La gran desconocida

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En los estantes de la biblioteca paterna, cuando yo era niña, hallé unos tomos que llamaron mi atención y que tienen un recuerdo imborrable. Hablaban de países remotos como China. Tan feliz era que me bastaba la imaginación para realizar un viaje virtual que ampliara mis horizontes.

Años mas tarde reviví lo que había atesorado en la mente: ríos, mares, paisajes, ciudades  y monumentos. Como si en una existencia anterior los hubiese habitado. Mi interés seguía aumentando: quería saber más y más de aquel país de costumbres y creencias ancestrales, un país inmenso con 1700 millones de habitantes. Se podría decir que su lucha por sobrevivir diariamente era un trabajo arduo. Me llamó la atención sus ojos negros, sus oscuros, finos y lisos cabellos.

En China se encuentra la medicina más antigua del mundo: impresionantes son todos los elixires, pomadas, cremas y lociones. Allí todo tiene solución. Son Patrimonio de la humanidad muchas de sus construcciones. La Gran Muralla China mide unos 7000 kms. (yo subí 6 kms.). Tardaron 2000 años en hacerla, y dicen que se ve desde la luna. Me quedé mirando la muralla hasta donde mis ojos alcanzaban y me dio una sensación de grandeza, sosiego y quietud.

Siguiendo mi recorrido pude ver en la ciudad de Xian la importancia que tiene para ellos la muerte y el mas allá. Allí está construida la tumba del emperador mas grande que existe, con un ejercito de 8000 soldados hechos de terracota: miden 2 metros y están alineados perfectamente. Los construyeron para proteger y guardar a su emperador después de muerto.

Entrando en la naturaleza pude admirar uno de los lugares mas lindos que mis ojos han visto: Guilin. Sus paisajes, sus verdes montañas, con picos caprichosamente esculpidos en forma de  grandes animales, sus grutas, su peculiar forma de pescar, con unos grandes pájaros llamados cormoranes que pescan y depositan el pescado en la barca.

Dejando atrás la naturaleza visite la capital, Beijin, también conocida como Pekin, y visité su famosa plaza y símbolo de China, la plaza de Tian An Men. Los sangrientos sucesos acaecidos en ella me dejaron fría e inmóvil al cruzarla, pues recordé a las personas muertas en aquel mismo suelo que yo estaba pisando. Me alejé triste como un día gris y sentí rabia pues ya conocía un poquito el país y sus gentes trabajadoras y cordiales, con carencias de todo tipo. Recuerdo a una anciana menuda, de cabellos blancos, que venía detrás de mi cuando me dirigía al bus para desplazarme: quería venderme imitaciones de bolígrafos Mont Blanc: la verdad es que eran idénticos. Me giré y vi unos ojos llenos de años y bondad. Sentí una gran ternura y cariño por ella. Le alargué un gran billete, no recuerdo su valor, pero supe después que era alto. Por supuesto no cogí los bolígrafos: le dije por señas que los vendiera a otra persona. Cuando subí al bus la busqué y seguía mirándome: sus ojitos agradecidos y sonrientes los recuerdo hoy perfectamente. Dormí feliz esa noche.

Mi viaje iba llegando a su fin pero no quise perderme sus mercados y bazares donde se puede encontrar lo mas raro del mundo, desde un licor de dragón (con el dragón incluido) hasta plantas y raíces para alcanzar la felicidad, el amor y el deseo más ardiente, según ellos. Había un hombre  leyendo las manos a los cientos de transeúntes y mi curiosidad me llevo a él. Me miró y me dijo que, a partir de ahora, este viaje sería un bonito recuerdo. Nos despedimos con nostalgia y melancolía, escuchando una música lejana de un piano que me trasladaba al paraíso soñado.

Amparo Martí Oltra

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Biografía anónima

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Nombre:_____________                                     Apellidos_________________________________

Ciudad__________________                         Provincia________________                     D.P._____

Partido político_____________________                                                         Sector: OFICIAL

Nació en un lugar de España o del Reino de España o del Estado… cualquiera sabría cómo iba a llamarle en el futuro.

