Hogar

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Vivían en el centro de la ciudad con varias familias, junto con los abuelos paternos y los tíos. En aquel tiempo el tío estaba en un pueblo de la provincia de Huesca, pues al ser de la Benemérita le tocó quedarse por un tiempo allí, por causa de los maquis… (no sabía muy bien qué era aquello), pero él tenía reservada la habitación de matrimonio en el piso. Y cuando venía de permiso nadie podía hablar muy fuerte, “no fuera que se despertara”. 

Otra de las piezas del piso era la cocina: en ella se comía y se desayunaba. Tenía en un rincón un pequeño apartado, el wáter, que todos compartían ya que solo había uno. Tenía una tabla donde sentarse; se levantaba una tapa, y ahí aparecía un agujero oscuro y sobre todo mal oliente. Parecía que, cuando te sentaras, subiría una mano y te cogería. Tú te sentabas y hacías tus cositas y, después, con un trozo de papel de estraza (ése de envolver los productos de la tienda), cortaditos todos por un igual, perforados con un alambre, colgados de la pared, hasta que alguien estiraba uno, limpiabas como podías.

Al comedor se accedía desde la cocina por medio de un pequeño pasillo; tenías dos habitaciones a la izquierda, la de los abuelos y la de mis tíos. Por fin llegabas al comedor, pero no se usaba ya que era solo para las grandes ocasiones. La luz penetraba desde la puerta del balcón del comedor: ventanas acristaladas y madera de mobila. Por la parte blanda de la misma se traslucía la luz del sol, en color rojizo, haciendo pequeños destellos en la penumbra del comedor: entornabas los ojos y deslumbrabas pequeñas figuras en el aire, como si de moscas flotantes se tratara.

Una vez dentro de la habitación, las dimensiones eran muy pequeñas, pero el techo muy alto. En la puerta de entrada, en la parte superior, había un tragaluz, que se abatía para dar un poco de aire a la dependencia.

¡Cuantos recuerdos me transportan a esa habitación!

Paco

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¿Prehistoria?

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¿LA HISTORIA SE REPITE?

Se ha dicho desde siempre que la historia se repite. La verdad es que, aunque lo sintamos, es así. Y digo que lo sentimos porque, desde que los hombres primitivos luchaban encarnecidamente por la supervivencia hasta nuestros tiempos, las guerras todavía permanecen en la faz de la tierra. Si somos ahora más inteligentes, ¿cuál es la razón para que sigamos siendo tan primitivos?

A mi juicio, la respuesta es muy simple: el hombre ha agudizado su inteligencia, ha indagado en fenómenos de toda índole, ha inventado, ha aprendido a “volar” imitando a los pájaros, navega por los mares, construye palacios, catedrales impresionantes, monumentos de belleza extraordinaria… Pero, con todo esto, no basta para decir que la humanidad ha avanzado. Es más, parece ser que vamos retrocediendo. Si nuestros ancestros, para sobrevivir, tuvieron que emplear la fuerza y la violencia, era porque su intelecto era limitado. Luego, con el tiempo, la raza humana fue evolucionando, y nacieron hombres y mujeres con una sabiduría innata. Estos sabios enseñaron al resto de los mortales lecciones ejemplares para convivir entre hermanos. Pero también, por otra parte, convivían con la raza más primitiva que no se paraba a meditar sobre lo bueno y lo malo. Estos insensatos luchaban entre “hermanos” sin escrúpulos, los que ganaban se hacían dueños de los territorios conquistados, destruyendo y asesinando al contrario, sólo por arrebatarle las tierras anheladas. El conquistador era venerado, temido y respetado. Estos luchadores llegarían a ser coronados y así, sin más, llegaron a ser “Reyes” y su descendencia serían igualmente venerados (aunque fuesen unos malvados gobernantes). La vida de los súbditos seguía de mal en peor, los fuertes ganaban y los débiles morían. Los sabios predicaban, enseñaban su sabiduría, pero la torpeza del hombre poderoso no atendía a esa filosofía de los eruditos: para ellos la fuerza y el poder era la lucha.

El hombre con el paso de los siglos se ha formado, ha adquirido la sabiduría que tan acertadamente nos legaron los grandes sabios de la historia. Qué duda cabe que ha habido y hay personas dignas de mención, personas verdaderamente ejemplares: santos, científicos, filósofos… Pero, ahí está el pero…, porque siempre prevalece el mal sobre el bien, así que estamos igual, inmersos en la prehistoria. Parafraseando a José María (mi yerno) muy acertadamente dijo: HEMOS MODERNIZADO LA PREHISTORIA. Siglo veintiuno, seguimos igual: guerras, asesinatos, luchas por el poder, por la riqueza… Gente demasiado rica, otros, los más, en la pobreza absoluta. Gente bajo la represión de los fuertes, niños hambrientos, abandonados. Incultura, vicios, maldad, desorden, libertinaje, pérdida de valores, desamor … ¿EN QUÉ HEMOS MEJORADO? ¿PUEDE SER EN QUE YA NO ANDAMOS ENCORVADOS?

Josefina Fabra

Malditas colillas

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Tardaron años en reconocer que fumar es adictivo; concretamente en 1999 Philip Morris, la mayor tabacalera del mundo, manifestó que el tabaco, además de crear adicción, es cancerígeno y causa enfermedades. En cambio, nada se dice de los restos del cigarrillo que acaban en el parque, la montaña, mobiliario urbano, a los pies de un árbol o convirtiendo la playa en un inmenso cenicero y contaminando el medio ambiente. Y no hablemos de los individuos descerebrados que arrojan una colilla sin apagar en la montaña o desde el automóvil y a veces provocan un incendio. Y en el ámbito doméstico, el descuido de fumar en la cama y no apagar el cigarro ha provocado incendios y la muerte de personas.

