Tirar del hilo

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El mes de Noviembre ya se dejaba notar y, a pesar de ser una mañana fría y gris, Elena se levantó de muy buen humor, ya que por fin habían detenido al hombre que, a punta de navaja, robaba y tenía atemorizado al barrio situado en el norte de la ciudad. Y, por si eso no fuera suficiente, su jefe le había dado el día libre para que desconectara.
Decidió ir al pueblecito de la montaña que cada vez con más asiduidad visitaba, donde se comía tan bien y a la vez podía dedicarse a una de sus aficiones favoritas: caminar por sendas entre árboles y montañas. Comió pronto para aprovechar las pocas horas de luz vespertina que el mes de noviembre regalaba. Caminó durante más de tres horas, tiempo suficiente para desprenderse de humos, prisas y stress que la ciudad le producían. Regresó al mismo bar para tomarse una cerveza y un bocadillo, y así evitarse hacer cena en casa. Estaba  pensando que algún día heredaría la casa de sus padres, situada en un pueblo cercano y soñaba con llevar una vida tranquila en el pueblo, paseando, leyendo, etc, cuando notó la vibración del móvil cuyo volumen había quitado para que una posible llamada o los fastidiosos whatsapps, no molestasen a los animales que vivían en la montaña. Era su jefe.
¿Que pasará?, ¿No me había dado el día libre?, ¿No podrá esperar a mañana?
-Dime, jefe.
-No saques tu mal genio. Si no fuera urgente no te habría llamado.
-Desembucha rápido, que estoy tomándome el café y todavía me queda una hora de coche hasta llegar a casa.
-¿Donde estás?
-En la montaña, desconectando del mundo urbano.
-Pues me viene a huevos, ya que tienes que ir al pueblo de tus padres, que si no me equivoco te viene de paso.
-¿Qué ha pasado?
-Ha habido una explosión, con muerto incluido, y creo que ha sido en casa de tus padres, pero no te preocupes, que ellos están bien.
-Salgo enseguida y te informo. Ciao.
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En todo el pueblo, no se hablaba de otra cosa, que no fueran los atracos y robos, que se habían producido en varias viviendas de los pueblos de la comarca, y que ya duraban casi dos meses, sin que la policía hubiera detenido al autor.
Pues aunque entren en mi casa, no van a encontrar el dinero, porque lo tengo muy bien escondido, comentaba el padre de Elena, mientras jugaba con otros amigos su vespertina partida de cartas, en el bar del pueblo.
Un forastero de mediana edad, oculto tras un periódico, al que no prestaba atención, tras escuchar la conversación, pensó “pues tu serás la siguiente víctima”. Cuando se dirigía hacia su casa para recoger a su mujer e ir a bailar, como hacían casi todas las tardes, no se dio cuenta de que lo seguían. El hombre de la máscara -como era conocido, ya que en uno de sus atracos, encontró una persona dentro de la casa, que consiguió escapar y que afirmaba que el atracador llevaba una especie de máscara, para ocultar su rostro-, esperó a que los padres de Elena salieran de la casa y echar un vistazo para buscar la mejor opción para poder entrar. A continuación estuvo paseando por las afueras del pueblo, hasta que empezó a caer la noche. Estaba oscureciendo cuando se situó delante de la puerta principal que era por donde había decidido entrar. Se colocó la careta y, tras un breve forcejeo, consiguió abrir la puerta. Nada más asomar la cabeza notó una mezcla de olores bastante desagradable “ huele a basura, pescado y gas todo mezclado “ pensó. Este fue su último pensamiento ya que al encender la linterna salió despedido debido a una explosión, y fue a golpear su cabeza contra unos escalones, muriendo en el acto. Algunos vecinos, alertados por la explosión y el fuego, avisaron a la policía y a los bomberos. La policía tardó algo mas, pero los bomberos se personaron inmediatamente, ya que se encontraban muy próximos al pueblo, pues venían de hacer unos ejercicios en la montaña, y pudieron sofocar el incendio rápidamente. Los bomberos informaron a la policía cuando llegó de que se había producido una explosión porque el gas de la cocina estaba abierto y el encendido de la linterna hizo el resto.
El infeliz era un experto en forzar y abrir puertas, pero todavía no se había enterado—ni se enteraría ya—de que un interruptor de luz o un encendido de una linterna es suficiente para provocar una explosión en un recinto cerrado en el que se haya acumulado gas, bien sea por una fuga o por un descuido.
Elena se personó en la casa que conocía bastante bien, no sin antes abrazar a sus padres, comprobando que se encontraban fuera de peligro, ya que como era habitual estaban enfrascados en una de sus discusiones:
-No es la primera vez que te dejas abierto el gas
-Yo no he sido, siempre lo cierro cuando acabo de guisar
-Ultimamente casi nunca…
Aquella discusión a Elena le supo a gloria, pues era una muestra de que sus padres “estaban en forma”. Lo preocupante era que el Alzehimer había entrado en el cerebro de su madre y avanzaba a demasiada velocidad.
Una vez levantado el cadáver, recogida la máscara que afortunadamente estaba intacta así como sus objetos personales y realizadas las fotos al cadáver, Elena regresó a la ciudad, no sin antes buscar acomodo a sus padres en casa de unos vecinos, pues su casa había quedado bastante dañada. Al día siguiente fue interrogado el testigo que reconoció de inmediato la máscara, dándose el caso por cerrado.
Elena seguía pensando en el caso y dejándose llevar por su intuición, la cual había ayudado a resolver unos casos y a desatascar otros, y por la que era muy apreciada por compañeros y superiores. Pidió permiso a su jefe para seguir investigando ya que había cosas que no le cuadraban.
Acompañada de Alberto, “su hacker favorito”, fueron al piso de la víctima y mientras ella registraba mesitas, armarios y allá donde creía que podría encontrar algo que la ayudara, Alberto se dedicó a destripar su ordenador. Elena se llevó para revisar una agenda, varias cartas, un móvil y una carpeta con facturas. Alberto había descubierto que la víctima era un asiduo de los juegos on line—casinos, bingos, apuestas etc.—en los que como todos los que juegan había perdido bastante dinero, pero hacía unos dos meses que ya no jugaba; mas o menos dejó de jugar cuando comenzaron los robos en los pequeños pueblos de la montaña. Esto tenía mosqueada a Elena y estaba plenamente convencida de que había que tirar del hilo. No era una frase original, pero era de las que mas le gustaba.
Tras comprobar todas las direcciones y preguntar a todos sus contactos telefónicos, llegó a la conclusión de que estaba fracasando a no ser que sacara algo de la única dirección que había en su agenda y que no conseguía averiguar nada de ella.  Le encomendó a Alberto que buscara en internet para ver si él tenía más suerte, y muy a su pesar encontró poca cosa. Era una mansión situada en medio del bosque y de la que apenas sabía casi nada el “Señor Google”. Conociendo a Elena es evidente que tanto misterio fue un acicate para seguir investigando.
Acompañada de dos compañeros, y con un equipo fotográfico de última generación, se pusieron en marcha. A medida que se acercaban al destino, aumentaba también la sensación de peligro; así que decidieron aparcar su todo-terreno en una senda cercana y continuaron a pie. De pronto apareció en medio del bosque un gran claro, donde estaba situada una gran mansión, y una docena de coches aparcados fuera, eso sí, ninguno al alcance de la mayoría de los mortales. A ese lugar había que ir sabiendo donde se iba, ya que la carretera acababa en ese lugar. Elena pensó que su intuición había vuelto a darle la razón y que esta vez, el que estaba a punto de picar el anzuelo iba a ser un pez muy gordo. Buscaron un lugar desde el cual poder hacer fotos sin ser vistos, e hicieron fotos de coches, matrículas, la casa y, debido al buen equipo que llevaban, de varios de los personajes que estaban dentro y que podían ver a través de los grandes ventanales que la mansión tenía. Se fueron con el mismo sigilo con el que llegaron, y apenas hablaron por el camino, pero el pensamiento de los tres, era de que habían conseguido un material de mucho valor. Dejaron en comisaría el material fotográfico y se fueron a casa a descansar.
Tras un par de días sin noticias, a la tercera mañana fueron llegando teletipos, de policías norteamericana, de Europa del este y de otros países europeos, en los que hablaban de jefes de cárteles de droga, de mafiosos, de vendedores de armas y de políticos, sobre los cuales habían ordenes de búsqueda. Parece ser que se reunían en aquella mansión para hacer negocios, y como fin de fiesta organizaban partidas de cartas donde se jugaban grandes cantidades de dinero. Tras una macro-operacion conjunta de policía europea y americana atraparon a toda la escoria que con cierta periodicidad allí se reunía.
El buen hacer de Elena fue reconocido en forma de ascenso y, por supuesto, aumento de salario, que le ayudaría a reconstruir la que con los años sería su nuevo hogar.
¿Que relación tenía un don nadie, como era el fallecido, con aquella gente? ¿Visitaba la mansión para jugarse el dinero que robaba? ¿Qué habría ocurrido si el padre de Elena no se hubiera ido de la lengua? ¿Y si Elena no hubiera tirado del hilo?
A todas estas preguntas contestaré, si me llega la inspiración suficiente, como para seguir con la historia.
Trainer
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El último concierto (Un regalo)