Su padre militaba en un partido de ámbito nacional o nacional autonómico en vías de separación o con esas ínsulas electorales.

Desde muy niño acudía a mítines y festividades del partido, en el que su padre le exhibía como un aporte a las futuras juventudes y participaba en elecciones repartiendo folletos… qué gracioso… o haciendo bulto en los actos públicos, ya de mayorcito, detrás de los jefazos, para mostrar la lozanía del partido.

Se lo creía todo, pero todo, todo. Y además lo justificaba y así lo demostraba con su dedicación y furia ortodoxa ante cualquiera, bien del partido o no. Quizá fue por lo que la secundaria le costó un poco sacarla, pero la sacó en un privado religioso.

Llegó a ser secretario general de las juventudes, las que puso, aguerrido, a disposición de los sénior en todas las ocasiones como los elementos renovadores, críticos e incorruptibles.

Cuando empezó la Universidad, aún le dedicó más esfuerzos al partido… incluso trabajó en el grupo municipal… claro, con sueldo de funcionario, entre los medios que el Ayuntamiento ponía a disposición de los grupos políticos. Pero lo que realmente hacía es trabajar en la secretaría del secretario general en la sede del partido, con un carguito en la ejecutiva.

Por los pueblos recogía firmas de militantes para avalar listas para el congreso provincial del partido. Preparaba comidas con los afiliados rurales o se los inventaba. No se perdía manifestación alguna llevando la pancarta en primera fila o con el megáfono.

En las peleas internas supo situarse, casualmente, en el lado ganador… ¡Ni agua a los sectores críticos! Si quieres ir de figurante en listas, hay que estar con el poder. Ya irás escalando puestos.

Sacó primero de carrera con los 24 cumplidos, pero ese año entró como concejal—claro, con sueldo,—aunque tenía que cotizar parte al partido… pero en una operación de censura, su grupo municipal consiguió la alcaldía y le tocó actuar como concejal de cultura y festejos. Se matriculó en segundo por la UNED. Asignaturas sueltas…poco a poco.

Dos legislaturas como concejal y no conseguía encabezar la lista para la alcaldía… el cabrito del sobrino del secretario se le colaba… optó por un puesto de dirección de una consejería que estaba mejor pagado, el de Director de Cultura (tocaba la guitarra y había sido concejal del área)… ni idea, pero su dedicación al partido le daría la oportunidad de mirar hacia un puesto de Diputado del Parlamento Autonómico. Se matriculó de alguna de tercero de Derecho. Hizo un ESADE a cargo de cursos de la administración con matrícula, libros hoteles y viajes a Barcelona pagados, para completar su currículum. Un movimiento de la lista le permitió, al tercer mes de la legislatura, tomar posesión de un escaño de diputado autonómico… toda una perspectiva de cuatro años en ese preciado escaño.

Un pacto de gobierno, con tránsfuga interpuesto, a media legislatura, le permitió ser consejero del Gobierno Autonómico; su experiencia acreditada en cultura le valió para ser consejero de Educación y Cultura. No sabía mucho del tema, pero para eso están los funcionarios de confianza y los asesores. Seis años de gobierno y amistades le permitieron que, a los 37 años, terminara Derecho. Pasó de estudios en Derecho en su currículum a Licenciado en Derecho.

Entonces ya estaba convencido de que la política era adherirse a una idea que gustase a mucha gente, mentir en la oposición, y más aún en el poder. Y una vez conseguido éste, y como fuese, mantenerlo a toda costa.

A un consejero que tantas cosas sabe de subvenciones, fundaciones, obras, etc. (y sobre todo del partido) hay que mantenerlo fuera de la circulación privada; por eso, en las listas al Congreso fue el tercero…pero salió Diputado al Congreso de los Diputados del Reino de España, o del Estado de las Autonomías…o del Estado Opresor. De la comisión de Defensa y Cultura y aficionado a los viajes institucionales, visitó todo el planeta a costa de la administración.