A partir de la ley antitabaco se prohibió fumar en sitios cerrados y surgieron las terrazas, multiplicándose las alfombras de colillas. Fijaos cuando entréis en la UJI: mirad al suelo y veréis una gran cantidad de colillas esparcidas por todo el campus, sobre todo donde se reúne la gente. Lo mismo ocurre en cualquier otra universidad española. Por desgracia es un mal hábito aceptado socialmente y muy extendido en todo el mundo, con alguna excepción como Japón, Suiza, Singapur… En España es algo natural ver por todas partes colillas, sin que nos cause vergüenza.

En las ordenanzas municipales, está multado lanzar colillas al suelo, igual que tirar basura a la calle. Veamos las penalizaciones en diversas ciudades: en Barcelona, por ejemplo, son 90 €. En Alicante hasta 260 €. París se molestó en calcular cuántas colillas se recogían al año, 350 toneladas de algo que es “biodesagradable”, estableciendo 68 € de multa. En Londres son 80 libras, 93 €, si un agente te ve tirarla al suelo. Y si te pillan en Lisboa, puede salirte muy caro, hasta 1.500 euros de multa, 15.000 euros en el caso de “colectivos”.

El ayuntamiento de Elche (230.600 habitantes) junto con URBASER, compañía medioambiental, han presentado en este mes de abril la campaña de concienciación ciudadana “No tires las colillas al suelo”. El objetivo de esta campaña es hacer ver que diariamente se recogen unas 35.000 colillas, lo que equivale mensualmente a más de un millón. Estos residuos los han depositado en una urna que colocarán en diferentes lugares de la ciudad, como hospitales, centros sociales, playas o ayuntamiento. Bleda, el alcalde, ha manifestado que el mayor incentivo para concienciar a las personas es que vean la cantidad de colillas que se tiran a la calle cada día. Una iniciativa así podría hacerse en esta universidad.

Miquel Garau es un joven creador del movimiento ‘No más colillas en el suelo’. Este mallorquín que ahora vive en Pozlan, Polonia, se dedica a realizar campañas de recogida de colillas. Crear conciencia es su objetivo.

 ¿Qué son las colillas?

Según un informe de “Ocean Conservancy”, las colillas son ya el 13% de los residuos del mundo. Y, además, suponen un mayor riesgo para nuestra salud que nos afecta a todos por varias razones.

Los filtros de los cigarrillos se fabrican con sustancias tóxicas, como hidrocarburos policíclicos, arsénico y otros metales peligrosos. Y por si fuese poco, no son biodegradables (por lo tanto, pueden durar hasta 12 años) y, como son muy ligeras, son capaces de contaminar varios ecosistemas al ser arrastradas por el agua o el viento.

Nos encontramos ante uno de los residuos que más contaminan el medio ambiente. No debemos olvidar que la función de estos filtros es acumular componentes nocivos del tabaco, y estas sustancias se transfieren al suelo, al agua, o donde quiera que las desechemos.

Al año se pueden llegar a tirar en el mundo 4,5 billones de colillas, de las cuales una gran parte acaba en los océanos. Una colilla puede contaminar entre 8 y 10 litros de agua.

Para desecharlas debemos hacerlo en el contenedor gris. En zonas de playa o de campo, los fumadores tienen que tirar las colillas y la ceniza en ceniceros de bolsillo, que siempre deben llevar consigo. Otra práctica muy común es tirarlas al retrete o la alcantarilla, costumbre  no recomendada ya que los residuos acabarán de la misma forma en el océano.

Hace años que disponemos de equipos de limpieza municipales y los propios de otros organismos y, paradójicamente, ha aumentado la suciedad en las calles, parques, etc. porque hay quien se ha tomado al pie de la letra el mensaje de FOBESA: “Treballem per tu” y con su arrogancia e incivismo lanza cualquier cosa al suelo, porque, para él o ella, los trabajadores de la limpieza están a su servicio y lo recogerán: para eso les pagamos. Y así ha aumentado considerablemente la suciedad por todos lados y especialmente las colillas que están omnipresentes.

Si se consiguió lo que parecía imposible: no fumar en lugares cerrados, aviones, autobuses, hospitales, etc. ¿por qué no va a ser posible que los fumadores tomen conciencia de que las colillas sólo se tiran a la basura?

Nadie te obliga a fumar. La colilla es tuya, pero la tierra es de todos. Así que, si fumas, ocupate de tirar  las colillas a la basura. No lo olvides: es tu obligación.

Imma Vicent

Nacimiento de Paquito

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Cuando nació, su madre pesaba 48 kg y él vino a este mundo con 5,400 Kg, así que la pobre María sufrió mucho. Le tuvo en casa, como la mayoría de las señoras de aquel entonces: imaginad el alboroto que se organizó en el piso, pues fue el primer varón en la familia después de dos chicas, Marisol y Paqui, sus primas.

Buscaron a una matrona, que una tía conocía, porque alguien se la había recomendado. Al cabo de unos días vino a conocer a la parturienta. Tomó las constantes a María.

  • ¡Uhm!! Este parto va para largo. Así que tranquilos. ¡Sí lo sabré yo, con la experiencia que tengo! Si pasa algo me llamáis, o venís a buscarme. Ya sabéis donde vivo.

Y se fue para su casa.

