero observador, pronto se dio cuenta de que a Emilio y a Ana les pasaba algo: no sabía si habrían discutido o si la madre de Ana estaba enferma. Aunque preocupado, decidió no hacer ningún comentario durante la cena. Acabada ésta, se quedaron todos a dormir repartiéndose entre su casa y la de su hija Herminia. Como Vicente tenía amistad con los padres de Ana, ésta se fue a dormir con ellos, a lo que Rosendo se opuso convenciendo a Vicente de que quería hablar a solas con la pareja ya que intuía que algo no iba bien. Éste acepto pues había observado lo mismo.

Se acostaron a dormir, aunque más de uno pasó la noche en vela. A la mañana siguiente, el primero que se levantó fue Rosendo, sentándose en su vieja mecedora y esperando a ver si podía hablar con su hijo a solas.

Casi al unísono se levantaron Virginia, Ana y Emilio. Rosendo los llamó.

He observado que algo no va bien ¿está tu madre enferma, Ana?

-Hijo, si algo no va bien decidlo. Nadie mejor que tus padres para ayudarte o aconsejarte- dijo Virginia.

No madre, ni me podéis aconsejar, ni mucho menos ayudar-

– ¿Tan grave es? dijeron a la vez los padres

-El día diez de enero, es decir de aquí a dieciséis días, me envían a Cuba. No quería haceros pasar una mala noche de Nochebuena.

Se sentaron cabizbajos, Virginia en un arranque de rabia le dijo que si no hubiera hecho la mili esto no hubiera pasado, a lo que Rosendo la riñó diciéndole que ahora no era el momento de tirarle por cara las malas decisiones que antaño tomó.

Se despidieron de sus padres y hermanos y se fueron hacia Segorbe.

 

José Mª Pastor

Quico y Joan

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Corrían los años de posguerra mundial, por la mitad del siglo XX , en un pueblo de la costa mediterránea, con una luminosidad espléndida temperatura agradable y agua suficiente. Regresó a su pueblo después del enfrentamiento bélico, algo perjudicado físicamente por las penurias pasadas, y mal comido: así estaba Quico.

En la tranquilidad del pueblo, Quico se recuperó bastante bien; todos los días, después de la jornada laboral del campo, se aseaba, iba a la taberna de Chelina (una de las pocas del lugar donde se reunían las gentes del campo) e intercambiaba opiniones agrícolas. Allí también se contrataban jornaleros para las labores del campo.

Quico era una persona culta, con mucha experiencia adquirida a lo largo de lo pasado en la vida, con un saber innato, captando rápido el ir y venir de las cosas, y con un carácter alegre y algo socarrón.

Todos los días iba a casa de Chelina, y se ponía en la misma mesa, con su vaso de vino y unos frutos secos; de vez en cuando entraba un muchacho algo extrovertido y pedía una copita al señor Pepe Chelina, y se sentaba al lado del señor Quico, entablando una conversación amena. El joven Joan le comentaba los inconvenientes que encontraba en este mundo en que vivimos llenos de contrariedades, económicas y laborales, con unos desequilibrios cada día más marcados. Veía que hay mas gente pobre al mismo tiempo que los ricos son más ricos, abriendo así una gran brecha entre ellos.

Quico reflexionaba, diciendo:

–  Mira Joan, en todas las épocas han habido ricos y pobres. Tú lo que tienes que tener en cuenta es que no hay vientos contrarios para el que sabe dónde va; esto te servirá para marcarte un objetivo en la vida, que sepas que el ser humano se hace y se forma poco a poco. Debes tener actitud y disciplina en esta vida. Todas estas reflexiones te pueden llevar a un buen término en esta vida, siempre que tengas en cuenta que al miserable y al pobre las cosas le cuestan el doble.

– Señor Quico, ¿no cree usted que todo lo que me dice es un poco difícil de lograr?

– Mira Joan, comprendo tu preocupación por tu juventud; pero yo con mis años y con las experiencias vividas, si volviera a tu edad procuraría aplicar algunas de las cosas que te he comentado. Obviamente, no hay nada tan difícil tan dudoso ni tan peligroso como iniciar un nuevo orden de las cosas; todo no se logra de hoy para mañana. Es necesario emprender la aventura de la vida por el camino que te he hablado y esperar: seguro que te llevará a buen término. ¡Sé tu mismo! Una cosa es aprender de los más experimentados y otra cosa es querer ser otra persona. Hay ser sencillo, legal y claro. Nunca busques la provocación de los demás para sentirte bien, que el ser humano tiende a excederse cuando se siente triunfador.

Quico continuó con sus reflexiones, añadiendo:

– No hay que tomarse a mal cometer errores; lo malo es no aprender de ellos. Si cometes un error hay que superarlo: el fracaso tiene una dimensión positiva. Evitamos reconocerlo siempre, pero el fracaso aporta una gran enseñanza: es, al fin y al cabo, una ocasión para crecer, para ejercer la autocrítica y analizar dónde nos equivocamos. Esconder el fracaso o simular que todo va bien para evitar cambiar es una manera de esconder la cabeza bajo el ala, de reiterar los mismos errores y de vivir una permanente insatisfacción.

Joan le comentó que, en estos tiempos de desequilibrios en los que vivimos es difícil saber por dónde tirar, tanto por los gobiernos a nivel mundial, crisis económica, y desastres ecológicos y humanos. Quico le contestó que siempre han habido crisis; por lo tanto, hay que considerar que no son agradables aunque a lo largo de la historia son necesarias, pues ponen a la humanidad a reflexionar y son fundamentales para crecer humanamente. El desarrollo físico de la persona pasa por estadios críticos como también su desarrollo, mental, emocional y espiritual..

– Espero, Joan, no hacerme pesado y que no pienses que son dichos de viejos que sirven para poco; ya verás tú, cuando te veas en alguna situación que te he comentado, que podrás reaccionar adecuadamente. Y recuerda la conversación de una persona mayor.

Tomás Sanmillán