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Vila Real, 4 de mayo de 2018. Fila 8, asiento 18.

Me llamo Manuel y nací en España. Me cantaron canciones de bressol, de cebolla, en un barquito de papel, cuando el estanque era el mar, cerca de ti, porque yo nací en el Mediterráneo.

Fue un gran día cuando, con el Valdiri y el Titi, cantábamos, hace mil años y teníamos veinte, en un charnaque y con un fusil, caminante no hay camino y no había atrás que mirar, casi, todavía… dios y mi canto saben a quién nombro tanto y con quien tanto quiero.

Tu nombre me supo a hierba, de la que crece en el valle a golpe de sol y agua, buscaste en mi corazón esas pequeñas cosas que se pierden en un rincón o en un cajón. Hicimos camino andando con Antonio, con Miguel, con Curro el Palmo, por la inmensa llanura, con el caballero derrotado. Susurré palabras de amor al oído de Lucía y de Penélope y fue sin querer cuando, entre en algodones y azucenas atravesé, con ella, la mujer que yo quiero, una puerta cerrada.

Monté en el carrusel del Furo y viví en un pueblo blanco, donde soñé, con dos locas bajitas, con el mar y que todo sería así para siempre.  Pero aún no hago otra cosa que pensar en ti, y nos preguntamos que iba a ser de ellas fuera de casa, y el porqué, si les dimos todo el amor sobre las rodillas y os fuisteis pensando en volver… y tanto tiempo esperando, que creí, que el tiempo y la ausencia, nos dejó a su merced como hojas muertas. Y lloramos cuando nadie nos vio.

De vez en cuando la vida nos besa en la boca y toma café conmigo, vestidos de domingo, quizá sin querer, porque es caprichoso el azar y paramos nuestro reloj viendo pasar trenes, viendo llover sobre cristales y la piel de manzana, menos su vientre, se hizo balada en otoño y cantamos la elegía a mucha gente cuando se fue.