Vino el día señalado y fueron en su búsqueda. Toda la familia femenina estaba alrededor de la cama, como si de una fiesta se tratara. Las tías, cada una relatando sus aventuras; las abuelas, compartiendo anécdotas (que una que conoce de dos calles más allá se le murió en el parto, otra que se desangraba…). Y los hombres, que no aguantan ver la sangre ni escuchar esos temas, estaban más nerviosos que unos monos en una jaula, dando paseos en un pequeño comedor, fumando y tomando cafés, llenando toda la sala de humo (no era incienso, sino tabaco de liar). Se podía mascar de espeso que era el ambiente.

La luz tenue era la que da una lámpara de brazos de cristal acabado con una tulipa y las lágrimas colgando de cada uno de los brazos: una bombilla de poca intensidad, pues hay que economizar. Los círculos del humo producidos por los fumadores parecen jugar a intentar entrar en los brazos de la lámpara. Todo esto lo estoy imagino, claro está: como sabéis, la imaginación es gratis.

¡Qué felicidad! Toda la familia, pendiente de María. Ella, por una vez, era la protagonista de la película, nerviosa como es, y al mismo tiempo incomoda por ser el centro de atención. ¡María!

Al cabo de unas horas de puros nervios, suena el timbre de la puerta y regresa la comadrona. Al entrar en el comedor, lo primero que recomienda es que se abra la ventana, ya que hay exceso de humo. Inmediatamente se vuelve a respirar aire fresco de la madrugada. Ella entra en el dormitorio y distribuye el instrumental que llevaba en su maletín redondo de cuero, con su asa y sus pestillos de latón. Va sacando sus instrumentos y los deja encima de la mesita de mármol habilitada para su uso. Da órdenes:

  • Rápido: preparen barreños con agua caliente, toallas y paños limpios. Venga, que esto no espera. Está ya a punto de caramelo”

Y comienza la exploración: introduce su mano y palpa por los costados. Rompe la bolsa de agua, el saco que envuelve al bebé y el cordón umbilical, tras comenzar las contracciones. La mujer introduce un instrumento y empieza el tira y afloja,

  • “Xiquet afora, xiquet cap a dins, Xiquet afora, xiquet cap a dins”,

Parecía que mi María no quería soltar la criatura, o hacia ventosa.  Total, una pelea de fuerza con la comadrona. ¿Os imagináis a la comadrona sentada en la tripa tirando a dos manos? Al final se impuso la experta. Y el pobre crío, más mareado que un pez… (He asociado una imagen de la comadrona con la de una señora bajita, regordeta, con manos pequeñas, dedos regordetes repletos de anillos y piernas amorcilladas. Está encima de la cama, con los zapatos de medio tacón, resoplando y con un ojo puesto en la madre y el otro por donde tenía que salir el chaval).

Por fin decidió salir. La experta comadrona solo resoplaba y decía:

  • ”A mi este no se me escapa, Faltaría más, con la experiencia que tengo.”

Tirando con todas sus fuerzas a dos manos, por fin expulsó al pequeño inocente. Limpió la tripa, la sangre, y le limpió la cara. Vino a este mundo sobre las 5 de la madrugada, con la ayuda de unos instrumentos llamados “fórceps y ventosas”. Así que lo primero que oyeron sus delicados oídos fue:

-“Ese pepino yo no lo quiero: volvedle la cabeza normal.

Esa expresión fue lo primero que oyó de su padre. La cabeza se había deformado y la tenía como un zepelín. Colocó una venda en la cabeza y poco a poco se fue arreglando, volviendo a un tamaño normal y no paso a mayores. Lo entregó a su padre, como si de un balón de rugbi fuera.

¡Qué orgulloso estaba el papá! Fue pasando de mano a mano y al final, el encuentro con su madre, el calor suyo, su voz entre cortada por el esfuerzo, pero como si ese timbre de voz le tuviese grabado en el cerebro. Le producía tranquilidad, paz, confianza. Le acercó su pecho y, como si fuesen dos imanes que se atraen, se conectó de inmediato a esa fuente de vida. Gracias, Dios, por esa madre.

 

Paco

Poema

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Un poema me pidió

hacer el profesor Palmer;

y mi paso por Bachiller

tal petición me recordó.

 

Al castaño del colegio

un soneto hay que hacer

si aprobado queréis tener:

Sor Ofelia sentenció.

 

En que aprieto me veo

en mi afán por aprender.

Espero no sea un suspeso

como en el Bachiller.

AMMS

Capítulo IV – Libro de familia

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Contaba Emilio con diecinueve años cuando acabó la carrera de magisterio. Orgullo de su padre, veía en él a su sucesor. Fueron meses de proyectos. Miguel le dijo que quería ser medico. Sus padres estaban orgullosos y contentos ya que, al igual que su padre había sabido inculcarles la importancia del estudio, ellos no habían sido menos y también lo habían hecho.

—¡Emilio!—Dijo su padre.—En Albaida el curso que viene se jubila el maestro. ¡Podrías presentarte!

—Sí, pero no tan deprisa. A ver si hay algún sitio más cercano—contestó Emilio.

De pronto llegó un telegrama

—¡Sera para mí!.—exclamó Emilio.—Seguramente será de Vicente María.

Lo cogió Emilio, empezando a vislumbrarse unas lágrimas, humedeciéndole los ojos.

—¿Qué pasa, Emilio?

No dijo palabra: le dio el telegrama a su padre, a la vez que no podía contener las lágrimas.

—Mi hermano Modesto ha muerto. 

—¡Virginia¡—Dijo Rosendo, con voz entrecortada—Arréglate, que nos vamos a Valencia.