Ya cuenta con 58 años…después dos legislaturas en Cortes y de una legislatura en el Senado…hay que intentar ir al segundo gran cementerio de elefantes, esto es, al Parlamento Europeo. Un ser con su experiencia… ¡qué menos que nos represente en Europa!

En su currículum constan todos los puestos ocupados en 38 años, los mismos que hace desde que se subió a un coche oficial y aún no ha pagado un litro de gasolina o el menú en un restaurante de barrio. Viaja en primera clase por toda Europa; a los 65 se jubilará con varias pensiones a sus espaldas. Su yerno es su asesor y en Bruselas hace un frío del carajo.

Toda una vida sirviendo a España, al Reino o al Estado opresor, ¡qué más le da! Al fin y al cabo el ha dado su vida por la causa y puede permitirse el lujo de decir lo que le dé la real o republicana gana en una entrevista o como tertuliano… ¡faltaría más!… eso de ser un verso suelto le empezaba a gustar y su disidencia era como un rasgo de elegancia que le adornaba y le daba un halo de neutralidad ante todos los afiliados: se sentía como más protagonista. Ya tenía su vida política hecha. Además, parecía más progre, lo que le hacía ser un líder de las juventudes y un símbolo en la ciudadanía del lugar.

¡Ah! En el Parlamento Europeo estaba en una comisión que tenía que ver con el desarrollo de la empresa privada y con la innovación tecnológica. Todo un reto.

Manuel Cañadas

Salzburgo

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No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Así es que, siguiendo el ejemplo de este refrán popular, me he puesto manos al papel y me he dispuesto a empezar a describir las calles tan bonitas que estoy viendo, calles antiguas que parecen de cuento. Salzburgo está rodeada de un majestuoso y verde paisaje alpino con sus casitas típicas tirolesas tan pintorescas. Ciudad de la música y el arte, es toda una joya barroca. Sus callejuelas están repletas de tiendecitas llenas de preciosos objetos: huevos pintados a mano que son verdaderas obras de arte, chocolates de todas formas, colores y gustos, trajes típicos tiroleses, cristales “Swarovski”, piedras preciosas, oro, instrumentos musicales, libros… Es como si estuvieras en otra época, el Barroco.

Dime con quien andas y te diré quien eres. Por estas callejuelas paseaba Mozart. Por una de estas calles estrechas y tortuosas, como en un sueño y para mi sorpresa, veo a Mozart paseando.

“Espera, espera”, le grito.

Voy deprisa tras él, pero se me escapa. No logro seguir sus pasos. Se esfuma, desaparece: sólo oigo a lo lejos unas notas, una de sus maravillosas melodías que también se va perdiendo poco a poco.

Sin saber cómo llego a la plaza: está llena de policías, guardaespaldas, coches oficiales blindados… un tumulto de gente. ¿Qué pasa? ¿Por qué hay tanta gente y tanto movimiento?  Han llegado Carolina de Mónaco y Ernesto de Hannover: han venido a ver un concierto. No hay mal que por bien no venga.
Raquel Cano Bagán

Ausencia

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A mi amigo Legionario.

Aquella noche me lo contó, pero no sabía escribirlo.

Estabas ahí, siempre lo estuviste. Cerca o lejos, al alcance de mi mano, de mis ojos o de mi voz, pero estabas ahí. Aún en la distancia lo estabas. Siempre, sin reloj ni calendario.

Los años pasaron como primaveras aladas, por todas las estaciones, hasta el invierno. Y seguías estando, como un órgano más de mi cuerpo, como una extremidad, como el aire.

Sin darme cuenta existías conmigo y en mí, y desconocía el significado de la palabra ausencia. Eras lo cotidiano, lo inseparable, lo normal, lo que existía, la circunstancia, el sujeto de todas mis oraciones.

Sin darme cuenta te fuiste, una fría madrugada. Te llevó un sueño maldito, un mal sueño te robó el aire. Y entonces me di cuenta de que no estabas.

Conocí la palabra soledad y todas sus compañeras, las que viven en el corazón del que está solo, las que retozan en su mente en las madrugadas, en los atardeceres; las que te traen los recuerdos más efímeros, más livianos, pero que para nosotros tenían un significado, minúsculo, pueril… a veces perfumado. Palabras como nostalgia, ausencia, melancolía, tristeza o añoranza, entraron en el diccionario de mi vida para no salir jamás, para sustituirte.