En la fiesta de San Juan, cuando te despediste, bajando la cuesta, te  he visto por última vez, después de toda una vida juntos, lo sé, ya tu voz no era tu voz, ni mi corazón era el mío, y mis lágrimas sabían distinto, y duraban más, y dolían más, porque, desde que te vi la primera vez, a esta última, ha pasado mucho dolor y mucha pena, tanta que no me cabe más, tanta que no quiero más; voy cargado de amargura y vencido retorno al lugar, al Mediterráneo, para ser marino mineral en tus aguas, en una bahía perfumada de brea, con un levante otoñal…

Y todo… como en el libro de los sueños, quedó entre un hola y un adiós. En el alto andamio de las flores, a mano derecha, según se va al cielo, nos veremos en el tablao de Frascuelo, con Curro, con el tío Alberto, con la tieta, con Lucía, Marta, Penélope, con las del bressol y los que en las trincheras soñaron con un mundo mejor.

Manuel Cañadas

Los patios cordobeses

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Acabo de llegar a casa, después de seiscientos kilómetros. Aún estoy impresionado; siento el olor y, si cierro los ojos, soy capaz de ver todo el color, de oír el rumor del viento al pasar a través de esas paredes vegetales, de esa variedad cromática que es capaz de ofrecer un patio cordobés.

Según cuenta el Catedrático de Botánica, D. Eugenio Domínguez Vilches, ex Rector de la Universidad de Córdoba, en el siglo XV, cuando un cordobés tenia un solar y mandaba construir algo, la petición era “Hágame Usted un patio; con buenos corredores, y si sitio queda, hágame unas habitaciones”, Esta era la idea que de una casa se tenía en Córdoba ya en aquella época: lo imprescindible, y primordial era el “Patio” … Luego, lo que sea. Tal era la importancia de aquellos patios entonces, y aún lo sigue siendo hoy en día para los cordobeses: es preciso disponer de un patio a rebosar de vegetación, plantas, flores y el rumor del agua que, como un sonsonete, acompaña al susurro de las hojas, de la multitud y variedad vegetal que produce el dulce perfume que se va colando en los patios.

El patio es un lugar sagrado, apacible y tranquilo, donde reina la paz la tranquilidad y el sosiego, donde los cinco sentidos se embriagan en un agradable sensación que invita al recogimiento, y al libre pensamiento, sin atadura ninguna. Son los patios de Córdoba donde se puede sentir el aliento de Diana y Artemisa. El visitante se da cuenta que estas Diosas han guiado la mano que ha situado cada una de las plantas en su lugar correspondiente, para guardar la armonía de un único todo.

La primera vez que uno entra en un patio cordobés, la primera impresión, es el impacto que produce la variedad de colores, olores, y sonidos, los susurros del agua, y la brisa al pasar entre las hojas de los olivos o naranjos, o las buganvilias, que se desparraman perezosas, los claveles trepadores con el rojo o el blanco chillón, los limoneros con sus verdes hojas y amarillos frutos, o los naranjos extendiendo su olor dulzón de la blanca flor del azahar. También la variedad de color de los geranios, el común, el francés, y el rebautizado “gitanilla” originalmente de Sudáfrica; qué decir de las petunias, el jazmín chino, o la dama de noche, inundando todo el patio con su perfume embriagador, de los olivos, laureles, la “diamela” o jazmín de Arabia y los últimos en incorporarse los cactus de pascua…  y, lo más impresionante: el silencio.

Uno se siente trasladado a la época Califal en que aquella Córdoba era el centro del Mundo, el centro del saber; en la que eran capaces de convivir tres culturas tan diferentes, y tan unidas en el arte del saber, con un afán por desarrollar la filosofía, medicina, arquitectura, poesía… Grandes maestros son Averroes, Góngora, Iqn Quzman, Maimónides, Lucio Anneo Seneca, Albucasis, etc… Son tantos los nombres que a la sombra de los patios cordobeses serenaron su alma para sublimar su espíritu al arrullo de estos sonidos que ahora estoy oyendo; disfrtaron con los olores y colores, que transportan el espíritu a un más allá del razonamiento humano, pero… quizás sea cierto que haya lugares mágicos, sitios que con el rumor del agua, el olor y el color, nos puedan trasladar a una quinta dimensión donde pueda hacerse cierta cualquier ilusión, cualquier pensamiento; donde el arrullo de la brisa, sea una parte del conjuro de esa magia; donde esos miles de verdes, rojos, amarillos, violetas, azules, blancos… y miles y miles de tonalidades, se funden en una paleta cromática vital. Lo que sí es seguro es que si hay algún sitio… algún lugar… en el que uno, se pueda llegar a fundir, con esa quinta esencia… ese lugar necesariamente ha de ser un patio cordobés.

Hoy he tenido ocasión de respirar, de sentir el arrullo del agua, de ver colores que jamas  pude imaginar que la naturaleza, fuera capaz de crear, y he oído el silencio, entre el rumor y el susurro de la brisa… El mágico y reconfortante silencio… El milagro de la tierra, del agua, del sol. Así es Córdoba.

        Fernando Valles

Refranys i yantar

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Després d’un temps de no veure a la meua àvia, per fi he pogut anar a veure-la al mas on viu. Aquest es troba prop de la monumental i històrica Morella, ciutat fortificada de l’època medieval, terra de grans batalles i història, també de dinosaures. El lloc on està el mas és espectacular, enmig de la natura, envoltat de carrasques, pins i ametlers amb flors. Darrere del mas hi ha un hortet i un corral ple de gallines, conills, ànecs, pollets i porcs. Qué a gust em trobe per ací! Quina tranquil•litat! Quina pau!