Virginia, que estaba limpiando las habitaciones y no se había percatado del momento, salió preguntando a qué se debía tanta prisa. Al verlos de dio cuenta de que no habían recibido buenas noticias.

Viendo lo afectado que estaba el marido, le hizo una taza de tila, y se arreglaron para desplazarse a Valencia. Emilio y Miguel también se ofrecieron para ir, y su padre les conminó a darse prisa, para intentar coger el siguiente tranvía.

Dos días estuvieron en Valencia, hasta que le dieron cristiana sepultura. Una multitud de gente acudió al entierro, dándose cuenta en ese momento de lo importante que había sido su tío. Acudieron pintores, artistas y escultores. Modesto había sido un escultor visionario, que había tenido mucha fama, y sus esculturas se habían vendido incluso en el extranjero.

—Padre, permita que me quede, bien en casa del tío Damián o de Vicente María.

—¿Para qué?—preguntó su madre.

—Mire madre: aún faltan varios meses para que se jubile el maestro de Albaida; en casa no hago nada. Sin embargo aquí puedo ayudar al tío Damián en su taller, ya que con la perdida del tío Modesto, seguramente tendrán muchos trabajos pendientes. De todas maneras en dos meses se casará mi hermano Vicente María, tendréis que venir a la boda, y si no estoy bien me volvería con ustedes.

—Que esto no te aparte de tu meta; por otra parte, es loable lo que quieres hacer.

—Descuide, padre.

Emilio se fue a vivir con su hermano Vicente María pues, hasta que se casara, vivía solo e iba todos los días al taller. Allí conoció un mundo nuevo de herramientas, cinceles, formones, gubias, vaciadores, mazos de madera etc. Le enseñaron lo más sencillo: lijar,ahuecar, cepillar, y poco a poco se fue metiendo en ese mundo que sus tíos habían creado. Compartía los ratos libres estudiando y visitando el lugar de trabajo de su hermano.

Sorprendido se quedó al ver el inmenso edificio gris, con un enorme jardín, rodeado por una valla de hierro que hacía imposible introducirse en él, sin antes haber pasado por delante de los dos soldados que estaban de guardia. Al entrar al edificio lo que más le sorprendió fueron los alargados pasillos que allí se encontraban.

—¿Quién son los personajes de estos cuadros?—preguntó.

—Son todos generales, militares, y algún político; aquí solo veras esta clase de cuadros, no son como los del taller ¡eh!—bromeó Vicente.

—¡Mira! Aquel señor que viene es el padre de mí novia: ahora te lo presento. Buenos días, don Hilario, le presento a mí hermano Emilio, que estará unos días conmigo.

Emilio lo miró, levantando la cabeza y le dio la mano. Medía casi dos metros, uniformado de los píes a la cabeza, con cara de pocos amigos y un refinado bigote en el cual se le vislumbraban unas pequeñas canas. Vio que era teniente de la Guardia Civil.

Tras saludarse, Vicente María le indicó que estaba ayudando a su tío en el taller.

—Venid esta noche a cenar y que conozca a tu futura esposa. Ya falta poco para la boda. Por cierto, siento lo de tu tío: ha sido una gran pérdida.

Mientras Emilio seguía callado, Vicente le dijo.

—¿Pero lo sabrá su mujer? A ver si molestamos…

—Ellas están para lo que nosotros digamos. Os espero esta noche sobre las nueve.

Se despidieron con un fuerte apretón de manos que a Emilio le cortó por momentos el flujo sanguíneo. Fueron hasta el despacho donde trabajaba su hermano.

—Menudo suegro te ha tocado. La hija no será igual: si no, vas a tener que tener más paciencia que el santo Job.

—La hija es un sol: ya la conocerás esta noche. Y en cuanto a él, no hagas caso: perro ladrador poco mordedor. Aquí es una cosa y un su casa es otra.

Una vez le mostró el lugar donde desempeñaba su tarea, le acompañó a la salida y se fue hacia el taller.

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Después de un fatigoso día, Emilio le explicó a su tío que había quedado con su hermano para ir a cenar a casa de su futuro suegro, y así conocer a la que tendría que ser su cuñada, por lo que le pidió salir un poco antes. Emilio fue a esperar a su hermano al finalizar su jornada y juntos se fueron a adecentarse y quitarse toda la viruta y polvo que llevaban encima.

Aunque vio a su hermano tranquilo, cierta inquietud recorría todo su cuerpo. ¿Cómo sería su futura cuñada? ¿Seria tan guapa como decía su hermano? ¿Será verdad que el teniente no sería tan recto? 

—¿Cómo se llama tu novia?

—Filomena,—concluyó Vicente María.

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Llegaron al cuartel de la Guardia Civil. En su interior se encontraba la vivienda de su novia. Antes de poder llamar a la puerta, ésta se abrió: era el teniente quien les dio la bienvenida. Ya no llevaba el uniforme. Rápidamente vio a una joven a la que le presentaron.

—Emilio, esta señorita es Filomena, mi prometida. Filomena, éste es mi hermano Emilio: es maestro, pero ahora está ayudando a mi tío.

Se quedó boquiabierto. Era verdad: su hermano tenia razón. Era guapísima, con una melena que le llegaba hasta la cintura. Se le acercó, dándole un beso a la mejilla.

—Me alegro de conocerte, Emilio; tu hermano ya me había hablado de ti.

—Lo mismo digo: el placer es mio—respondió, a la vez que se preguntaba cómo había salido esa belleza de ese hombre tan rudo.

Las dudas se le fueron cuando apareció su mujer. Aunque mayor, aun tenia unas facciones en el rostro de una belleza sorprendente.