Pero a pesar de todo, aún a veces me pregunto, quién de los dos está ausente, porque siempre, mi amor, estarás conmigo.

Aún cuando no pueda vencer el silencio que me habita, cuando caiga por las laderas de todos los volcanes que supiste soportar, de todas las veces que me obviaste para no sentirte herida, aún cuando por salvarme te hiciste perdedora, invisible, inconcreta.

Seguías estando ahí, a pesar de mis palabras, de mis actos, de mi agresiva mudez, de mis miradas, de mis extensas palabras que no te contenían. Estabas ahí, y no me daba cuenta.

Anochece ya la vida y siempre te recuerdo. No eludo la etérea pereza de mi mente vagando por los recuerdos, colgándose en nubes paralelas con el horizonte, en donde, a veces, te sitúo e intento alcanzarlo en vano con mis manos, porque cuando llego a ti, te has declinado como un verbo intransitivo.

Viajo a la urna que te contiene, llevando mis minerales como un yugo que arrastra lo que de mí dejaste, y que aún, le llaman vida.

Se extingue el día. Como un quinqué olvidado, y a lo lejos, vacilan las luces que navegan. Alzo mi voz en el entorno que me acoge para que llegue a todos los rumbos que existen, para que a ti acuda y escuche el más rotundo perdón por mis pecados.

Manuel Cañadas

Un recuerdo escondido

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Quizá tu recuerdo lo guardo encapsulado en algún rincón desconocido de mi cuerpo, que fue tu cuerpo. De mi carne, que fue tu carne.

Quizá gire como mariposas que arañan mi alma, que se alejan de todo, como una nube que gira en el viento.

Quizá lo guarde con todas las contradicciones con que lo guardo, quizá… quizá ni siquiera sé el porqué es así…  quizá tampoco quiera llegar a saberlo.

¡Cuántas veces te voy a nombrar y me contengo! Mis labios fueron mudos para tu nombre; lo reprimo, porque no sé el tono con que evocarlo… si de queja, si de llamada, si de ira o de ternura o quizá de añoranza… no lo sé y no lo entiendo. Cuando deja de pronunciarse un nombre, su portador muere para siempre, y quizá yo quería que estuvieses muerta eternamente.

Otros recuerdos llegan a mí y salen de mis labios, o quizá los derramo en un papel, pero el tuyo, sigue ahí, cautivo, escondido y silencioso, concreto, arrinconado, asustado de estar aún presente… cuando tan clamoroso era, tan protagonista en mí, en todos mis actos, en mis pensamientos, por ti dirigidos, aún sin tu presencia.

No quiero ponerle nombre al sabor de tu recuerdo; es más, no sabría hacerlo… es más, no creo que exista palabra que lo contenga… aún no… aún no.

Pero hoy, al ver a un niño jugando en el parque, cómo llevaba a la falda de su madre las hojas de magnolio y cómo ella las unía para tejerle un bello collar… quizá ha sido entonces, en ese momento, cuando tu nombre ha vuelto a emerger, como arrancado, de mi pecho… y mis labios te han nombrado de nuevo: Mamá.

Manuel Cañadas

Torta de patata / Coca de Castelló

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Ingredientes: 6  huevos

                     1/4k  patata cocida
                     1/4k  almendra molida
                     1/2k  azúcar
Cocer la patata y machacar con la mitad del azúcar. (Yo lo hago la noche antes. Así, la patata suelta el agua, y se deshace mejor el azúcar).
Separar las yemas de las claras, y subir éstas a punto de nieve. Cuando lo tengáis ligado, añadir las yemas, el azúcar que quedaba y la almendra. Mover con cuidado y verter en un molde al que habréis puesto un papel de “barba” o de hornear. Horno a 180º, sobre 25 minutos. Pinchar con un palillo y, cuando salga limpio, ya está cocida.
Me habíais pedido la receta bastante gente. Espero que nos endulce el “amargo” día de ayer. Buen provecho.
Elena Balado

En lo alto de la montaña

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Al cumplir los catorce años, mi padre me llevó de excursión a Montserrat, un lugar que él conocía muy bien, y no porque fuera un devoto, sino simplemente porque le gustaba y disfrutaba subiendo por la montaña.