Admirant el paratge em vaig passejant cap al riu que passe molt a prop “A vora riu, no faces niu”, “aigua corrent no mate la gent”. Passe el temps sense adonar-me; sent des de lluny que l’àvia em crida per a dinar. “A la taula i al llit, al primer crit”. Com sempre que recorde el menjar de l’àvia és deliciós, no he menjat en cap lloc un menjar tan bo com el que ella em fa; és “de 10”: cassoleta amb faves, arreplegades en l’hort, tendres, crescudes amb amor i molt d’afecte. “Faves d’abril tan bones com el pernil”. Estan boníssimes, estofades: em xuple els dits. “qué bones!”: “Qui guise dols, guise per a molts”.  Després un brou amb fesols, ja que “gallina vella fa bon caldo”. “Qui no plega un fesol, no menja quan vol”. Ella em parla mentre, però com estic assaborint els plats no puc contestar-li “Ovella que bela per el bossi” , em diu ella, sonrient i escudellame un bon plat. “Any de verema, bodega plena”. Em trau un vi de la terra morellana, que ella guarde com un tresor, solament per a les ocasions importans: un vi que em diu molts records i sabors.
Després de dinar em trau “flaons” Qué bons! “Quant més sucre, més dols”. El cel comença a ennuvolar-se: crec que plourà. “A mal temps, bona cara”. Ens quedem al costat del foc, parlant i explicant-me històries com quan el rei Jaume I “El Conqueridor ” va conquistar aquelles terres tan volgudes.
Raquel Cano Bagán

París

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El verano de 2003 decidimos ir a París: pensamos “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” pues podría ser un bonito viaje. Era organizado por una persona conocida y, también conocíamos a las demás personas que iban. Estábamos muy ilusionados.

Llegamos ya bien entrada la noche a una zona de descanso y, claro, estábamos todos con ganas de bajar del autobús; se hace pesado, son muchas horas. Bajamos y entramos en la cafetería, ya en territorio francés. La gente empezó a pedir lo que le apetecía: algunos fuimos a las máquinas. Éramos muchos y aquello se llenó. Había más gente: eran de otras nacionalidades, ya que al hablar lo supe. Venía con nosotros un joven con su madre: era soltero, ya algo maduro, y no paraba de decir que él sabía francés. ¡Bueno!  ¡No daba ni una! De allí salimos pitando, pues no daba “pie con bola”.

Llegamos a París; después de acomodarnos nos fuimos, cómo no, a ver la torre Eiffel, si bien para algunos de los que venían era la “torre infiel”. Vamos, que por más que les dijeras que no se llamaba así “por un oído les entraba y por otro les salía”. Cuando subimos, no recuerdo a qué planta llegamos, ya que me quedé blanca del pánico que me entró al verme a tanta altura. No era yo la única en esa situación, ya que la persona que estaba a mi lado se encontraba igual, agarrada de la barandilla e inmóvil. Una pareja de las que venía con nosotros se empeñó en subir al último piso y, por más que les dijeran que no subieran, hicieron “a palabras necias oídos sordos”. Allí que subieron. Cuando bajaron, nos contaron las vistas tan espectaculares de París. Les dijimos que de la planta inferior también se veía, aunque les dió lo mismo.

Fuimos a Disneyland París, pues también venían niños. Al rato de estar allí, vino a saludar uno de los personajes más famosos de Disney, Mickey Mouse, dando la mano y abrazando a la gente: en fin, todo lo que hacen estos personajes para entretener. Estando preparados para subir al tren que recorre el parque, el soltero que sabía francés, iba vestido con una camiseta del Valencia y, de repente, escuchamos ¡Amunt Valencia! Era el maquinista del tren, que era de Gandía. ¡Vaya sorpresa que nos llevamos!

Cuando fuimos a la tienda de regalos, estaba mirando unas camisetas para comprar y, al estar hablando en valenciano, se dirigió una señora a mí, preguntándome si era de Villarreal. Me quedé sorprendida. Le dije que no y ella me comentó que era de allí. Con éstas y otras muchas anécdotas de este viaje, nos lo pasamos muy bien. Hubo algunos encuentros con más personas de la Comunidad Valenciana. Por momentos creí no estar en París ya que solo se hablaba en valenciano (para bien, pues no se francés).

T.B.C.

La tarde que tú cambiaste mi vida

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Nos trasladamos de un pueblo de Huesca a Castellón, cuando estaba a punto de cumplir 15 años. Una tarde mi padre, después del trabajo, se puso muy serio y triste también y me dijo: “Hijo, tienes que ponerte a trabajar, ya que con lo que yo gano apenas tenemos para comer”. Yo no dije nada: simplemente acaté su decisión.

En Castellón vivía un hermano de mi padre, que me acompañó a buscar trabajo. Compramos el periódico y nos dirigimos hacia la calle Navarra donde había dos ofertas de trabajo. Una era en autoservicios Navarra—creo que ya no existe, pero la mayoría la recordareis—y otro era en un almacén de productos de peluquería de señoras. Mi tío me  dijo:

          -¿ Cual prefieres?

Y yo me decidí por la segunda. Fue mi primera acertada decisión en esta vida. No existían ni exámenes, ni psicotécnicos, ni revisiones médicas. La secretaria era la que tomaba la decisión y, a pesar de que tenía bastantes dudas, me aceptó. Era un viernes y me dijo que el lunes empezaba. Había que tener al menos 15 años para trabajar y yo los cumplía el domingo.

El principio fue duro para mí, ya que apenas había visto semáforos, teléfonos y por si fuera poco muchas peluqueras me hablaban en valenciano, el cual ni entendía, ni hablaba. Fui superando obstáculos, habituándome a los semáforos, asustándome cada vez menos cuando sonaba un teléfono, y aprendiendo valenciano. Los sábados y domingos los empleaba a recorrer las calles de Castellón con la compañía de mi hermano y una guía que me compré, y anotando donde estaban situadas las peluquerías a las cuales tenía que llevar los productos que pedían: permanentes, agua oxigenada, tintes, rulos, etc. Lo que mas me costó y más respeto o miedo me daba era cuando llegábamos mi bicicleta cargada de paquetes y yo delante de un guardia urbano. En aquella época recuerdo que había uno en la Plaza de la Paz y, cuando llegaba cerca de él, yo me bajaba de la bicicleta y seguía a pie, pues no sabía interpretar sus gestos y, además, cuando tocaba el pito de una manera prolongada, parecía muy enfadado y yo literalmente me cagaba. Cuando empecé a entender sus gestos y ya pasaba o esperaba según lo que procedía, los guardias fueron desapareciendo, siendo reemplazados por más semáforos o señales.