—Yo soy Vicenta,—dijo a la vez que le ofreció la mejilla—la responsable de que la cena salga buena.

—Seguro que saldrá buena—dijo Hilario—Y ahora, a cenar.

Hilario tenía razón: la cena estaba exquisita. Su hermano y el teniente hablaban del Ejército y de la Guardia Civil. Era una conversación que no le disgustaba del todo, ya que creía que esa vida le podía gustar.

—¿Has pensado en meterte en el ejército, Emilio?— preguntó Hilario.—Tienes buena planta. Encima eres maestro. Pronto te tocará hacer el servicio militar: allí podrás ascender pronto. Tu hermano y yo te echaríamos una mano: para algo sirven las influencias.

—Hablad de otra cosa, padre—dijo Filomena—Falta poco para la boda.

—¿Cuando os casáis?—preguntó Emilio.

—El 18 de abril—respondió Vicenta.—Aunque falta poco, a esta pareja se le hará eterno: ya tienen ganas de volar.

Acabada la cena, Emilio vio que eran un matrimonio normal, como le dijo su hermano. El teniente en su casa no era el mismo, y su esposa y la hija eran dos personas encantadoras. Haría buenas migas con su cuñada, pensó. Una vez realizadas las pertinentes despedidas, los dos se fueron a descansar, ya que al día siguiente tenían que trabajar. Pensaba que pronto vería a sus padres ya que vendrían a la boda. Hacía solamente un mes que se habían separado y ya los echaba de menos.

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Su estancia en Valencia le sirvió para adquirir más cultura. Leía todo lo que le caía en sus manos. A veces compraba periódicos que solían salir una vez, ya que los incautaban, sobre todo los que tenían una tendencia republicana. Vio que un movimiento sindicalista estaba tomando fuerza después de siete meses de su creación: era la Unión General de Trabajadores, nombre elegido a propuesta de Pablo Iglesias Posse y siendo su presidente un compañero de este llamado Antonio García Quejido.

Se interesaba también por las noticias del exterior. Seguía con pasión una obra gigantesca que hacía varios años habían empezado a construir en París, y la querían inaugurar este mes, ya que para el 31 de marzo celebraban la exposición universal para conmemorar el cien aniversario de la Revolución Francesa: pensó como se debería sentir su creador, Eiffel, cuando al año siguiente destruyeran su obra, siendo el monumento más alto del mundo. Veía también como avanzaba el progreso: cada vez era más frecuente leer en los periódicos como crecían los trenes a vapor. Por aquel entonces inauguraban uno que iba de Castellón a Onda. Se interesaba también por las colonias españolas, sobre todo por Cuba, que tanto prestigio le daba a España en lo económico, ya que la Habana tenia mucho movimiento comercial: por eso España la defendió con tanto interés, en la guerra de los diez años, y después en la llamada guerra chica que hacía escasamente nueve años que había concluido. Su hermano conocía a varios militares que participaron en ella. ¿Cómo sería la vida en esos lugares?¿Por qué varios presidentes de los Estados Unidos la quisieron comprar? ¿Tan valiosa era? También le llamaba la atención un artilugio que estaban probando con cuatro ruedas y con un motor de gasolina en Barcelona: había algo parecido que iba a vapor, pero no lo vieron como algo revolucionario. De hecho, la gente no mostraba interés.

La noche pasó como un suspiro. Pronto se tuvo que levantar para ir al taller: empezaba a ilusionarse con la boda de su hermano. Pero, su tío y sus padres ¿cómo estarían para la boda, si apenas hacía dos meses que falleció Modesto?

Después de la jornada laboral, se fue a ver a su hermano al trabajo. Había estado pensando todo el día que le gustaría hablar con algún militar que hubiera participado en la guerra de Cuba. Más que por lo militar, la curiosidad era por saber cómo era la vida en esa lejana isla así que cuando vio a Vicente se lo comentó, negándose éste a complacerle.

—¡Eso ni se te ocurra! No es de buen gusto hacerles recordar lo que allí pasaron. Ten en cuenta que muchos perdieron allí algunos de sus amigos y familiares, otros vinieron heridos: al final, de una guerra lejos de aquí no se saca nada bueno. Ahora mismo que estamos en paz siempre hay escaramuzas y, tarde o temprano, se levantarán hasta que lo consigan. Ten en cuenta que ahora nuestro rey solo tiene tres años y no gobierna, así que es un momento delicado, y basta ya: como militar no debía hablarte así, pero es lo que siento.

—Lo siento, solo era curiosidad; no lo volveré a mencionar. Tendrás ganas de que llegue la boda. Yo sí que la tengo: así veré a los padres y hermanos, porque vendrán todos, ¿verdad?

—Espero que sí—respondió,—y sí, sí que tengo ganas de formar un hogar. La vida de soltero no es lo mio.

Los días pasaban rápidos ya que, después del taller, ayudaba a su hermano a acondicionar una vieja casa que habían comprado para formar su hogar: ese día le traían una moderna cocina de petroleo. Le picaba la curiosidad, ya que sus padres cocinaban con serrín. Le ayudaba a pintar con cal la casa hasta que por fin llegó el día.

Emilio se acercó a la estación a esperar a sus familiares, y se llevó una agradable sorpresa ya que vio a su hermano Enrique, el cual hacía varios días que había acabado el servicio militar. Contaba con veinticuatro años y venía de África. También vio a su hermana y sobrinas y a su hermano Miguel y, cómo no, a sus padres. Llegaron el día antes de la boda para ayudar a preparar lo que faltara, quedándose a dormir en casa de Damián y en la de Vicente.