A Montserrat se puede subir por distintos medios: el funicular (aéreo), la cremallera, en coche y a pie. Como podéis imaginar escogió esta última, pero no sólo la subida de la montaña, sino todo el camino desde las afueras de Barcelona hasta el monasterio. Fue un viaje que todavía recuerdo como si fuera ayer.

Salimos un sábado a media mañana; cogimos la carretera y nos pusimos a caminar. Afortunadamente en el año 65 no había tanto tráfico. Llegamos a Esparraguera a última hora de la tarde y cenamos en un bar un bocadillo. Pensaba que nos quedaríamos a dormir en alguna pensión, pero fue una falsa esperanza y seguimos caminando.

Al salir del pueblo nos encontramos con una “colla” de jóvenes montañeros que también iban a Montserrat y mi padre decidió ir un rato con ellos hasta que decidieran parar para dormir… pero ellos dijeron que no pararían hasta llegar a la Moreneta. Los seguimos un rato pero, claro está, yo no podía ni con mis pies, ni con mis ojos que se me cerraban. Al final mi padre decidió parar un rato en un recodo, protegidos por unos árboles. Él se sentó y yo me derrumbé. Creo que me dormí con la mochila a la espalda, porque cuando me desperté al alba me dolía absolutamente todo: no había un parte de mi cuerpo que no me doliera.

Con la poca luz del amanecer nos pusimos en marcha. Fue agotador, pero inolvidable; todavía conservo en mis retinas ese amanecer, y cómo se iluminaba el camino a medida que el sol subía con fuerza al horizonte mientras la vegetación se cubría de tonos verdes, ocres y amarillos. Seguimos caminando un buen rato, dando vueltas a la montaña y de pronto empezó a desaparecer el camino de tierra y empezamos a subir por unas escaleras anchas de madera. Mi padre me animó, diciéndome que sólo quedaba un kilómetro para llegar a la cova santa y esta vez no me engañó. Ahí estaba, al salir de una curva. Me impresionó la cantidad de gente que había esperando turno para entrar. La cova no era muy grande (posteriormente y tras un pequeño derrumbe la ampliaron), pero allí estaba la Moreneta. En el interior había un respetuoso silencio.

Seguimos hacia arriba, y aunque ya se veía el santuario, parecía que no llegábamos nunca, hasta que al final alcanzamos la explanada de la estación de la cremallera. ¡Papá, ya hemos llegado! Mi padre me miró y con una sonrisilla de las suyas me dijo “No hijo, todavía no: el monasterio está ahí, a unos doscientos metros, pero ése no es el final del camino. Vamos a subir a la ermita de Sant Jeroni, que está a unos dos kilómetros de aquí”.  La moral se me cayó por los suelos: ¡dos kilómetros más, y de subida! Mi padre seguía sonriendo de aquella manera que parecía que le salían chispitas de los ojos.

Empezamos a caminar otra vez, pero para mi sorpresa a unos 100 metros llegamos a la estación de un aéreo que es el que nos subiría hasta la ermita. Una vez que llegamos arriba, creo que entendí a mi padre y el porqué le gustaba tanto la montaña. El paisaje era espectacular. Grandes rocas que parecían que desafiaban las leyes de la gravedad, un horizonte que parecía no tener fin, un silencio respetuoso que sólo cortaban las alas de alguna ave de presa. En fin, no se puede explicar. Hay que subir a verlo.