Con el tiempo me fui ganando la confianza de mi amiga y de algunas peluqueras, las cuales estaban contentas con mi trabajo. Mi trabajo me gustaba, ganaba un dinero que era de ayuda en casa y me permitía seguir con mis estudios de bachiller nocturno en el Instituto Francisco Ribalta. Los momentos peores llegaban cuando tocaba hacer inventario. Siempre faltaban o sobraban productos si bien, muchas veces después de recontar y de repasar los pedidos, solía cuadrar todo. Era la época en que tu más te enfadabas: yo esos días los pasaba muy mal, porque a pesar de tu amabilidad, en esos días te transformabas y me río yo de Dr. Jekill y Mister Hyde. Pero eran solo un par de días, luego todo volvía a ser un remanso de paz. Nunca te lo he dicho, pero alguna vez me dieron ganas de dejar el trabajo, pero afortunadamente no lo hice.

Una tarde, después de terminar cuarto de bachiller, te dije que estaba decidido a dejar mis estudios nocturnos. No recuerdo que palabras dijiste exactamente, pero me aconsejaste que siguiera estudiando, que el día de mañana me iba a arrepentir. Creo que esa tarde la dedicaste íntegramente a convencerme de que era un grave error. Gracias a Dios conseguiste convencerme y nunca te lo agradeceré lo suficiente. Con el tiempo me he dado cuenta que aquella decisión cambió mi vida y tú tienes toda la culpa de que así fuera. ¿Qué habría pasado si no te hubiera hecho caso? Pues seguramente hubiera tenido un o unos trabajos peores del que he tenido hasta que me he jubilado y luego me hubiera perdido muchísimas otras cosas. Por seguir estudiando tuve la ocasión de conocer a la mejor profesora de literatura que he conocido—se llamaba Mª Angeles—y  que me hizo amar la literatura, lo que me ha permitido disfrutar y vivir los cientos de libros que he leído hasta la fecha. También me hubiera perdido otras de mis grandes pasiones: la historia y el arte. He sido un privílegiado porque he tenido el placer de tener como profesores de historia a los mejores: Francisco Esteve, más conocido como Paquito Fúnebre, ya que siempre vestía un traje negro que le acompañó hasta su muerte—dijo que no se lo quitaba hasta que no volviera la República y así fue: murió con él puesto—, Trullens, Carbó y Juanjo Ferrer. Imposible no amar la historia con estos profesores. Me hubiera perdido el placer que he sentido cuando he visto la Catedral de León, el Museo del Prado, la Catedral de Burgos, etc.

Ahora estoy disfrutando en la UJI, aprendiendo mas de lo que me creía, conociendo gente muy interesante y donde me he encontrado con otro de esos profesores maravillosos que ya forma parte de los que nunca olvidaré y que me hace escribir ya no por obligación: si lo hago es por placer y porque siento necesidad de contar cosas. Es una agradable sensación que no conocía, y disfruto cuando mi familia me dice “qué bonito, papá, está muy bien escrito” o algún compañero te dice que escribes bien.

Pues todo esto me lo hubiera perdido si aquella tarde no me hubieras convencido para que siguiera estudiando. Como con las palabras no me llega para darte las gracias, esta vez el que va a dar un consejo como tu lo hiciste hace 45 años, seré yo. Matricúlate en la Universidad para Mayores de la UJI y disfruta del profesorado que tenemos y de las amistades que seguro harás. Espero que me hagas caso y así poder devolverte una pequeña parte de todo lo que te debo.

Trainer

El puente que espera

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No puedo recordar con precisión lo que sucedió aquella tarde de julio. Sólo una espesa nebulosa, que empaña mi recuerdo, contiene algunos rasgos que me traen el esquema de lo ocurrido, su esencia y las consecuencias que conllevaron. Esas sí que las recuerdo. Están en mí, como una herida, todos los días y toda las noches de mi vida, en cada acto, en toda circunstancia. Es una herida con un dolor de fondo que nunca se acaba, si no es para renacer con más vigor ante recuerdos momentáneos, en instantes a veces inconscientes.

Recuerdo remotamente que fue una simple discusión sobre la conducta de su pareja… Cogió airadamente a tu hijo en los brazos, y sin decir ni un adiós, se marchó. No quise darle excesiva importancia al principio: ya volvería. Ella tenía ese genio. Quizá estaba pasando un mal momento y yo lo desconocía, y lo creí un enfado pasajero, un disgusto, un reproche, haber tocado un punto sensible de su convivencia del que ella dudaba, poniendo unas cartas boca arriba, algo que se le hizo evidente… No lo sé: no creí que fuese tan importante. Pero a partir de entonces, se hizo el más denso de los silencios.

Llamadas sin respuesta, correos sin contestar, algún encuentro fortuito cruzándonos en la calle, en que la mirada viajaba intencionada lejos de nuestros rostros… Días y días esperando un acontecimiento, el suceso que todo lo cambiase, la reflexión, el arrepentimiento, aun sin palabras… el perdón, solo la presencia sería suficiente…

Pasó el tiempo y vendimos la casa en que crecieron. Sí…lo del nido vacío…sí, es real, ya lo sabrá en su momento… Pero, la verdad, no tenía ningún sentido vivir con tantos recuerdo al alcance de la mano. Quizá un cambio de escenario mute la historia que se narra, como a veces sucede en los dramas trasnochados, que cambian el decorado, la ropa de los actores y el giro literario de los acontecimientos, y el argumento cambia como en un acto de magia.