Se levantó al día siguiente con una alegría contenida, ya que el recuerdo de Modesto aun sobrevolaba sus pensamientos. Pero, como dijo Enrique, la vida sigue y hoy era un día especial para su hermano mayor. Acercándose la hora de la ceremonia se fueron hacia la catedral, y vio allí la cantidad de militares vestidos con el traje de paseo, colgando de sus pechos las medallas que cada uno poseía. Aunque su mirada pronto se fijó en su hermano y en la que pronto sería su cuñada. Estaba radiante, destacaba entre tanto traje militar. Su hermano también destacaba con su traje de gala y con unas hombreras hechas a medida para la ocasión. Después de una larga ceremonia y de una modesta comida, se fueron despidiendo del recién estrenado matrimonio, hasta que solo quedaron los familiares mas cercanos.

—¿Que harás ahora, Emilio?—preguntó su madre.

—Voy a seguir aquí en Valencia, que el curso no acaba hasta junio. Me estoy preparando para cuando salga la plaza en Albaida.

—¿No le molestará a tu hermano que sigas viviendo con él?

—Está todo hablado, madre. Me voy con el tío Damián y la tía María, que el casado casa quiere, y aunque el tío este casado no es lo mismo.

—Hemos hablado poco, hermano—dirigiéndose a Enrique.—Ya me contarás cómo te ha ido el servicio militar, que a mí pronto me llamarán.

Sin más conversaciones los acompañó a la estación, no sin antes fijarse cómo habían envejecido sus padres en tan solo dos meses. Pensó que les había afectado mucho el fallecimiento de Modesto. Los abrazó, con más cariño que nunca, y sin apartar la mirada vio como se alejaban.

José Mª Pastor

 

La UJI – Mayores

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Cuando a la UJI – Mayores
llegas por primera vez
empiezas con timidez
y acabas de mil amores.
Unos cuantos profesores
con años de trayectoria.
Asistencia obligatoria:
no te puedes escapar,
porque tienes que firmar
y al final ¡qué gran victoria!
                                            Luisa Almendros

Poesía de la infancia

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Las golondrinas de Becquer,
sus nidos en el balcón,
y los campos de Machado
que iban en su corazón.
Los diez cañones por banda,
el soneto de Violante
y las coplas de Manrique
a la muerte de su padre.
Tantos y tantos poemas
guardamos en la memoria;
son recuerdos de la infancia
y han formado nuestra historia.
                                    Luisa Almendros

La coraza

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La coraza es parte de una armadura, hecha para protegerse de ataques. Puede estar fabricada de productos diversos, desde hierro, cuero fortalecido, mimbre, etc. ¿De qué está hecha tu coraza?

La presente historia, si bien es real, intenta proyectar el toque inocentón de un niño. Pero no es un niño normal:  tampoco uno cualquiera. Es más bien ese niño que se ve privado de repente, y sin saber el porqué, de su coraza, su fortaleza. No es un búnker, sino una fortaleza, un castillo fuerte, como cita el famoso himno 400 de Martin Lutero: “Castillo fuerte es nuestro Dios. Defensa y buen escudo; con su poder nos librará…”.

Torre infranqueable son esos brazos que te sujetan a pesar de los vientos huracanados y de las lluvias torrenciales, esos brazos seguros que te arropan, que te dan calor cuando te estremeces de frío, esos brazos en los que te echas a dormir en los momentos que ya estás rendido de cansancio, con la seguridad de saber que no te dejarán caer. Que te acarician al mismo tiempo que te cubren la cara con sus manos, y con la yema de sus dedos te transmiten todo su amor. ¡Cuánta ternura conlleva esos instantes!

En el transcurso de ese viaje encontré fantasmas que me perturbaron, gritos nocturnos que me despertaron y sombras gigantescas que piensas que te van a devorar. Buscas refugio dentro de las sabanas, dejando solo un ojo para ver por dónde te vienen. Se producen sonidos jamás oídos que te sobrecogen en medio del feliz sueño. Tienes repentinas humedades nocturnas producidas por el miedo, pero que tienes que silenciar para no ser la risa, al despertar al día siguiente.

Y lo más triste es que aquellos brazos que te transmitían seguridad no iban a poder cobijarte, ni callar el llanto, ni dar solución de inmediato a las miles de preguntas que te invadirán por estar en un entorno totalmente desconocido y frío de amor.

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Pero esta historia, si bien real como he dicho en el principio, tampoco pretende causar lástima. Es tan solo una historia más, como tantas otras habrán; pero ésta no pretende describir al ser más infeliz de los niños. Nada más lejos de la realidad.

También quiero hacer hincapié sobre el hecho de que no debéis hacer un seguimiento cronológico de los pasajes relatados: ya sabéis que nuestra mente no nos recuerda todo seguido, sino más bien va soltando pinceladas de aquellas escenas que más impactaron en su momento. Así que, dicho esto, iréis leyendo pasajes que luego os remitiré a otros de años más tarde o anteriores, pero que están todos entremezclados, pero vividos.

Quiero rendir un homenaje a esas mujeres que se ven en una situación desesperada. A esas mujeres trabajadoras, que no tienen ayuda social o, si la tienen, les llega tarde. A mi madre le prometieron muchas cosas… Pero se quedaron muchas en el olvido.

Un homenaje a tantas familias que luchan para dar una mejora de vida a sus hijos/as, pero no pueden por diferentes causas; otras que se ven engañadas por mafias que se olvidan del valor de la palabra y engañan en pos de un lucro sucio. Tabién a esas personas que, aún en riesgo de perder sus vidas, son audaces y se lanzan a cruzar mares, poniendo en peligro sus vidas.