Mientras esperábamos al aéreo para bajar al monasterio le pregunte a mi padre ¿Por qué has querido subir hasta aquí arriba?  Me miró con su clásica sonrisa y me contestó  ¡Para sentirme como un ser humano y que vale la pena vivir en la paz! Y añadió  “Cuando estés en la cima de la montaña, mira hacia abajo, pues allí es donde volverás a estar”. Me quedé un poco parado sin llegar a entenderlo y me continuó explicando: “Hijo, en la vida vas subiendo y puedes alcanzar metas muy altas, tanto que puedes llegar a creerte superior y que puedes con todo, pero, más tarde o más temprano, comienza inevitablemente la bajada y te cruzarás con personas que dejaste atrás al subir”.

Cuando llegó el aéreo bajamos hacia el monasterio, que yo pensaba que era nuestro destino original, pero me equivoqué como otras tantas veces me he equivocado en esta vida. Ya era por la tarde y no nos quedó mucho tiempo para visitarlo, pero si nos dio  tiempo a ver bailando a un par de collas sardanistas. En la anilla no sólo estaban los de la colla, sino que también gran parte del público estaba bailando y entre ellos pude ver al gran pintor Salvador Dalí (el genio) y a un monje que me dijeron que era el abad de Montserrat. Ahora, con la perspectiva que nos da el tiempo, creo que sería muy difícil repetir un viaje como aquel. También me imagino que no veríamos bailando una sardana al abad actual de Montserrat, D. Josep Mª Solé

Aquel viaje lo he tenido siempre muy presente. Aquello fue un viaje iniciático que mi padre me quiso enseñar en una edad crucial para un adolescente.

Gracias, Papá.

                                                                                                             Antonio Álvarez

De compras

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Entré en el bazar chino. No era aun la hora de clase, por lo que decidí dar una vuelta observando todo aquello que se puede otear en una zona comercial, danzando entre las estanterías por los diferentes stands, dando vueltas y vueltas. Preguntaba de vez en cuando por aquello que me pudiera interesar por distintos motivos. Era un bazar muy extenso, por lo que cabía pensar que se podría encontrar casi cualquier cosa.

La dueña del bazar me perseguía sigilosamente. Al darme cuenta, le hice saber que me interesaba casi todo lo que allí tenía expuesto, desde gomas de borrar hasta aparatos de ventilación. Le pregunté por una compra concreta, un libro, y me indicó amablemente su ubicación. Cuando lo encontré , me percaté que no era realmente el que estaba buscando.

No sabía qué hacer. Estaba malhumorado, pero seguí y seguí buscando hasta que encontré aquello que quería. Mi humor cambió. Era ya hora de ir a clase. Sin embargo, había pasado un rato muy interesante. Me di cuenta de que algo había pasado entre la dueña del bazar y yo mismo: el destino, de una manera extraña, nos había reunido unos minutos, nos habñia entrelazado en aquella fría tarde. Salí y me fui corriendo a clase.

¡Vaya chasco!

José L. Peydro

 

El hábito no hace al monje

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El hábito no hace al monje. Lo conocimos hace tiempo y, de él, me llamaron la atención dos cosas: sus ojos, que hablan, y su manera de vestir.