Y en la isla del río, en el meandro de la chopera, a escasos metros de la otra, de la vieja casa desde la que, con sus risas, de pequeñas, íbamos al baño o a recoger los reteles de los cangrejos, construimos la nueva casa. Una casa sin pasado, sin fines de semana alegres, bulliciosos. Antaño fue primero con ellas, después con sus amigas, y después con aquel pequeño ser que todo lo llenaba de nuevo, que fue el gozne de unas vidas que empezaban a buscar motivos… y después… y después el eco de un vacío en el que aún sonaban sus voces, y sobre todo, aún sonaba la de él, como el más hueco y prolongado, con el suave tono de sus primeras palabras de terciopelo. Por ello cambiamos de casa, para dejar de oír aquellos ecos.

Cambiar de lugar la nueva casa era más difícil: aquel era nuestro paisaje. El hacerlo hubiera sido como una huida de nuestras vidas, una renuncia a todo nuestro pasado, a romper definitivamente con algo, que de alguna forma, nos pertenecía y que habíamos decidido hacerlo nuestra pequeña patria. Pero nuestra miseria, nuestra cobardía no llegaba a tanto…o quizá era la esperanza que podíamos aguardar, de que si no su casa, sí al menos, el lugar en donde vio la luz por vez primera, le siguiese atrayendo. Alejarse de él hubiera sido cortar definitivamente las amarras. Quizá hubiese sido lo más inteligente. Sin conocer el rumbo jamás hubiese vuelto. Vivir con el sueño de una esperanza, es vivir dormidos eternamente y, rota definitivamente la expectativa de su vuelta, hubiéramos podido rehacer nuestras vidas.

A la nueva casa se accede por un puente que cruza por lo más angosto del río. Es un puente de madera, blanco como la casa, con dos balaustradas torneadas a ambos lados. Sólo por ese puente se puede llegar a su puerta. Los coches quedan al otro lado del río, como enseres de otro mundo al que la casa no pertenece.

Sé, que algún día, vendrás por él, caminando con alguien de la mano, aunque ya, sea un desconocido, pero el corazón me dirá su nombre, la esperanza es su nombre de nuevo en nuestros labios. Sé que te veré llegar desde la ventana de mi despacho, por el cristal mil veces atravesado por mis ojos, por la que siempre oteo el puente. Y, corriendo, bajaré la escalera con los brazos abiertos y con lágrimas en los ojos. Se cumplirá la parábola del hijo pródigo.

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Pasa el tiempo y ya no sé si algún día cruzarás el puente, pero espero, con una nueva esperanza, no de ti, pero sí de que él y también ella, la pequeña desconocida, que sé que existe, lo crucen solos. Yo sabré quienes son aunque no los conozca, son la sombra de mi sangre; aunque solo conozca sus nombres lo sabré. Quizá les conduzca hasta allí la curiosidad de conocer un lugar, en el que un día de evocaciones, les cuentes, como un cuento… que hace muchos, muchos años, venías a jugar a la chopera cuando eras niña… hace ya tanto tiempo… que esa casa que hay en la isla, aún, no existía. Una casa blanca, con un puente blanco, con un jardín con árboles y un columpio humedecido, con las huellas del tiempo en sus cuerdas deshilachadas, colgado de la rama de un haya centenaria, que se quedó esperando, eternamente también, a que alguien con él, volase sin alas.

Presuponía a veces, febril y desconcertado, queriendo buscar algo de lógica en mi vida, que siempre el asesino vuelve al lugar del crimen. Pensaba… tarde o temprano lo hacen. Pero también recuerdo a Sabina: “al lugar donde has sido feliz, no debieras jamás de volver”. Maldito Sabina. Pero tú volverías, quizá solo por recordar pequeños detalles de la niñez, quizá por morbo, quizá por nostalgia de otros tiempos… Quizá a rendir un homenaje a tus víctimas o a pedir perdón. Sólo los asesinos más crueles vuelven por recrearse en sus actos, por regocijarse de su venganza. Pero ni aún por eso regresaste.

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Voy a mentirme de nuevo.. Hace tiempo que he perdido la esperanza. Es más: ni me importa ella, ni me importan ellos. Es una ley más de la vida; hay múltiples ejemplos que lo avalan. En la propia naturaleza se dan estos casos. Incluso la Biblia debe decir algo de ello. Pero, sin resolverlo, vuelvo a San Pablo, en los Corintios…

 “Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada. El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.”

El cristal de la ventana de mi despacho se ha tornado borroso; ya no veo el puente con la claridad que lo veía. Pienso, con una sonrisa, algo cínica, que aunque encargue cambiarlo, seguiría borroso, a veces por mis lágrimas, pero siempre por mis ojos.

Pero… sigo esperando al hombretón y a esa muchacha desconocida acompañándole, que llegan al puente por curiosidad o intencionadamente, para conocer el lugar en donde vivió su madre cuando era niña, y en donde unos ancianos, viven al otro lado… y que lo cruzan, y que les preguntan por sus nombres y entonces ¡Oh, magia! Dirán quiénes son y… sí, lo sé, es mi quimera, aún la mente me vale para algo, aún mi imaginación construye castillos en el aire… son los sueños de un viejo loco, de un estúpido soñador que inventa historias para sí mismo, pues no pudo contarlas para otros. Son los ilusiones de alguien que pasó media vida esperando, que alguien, cruzase un puente, y que aún vela contemplándolo de día, y que la noche, la pasa con la luz de sus ojos encendida, mirando la, ya vieja, balaustrada.