 

ESCENARIO

Para poder entender mejor esta historia, y situarnos en materia, diré que estamos en el Castellón del año 1949, con poco más de 60 mil habitantes: una ciudad bien tranquila y amante de su historia y costumbres. De profesiones un tanto diversas, pero abunda en gran cantidad la agrícola, con naranjos que nos perfuman de su aroma de azahar.

También está su puerto marítimo con sus embarcaciones de arrastre que nutren a la población y parte de la provincia de sus tesoros más exquisitos.

En esa ciudad tan idílica y pintoresca, y fruto del amor de una pareja, al cabo de un corto tiempo nace “Paquito”. Todos contentos: el primer varón en la familia. ¡Qué contentos! ¡Qué felices!

 

NACIMIENTO

Es el mayor de tres hermanos, espaciados de tres en tres años. Nació en un Castellón de postguerra, como ya se ha mencionado antes, donde el hambre era un bien común en la mayoría de los hogares, en especial en aquellos donde se era del bando de perdedores.

El estraperlo era, por así decirlo, el juego de moda en la sociedad: casi todos lo practicaban, unos más que otros, y casi siempre solían ganar los que más tenían. Aunque se conocía bien el tema, nadie osaba denunciar por miedo a no se qué. Solo sé que los pobres se hacían más pobres y los ricos un poco más ricos. El glorioso movimiento jugaba un gran papel dentro de la sociedad bajo el “palio” de la Iglesia, que usaba el púlpito para atemorizar de demonios rojos y del infierno al que irían todos los que no confesaban lo que se les preguntaba.

 

LA FAMILIA

La madre: nació en Barcelona. María, que así se llamaba, era la mayor de 6 hermanos (5 niñas y un varón). Toda la familia se trasladó desde Barcelona hasta Castellón. Los abuelos maternos eran Antonio y Felicia. Antonio fue militar con Alfonso XIII.

La abuela materna: Felicia, natural de Cartagena, emigró a Barcelona debido a que su padre era un famoso capitán, con su barba y cabello pelirrojo. Surcaba los mares más diversos y tras una de sus travesías hacia Cuba, nada más se supo de él. Así que Felicia tuvo que buscarse trabajo para sostener a su madre.

Buscó trabajo en un taller de costura y bordado: aprendió a bordar y a planchar. En el pequeño taller de un barrio de Barcelona planchaba cuellos de camisa y los almidonaba. Así conoció al apuesto militar de bigotes engomados. Un buen día, ella le bordó unas iniciales en un pañuelo, y poco a poco fueron entablando amistad.

El abuelo materno: Antonio, natural de Murcia, era un apuesto militar, de cuellos almidonados y bigotes engomados. Residía en Barcelona y era viudo. Conoció Castellón al servir en el cuartel de San Francisco, actualmente Plaza del Botánico Calduch. Le pareció un lugar atractivo para vivir, cerca del mar, con el olor embriagante del azahar y gente hospitalaria. Casualidades de la vida, años más tarde se vendría a vivir aquí él y su familia. Tras las contiendas de la guerra del Rif del año 1922 intentó promocionar en su carrera militar, pero los chanchullos ya existían, así que tras ser herido en una mano, lo licenciaron, dándole una plaza de bedel en la Beneficencia de Castellón.

La abuela paterna: Era la pieza clave en la familia (la Mamá, la Matriarca). Nada pasaba sin que ella lo supiese o diera su aprobación. Pequeñita, siempre repeinada, con sus bucles bien marcados y sus andares de “corre que te pillo”, siempre andaba con mucha prisa. Eso sí, intentando controlar todo, (quien entra y quien sale) y los porqués… Tenía un pequeño taller de corte y confección donde enseñaba a cortar y coser a jóvenes de la calle. Su hija trabajaba con ella, convirtiéndose en chica para todo. Resulta gracioso las tablas que usaban para coser, de un metro por sesenta, pero lo curioso era que por delante tenía un semicírculo para adaptarse al vientre de la costurera.

Tuvieron cuatro hijos: Ramón, Paquita (quien falleció a los 18 años por una bronquitis), Rosita, y Paco.

El abuelo paterno: Originario de la Vall-D’Uixó, alto, el pelo ya un tanto canoso, pero según cuentan debió ser de color pelirrojo. Nariz opulenta, con bastantes vasos sanguíneos (fruto del vino) sufría de una lesión en una cadera y pierna a causa de un atropello de un camión: ese accidente le impidió seguir en su puesto de trabajo, dejándole ya sin apenas recursos. Con el poco dinero que le dieron por el accidente, y con la ayuda de su yerno, que era el militar, montó un kiosco de tabacos, novelas de cambio (de Marcial Lafuente Estefanía), periódicos (El Caso), piedras de mechero y bencina y frutos secos (tramusos, chufes y cacaus). La ayuda le vino bien, pues solo daban licencias para poner kiosco o estancos a viudas de militares o conocidos.

El mayor de los tíos paternos: Ramón, muy apañado él, siempre elegante, repeinado al estilo Humphrey Bogart”, el clásico hombre que está acostumbrado a estar entre bares, tiene ese don tan peculiar de escuchar todo cuanto pasa en su entorno; conoce a mucha gente y a él se le conoce también. Se alistó en la Legión Extranjera, y cuando finalizó su contrato, regresó a su Castellón, pero no tenía más oficio que el de limpiabotas. Aprendió la profesión de zapatero remendón y una punta de clavo se la incrustó en el ojo, dejándole tuerto y sin visión, sin más ingresos que los sacaba de limpiar, pues no habían ayudas sociales.

La tía Rosita: Muy agraciada, siempre con vestidos hechos por su mamá, fue la modistilla de la casa como su madre, pues atendía tanto la casa, como hacía la comida y, al mismo tiempo, aprendía a cortar y coser. Y preparándose el ajuar por si llegaba el príncipe azul. Éste no llegó, pero sí se casó con un apuesto Guardia Civil, pues era bajito de estatura pero todo una figura de carácter y genio. No hacía más de un metro sesenta, regordete, con bigotillo a la vieja guardia, de un pueblo de Salamanca, (Vitigudino), el pueblo del famoso torero El Viti. Eso sí, cuando se vestía de militar con sus botas de montar, la gorra de plato, su sable y el bigotillo que me gastaba, era todo un cromo, algo así como Chaplin en “El Gran Dictador”.

El padre: Siendo el más pequeño tuvo que buscarse la manera de sobrevivir en un ambiente de mucho trabajo y de poca atención sobre su educación, pues se debía trabajar muchas horas para poder atender los compromisos de entrega de los vestidos, ya que ello les proporcionaba un buen sustento familiar. Nadie se preocupaba si iba o no a la escuela: los novillos eran habituales en él, aunque siempre sacaba buenas notas, sobre todo en dibujo.

Fue aprendiz de pastelería, (La Pilarica); era tan pequeño que le tuvieron que poner unas cajas de madera para que llegará al obrador. En aquellos tiempos los aprendices entraban bien de madrugada para encender hornos, limpiar todo y estar atentos a las exigencias de los mayores: así estuvo unos años. Aprendió rápidamente los trucos y artimañas que le fueron enseñando los mayores.(cómo comerse los flanes sin quitar la corteza que se formaba: le practicaban un pequeño agujero y por ahí succionaban el contenido).

Consiguió una beca y pudo cursar dos años en Bellas Artes, pero después tuvo que dejarla por falta de recursos económicos y tener que trabajar más horas. Uno de los profesores que le dio clases, fue D. Ramón Catalá.

No tardó en enrolarse en las filas de los mejores pintores de aquel tiempo, pintores artesanos, (Vidal Serrulla, Montoliu, etc.) donde el arte de la imitación era un privilegio de unos pocos. Debían saber imitar tanto el mármol como la madera, pasando por los diferentes materiales así como conocer los pigmentos de las tierras, la “cola de pescado”. Todo eso lo aprendió y lo puso en práctica, siendo en poco tiempo un alumno aventajado, y pasando más tarde a la escayola ya que se tenia que tener nociones de moldeado. Pero en casa no se percataban mucho de su don: él solo estaba contento en poder entregar su sueldo a su madre.

Transcurridos unos años, hubo una apuesta. Ya que él era un buen bailarín, según contaban, los amigos leconminbaron a sacar a bailar a María, la chica que vivía en la Beneficencia con las monjas, el domingo siguiente en la Pérgola. La apuesta era una horchata. Bebió del suculento brebaje todos los domingos siguientes, pues sacó a bailar a María.

Así que, al cabo de un corto tiempo de novios, él finalizó la mili en Paterna. Al ser pintor, los oficiales le nombraron cabo de pintores y se pasó prácticamente todo el servicio militar sin hacer prácticamente nada. Al finalizar el servicio militar y encontrar trabajo, decidieron casarse. ¡Qué felices iban a ser! Por fin solos… contigo pan y cebolla. Al año de casados, fruto de su amor, tuvieron su primer vástago.

Paco Esteve

Poesía en do menor

miguel_cervantes.jpg

 

¡Ay! ¡Quién estuviera en trance

para escribir un romance!

Mas dedicaré mi poesía,

a las faltas de ortografía.

 

Toda la escala social

se la humanidad entera,

se rige hoy en día

por la ortografía.

 

Puedes tener tres carreras

y hablar tres idiomas sorrectamente.

Si cometes una falta,

eres ya muy mala gente.

 

Usan el verbo cometer

como si fuera un delito furtivo.

Y te dejan sin palabras.

Señor juez, ya no me acuerdo

de si puse “Diego” o “digo”.

 

Una sociedad permisiva

en la que me quedo absorto

no permite ni una falta

y sí permite el aborto.

 

Que me parece perfecto

pero, hoy en día,

no es tan grave la ortografía.

Si hay libertad de expresión

cada cual da su opinión

con una u otra grafía.

 

Médico quería ser.

Por una falta de ortografía

falló mi nota de corte:

y acabé en la abogacía.

Muchos juicios he ganado

pero a alguno que está muerto

quizá lo hubiera salvado.

 

Iba, un día, en un tranvía

repleto de adolescentes.

Solo duré una parada,

pues descubrí entre la gente

que hablaban correctamente

con faltas de ortografía.

 

Todo junto y sin acento

con arroba y lo que sigue.

La nueva tecnología

se salta la ortografía

y a ella nadie la persigue.

 

Y Cervantes…

¿Qué me dicen de ese caballero andante?

Que escribió sin la Academia.

Tuvo libertad total

y su libro fue “Pandemia”

 

No seamos tan exigentes

y creamos en las gentes.

Si con letras no sabemos,

con miradas, sí podemos.

 

La más famosa elegía

está escrita ya hace tiempo

con faltas de ortografía.

 

¡Más valía estar en trance

Para escribir un romance!

 

Nota.  Cervantes no era caballero andante, pero la rima es la rima.

 

MPGL