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¡Esa maldita memoria que no quiere abandonarme!, ¡que me roba la vida un poco todos los días!, ¡aún me recuerda la última vez que la vi!. Era un día de lluvia, yo tomaba algo con un amigo en la terraza de una cafetería de la ciudad y, a lo lejos, vi su silueta protegida bajo un paraguas; la reconocí, ¡cómo no iba a reconocerla! Cuando a unos metros adivinó mi presencia, cambió de acera. Yo la seguí con la mirada hasta que la perdí a la vuelta de una esquina. Tenía la intuición que sería la última vez que la contemplaba…y así ha sido.

Manuel Cañadas

 

La gran desconocida

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En los estantes de la biblioteca paterna, cuando yo era niña, hallé unos tomos que llamaron mi atención y que tienen un recuerdo imborrable. Hablaban de países remotos como China. Tan feliz era que me bastaba la imaginación para realizar un viaje virtual que ampliara mis horizontes.

Años mas tarde reviví lo que había atesorado en la mente: ríos, mares, paisajes, ciudades  y monumentos. Como si en una existencia anterior los hubiese habitado. Mi interés seguía aumentando: quería saber más y más de aquel país de costumbres y creencias ancestrales, un país inmenso con 1700 millones de habitantes. Se podría decir que su lucha por sobrevivir diariamente era un trabajo arduo. Me llamó la atención sus ojos negros, sus oscuros, finos y lisos cabellos.

En China se encuentra la medicina más antigua del mundo: impresionantes son todos los elixires, pomadas, cremas y lociones. Allí todo tiene solución. Son Patrimonio de la humanidad muchas de sus construcciones. La Gran Muralla China mide unos 7000 kms. (yo subí 6 kms.). Tardaron 2000 años en hacerla, y dicen que se ve desde la luna. Me quedé mirando la muralla hasta donde mis ojos alcanzaban y me dio una sensación de grandeza, sosiego y quietud.

Siguiendo mi recorrido pude ver en la ciudad de Xian la importancia que tiene para ellos la muerte y el mas allá. Allí está construida la tumba del emperador mas grande que existe, con un ejercito de 8000 soldados hechos de terracota: miden 2 metros y están alineados perfectamente. Los construyeron para proteger y guardar a su emperador después de muerto.

Entrando en la naturaleza pude admirar uno de los lugares mas lindos que mis ojos han visto: Guilin. Sus paisajes, sus verdes montañas, con picos caprichosamente esculpidos en forma de  grandes animales, sus grutas, su peculiar forma de pescar, con unos grandes pájaros llamados cormoranes que pescan y depositan el pescado en la barca.

Dejando atrás la naturaleza visite la capital, Beijin, también conocida como Pekin, y visité su famosa plaza y símbolo de China, la plaza de Tian An Men. Los sangrientos sucesos acaecidos en ella me dejaron fría e inmóvil al cruzarla, pues recordé a las personas muertas en aquel mismo suelo que yo estaba pisando. Me alejé triste como un día gris y sentí rabia pues ya conocía un poquito el país y sus gentes trabajadoras y cordiales, con carencias de todo tipo. Recuerdo a una anciana menuda, de cabellos blancos, que venía detrás de mi cuando me dirigía al bus para desplazarme: quería venderme imitaciones de bolígrafos Mont Blanc: la verdad es que eran idénticos. Me giré y vi unos ojos llenos de años y bondad. Sentí una gran ternura y cariño por ella. Le alargué un gran billete, no recuerdo su valor, pero supe después que era alto. Por supuesto no cogí los bolígrafos: le dije por señas que los vendiera a otra persona. Cuando subí al bus la busqué y seguía mirándome: sus ojitos agradecidos y sonrientes los recuerdo hoy perfectamente. Dormí feliz esa noche.

Mi viaje iba llegando a su fin pero no quise perderme sus mercados y bazares donde se puede encontrar lo mas raro del mundo, desde un licor de dragón (con el dragón incluido) hasta plantas y raíces para alcanzar la felicidad, el amor y el deseo más ardiente, según ellos. Había un hombre  leyendo las manos a los cientos de transeúntes y mi curiosidad me llevo a él. Me miró y me dijo que, a partir de ahora, este viaje sería un bonito recuerdo. Nos despedimos con nostalgia y melancolía, escuchando una música lejana de un piano que me trasladaba al paraíso soñado.

Amparo Martí Oltra

Biografía anónima

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Nombre:_____________                                     Apellidos_________________________________

Ciudad__________________                         Provincia________________                     D.P._____

Partido político_____________________                                                         Sector: OFICIAL

Nació en un lugar de España o del Reino de España o del Estado… cualquiera sabría cómo iba a llamarle en el futuro.

Su padre militaba en un partido de ámbito nacional o nacional autonómico en vías de separación o con esas ínsulas electorales.

Desde muy niño acudía a mítines y festividades del partido, en el que su padre le exhibía como un aporte a las futuras juventudes y participaba en elecciones repartiendo folletos… qué gracioso… o haciendo bulto en los actos públicos, ya de mayorcito, detrás de los jefazos, para mostrar la lozanía del partido.

Se lo creía todo, pero todo, todo. Y además lo justificaba y así lo demostraba con su dedicación y furia ortodoxa ante cualquiera, bien del partido o no. Quizá fue por lo que la secundaria le costó un poco sacarla, pero la sacó en un privado religioso.

Llegó a ser secretario general de las juventudes, las que puso, aguerrido, a disposición de los sénior en todas las ocasiones como los elementos renovadores, críticos e incorruptibles.

Cuando empezó la Universidad, aún le dedicó más esfuerzos al partido… incluso trabajó en el grupo municipal… claro, con sueldo de funcionario, entre los medios que el Ayuntamiento ponía a disposición de los grupos políticos. Pero lo que realmente hacía es trabajar en la secretaría del secretario general en la sede del partido, con un carguito en la ejecutiva.

Por los pueblos recogía firmas de militantes para avalar listas para el congreso provincial del partido. Preparaba comidas con los afiliados rurales o se los inventaba. No se perdía manifestación alguna llevando la pancarta en primera fila o con el megáfono.

En las peleas internas supo situarse, casualmente, en el lado ganador… ¡Ni agua a los sectores críticos! Si quieres ir de figurante en listas, hay que estar con el poder. Ya irás escalando puestos.

Sacó primero de carrera con los 24 cumplidos, pero ese año entró como concejal—claro, con sueldo,—aunque tenía que cotizar parte al partido… pero en una operación de censura, su grupo municipal consiguió la alcaldía y le tocó actuar como concejal de cultura y festejos. Se matriculó en segundo por la UNED. Asignaturas sueltas…poco a poco.

Dos legislaturas como concejal y no conseguía encabezar la lista para la alcaldía… el cabrito del sobrino del secretario se le colaba… optó por un puesto de dirección de una consejería que estaba mejor pagado, el de Director de Cultura (tocaba la guitarra y había sido concejal del área)… ni idea, pero su dedicación al partido le daría la oportunidad de mirar hacia un puesto de Diputado del Parlamento Autonómico. Se matriculó de alguna de tercero de Derecho. Hizo un ESADE a cargo de cursos de la administración con matrícula, libros hoteles y viajes a Barcelona pagados, para completar su currículum. Un movimiento de la lista le permitió, al tercer mes de la legislatura, tomar posesión de un escaño de diputado autonómico… toda una perspectiva de cuatro años en ese preciado escaño.

Un pacto de gobierno, con tránsfuga interpuesto, a media legislatura, le permitió ser consejero del Gobierno Autonómico; su experiencia acreditada en cultura le valió para ser consejero de Educación y Cultura. No sabía mucho del tema, pero para eso están los funcionarios de confianza y los asesores. Seis años de gobierno y amistades le permitieron que, a los 37 años, terminara Derecho. Pasó de estudios en Derecho en su currículum a Licenciado en Derecho.

Entonces ya estaba convencido de que la política era adherirse a una idea que gustase a mucha gente, mentir en la oposición, y más aún en el poder. Y una vez conseguido éste, y como fuese, mantenerlo a toda costa.

A un consejero que tantas cosas sabe de subvenciones, fundaciones, obras, etc. (y sobre todo del partido) hay que mantenerlo fuera de la circulación privada; por eso, en las listas al Congreso fue el tercero…pero salió Diputado al Congreso de los Diputados del Reino de España, o del Estado de las Autonomías…o del Estado Opresor. De la comisión de Defensa y Cultura y aficionado a los viajes institucionales, visitó todo el planeta a costa de la administración.

Ya cuenta con 58 años…después dos legislaturas en Cortes y de una legislatura en el Senado…hay que intentar ir al segundo gran cementerio de elefantes, esto es, al Parlamento Europeo. Un ser con su experiencia… ¡qué menos que nos represente en Europa!

En su currículum constan todos los puestos ocupados en 38 años, los mismos que hace desde que se subió a un coche oficial y aún no ha pagado un litro de gasolina o el menú en un restaurante de barrio. Viaja en primera clase por toda Europa; a los 65 se jubilará con varias pensiones a sus espaldas. Su yerno es su asesor y en Bruselas hace un frío del carajo.

Toda una vida sirviendo a España, al Reino o al Estado opresor, ¡qué más le da! Al fin y al cabo el ha dado su vida por la causa y puede permitirse el lujo de decir lo que le dé la real o republicana gana en una entrevista o como tertuliano… ¡faltaría más!… eso de ser un verso suelto le empezaba a gustar y su disidencia era como un rasgo de elegancia que le adornaba y le daba un halo de neutralidad ante todos los afiliados: se sentía como más protagonista. Ya tenía su vida política hecha. Además, parecía más progre, lo que le hacía ser un líder de las juventudes y un símbolo en la ciudadanía del lugar.

¡Ah! En el Parlamento Europeo estaba en una comisión que tenía que ver con el desarrollo de la empresa privada y con la innovación tecnológica. Todo un reto.

Manuel Cañadas

Salzburgo

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No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Así es que, siguiendo el ejemplo de este refrán popular, me he puesto manos al papel y me he dispuesto a empezar a describir las calles tan bonitas que estoy viendo, calles antiguas que parecen de cuento. Salzburgo está rodeada de un majestuoso y verde paisaje alpino con sus casitas típicas tirolesas tan pintorescas. Ciudad de la música y el arte, es toda una joya barroca. Sus callejuelas están repletas de tiendecitas llenas de preciosos objetos: huevos pintados a mano que son verdaderas obras de arte, chocolates de todas formas, colores y gustos, trajes típicos tiroleses, cristales “Swarovski”, piedras preciosas, oro, instrumentos musicales, libros… Es como si estuvieras en otra época, el Barroco.

Dime con quien andas y te diré quien eres. Por estas callejuelas paseaba Mozart. Por una de estas calles estrechas y tortuosas, como en un sueño y para mi sorpresa, veo a Mozart paseando.

“Espera, espera”, le grito.

Voy deprisa tras él, pero se me escapa. No logro seguir sus pasos. Se esfuma, desaparece: sólo oigo a lo lejos unas notas, una de sus maravillosas melodías que también se va perdiendo poco a poco.

Sin saber cómo llego a la plaza: está llena de policías, guardaespaldas, coches oficiales blindados… un tumulto de gente. ¿Qué pasa? ¿Por qué hay tanta gente y tanto movimiento?  Han llegado Carolina de Mónaco y Ernesto de Hannover: han venido a ver un concierto. No hay mal que por bien no venga.
Raquel Cano Bagán