El sol de Abril pone a la gente febril. Es lo que pensé cuando nos llamaron para aquel proyecto. ¿Qué pintábamos nosotros en todo aquello? No da quién tiene, sino quién quiere. Era un proyecto ambicioso en el que cada cual podía aportar su granito de arena  y así, con lo mejor de cada uno, formar un todo unido. No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Con esta máxima íbamos hacia la Ciutat de les Arts, en Valencia, donde nos habían citado, sin saber muy bien qué querían y con qué gente nos encontraríamos.
A mal tiempo, buena cara. Llovía a cántaros y la gente que encontramos no nos gustó a primera vista. Todo eran trajes chaqueta y nosotros, en vaqueros. Mal empezábamos, aunque todo eran sonrisas y buen rollo. De momento, se sentó a nuestro lado descaradamente, haciendo levantar a nuestro amigo Joaquín, que era quién nos había metido en aquel lío; éste, mansamente, le cedió el sitio.
Por el interés te quiero, Andrés, fue lo que pensé, pues ya no paró de hablar y preguntar. Más tarde me arrepentí de haberlo pensado. Fue muy directo: no se anduvo con rodeos. Sabía muy bien lo que podíamos aportar. En un principio no entendíamos nada y nos quedamos de piedra al saber quien era aquel personaje honesto, empático, cercano, simple y muy abierto que nos hablaba. Una persona no muy grande en estatura, en vaqueros, como nosotros, con una camisa de hilo blanco sin cuello y dos collares de colores. Un personaje con unos ojos oscuros que hablan y con una educación exquisita. Que soluciona problemas rápido y quiere gente comprometida a su lado. Que lo tuvo todo (fama, dinero, —llegó a tener 3 deportivos Porsche en su puerta—) y que hoy en día va en bicicleta y opera gratis donde haga falta.
Es Pedro Cavadas, médico cirujano plástico, nacido en Valencia en 1965.
Sobre gustos no hay nada escrito. Necesitaba agua para su proyecto en Tanzania. Ésta era imprescindible para montar un hospital, de adobe, donde instalar un quirófano. Tenía varios médicos y enfermeras que apoyaban el proyecto, material quirúrgico y dinero,  sobre todo mucha ilusión, pero le faltaba un pozo de agua y saber exactamente dónde perforar.
Haz el bien y no mires a quién. Esa fue nuestra misión y puedo decir, con orgullo, que, a día de hoy, sigue manando agua. Cada uno entiende personaje y sitio famoso de una manera y, para mí, Pedro y Tanzania lo son. Por cierto, cada loco con su tema.
Elena Balado

A cada cerdo…

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Eran las 12 de la noche de un día gris y frío. La lluvia caía sin anestesia: gotas enormes y duras que hacían verdadero daño al golpear en los pocos transeúntes que se atrevían a cruzar la calle de la Peregrina. Él observaba desde la ventana de su despacho: su anterior ocupación le acostumbró a dormir poco. Aquella pequeña ciudad de provincias no había tenido jamás entre sus residentes a nadie tan ilustre como el ex presidente del  gobierno, Mariano Rajoy Brey.

Desde que fue despedido de su empleo, por los nefastos resultados electorales de su partido, D. Mariano, como así le llamaban sus conciudadanos, pasaba los días saliendo a caminar a primera hora, junto a sus perennes guardaespaldas. El parque de Rosalía de Castro era el lugar elegido, un idílico lugar en Pontevedra. Mentiría si dijese que era bien recibido por todos los habitantes de la ciudad: los partidarios de sus antiguos oponentes políticos no desaprovechaban la ocasión de soltarle algún que otro improperio en forma de refrán. Algunos le gritaban “Marianito: a cada cerdo le llega su San Martín.” En eso era más británico que español y estoicamente soportaba la guasa. Creo que de su época en activo había aprendido a desconectar cuando el momento lo requería.

Acabado el ejercicio matutino, regresaba a su casa: ése era el peor momento del día. El silencio lo inundaba todo. Elvira, Juan y Mariano, mujer e hijos, también lo habían abandonado, al igual que sus votantes y su partido.

Llevaba unas semanas muy pensativo, como abstraído. No acudía a diario al despacho y su secretaria pasaba horas de brazos cruzados esperando noticias de su jefe.

– “Algo le pasa a Don Mariano: siempre fue muy comedido y trabajador, cumplidor de sus obligaciones, y esto que está pasando no me cuadra”, le dijo a Emilio, el chófer,   que también llevaba días esperando la llamada del Jefe para recogerlo.

– “Es que lo que le ha pasado es muy duro; no sé como reaccionaría yo si mi Amparo me dejara por el líder de la Oposición”, dijo con cara de pocos amigos Emilio.

Don Mariano, abrió los ojos. La cabeza le daba vueltas. Comprobó con desesperación que los tres tubos de somníferos no habían hecho el efecto deseado y continuaba vivo.

– “Hasta en esto me ha abandonado la suerte, Dios Mío”, pensó

Se quedó mirando los periódicos que descansaban en la mesilla, los cogió y leyó los titulares

EXCLUSIVA: LAS FOTOS DE LA LUNA DE MIEL DE PABLO Y ELVIRA EN LAS ISLAS SEYCHELLES”

“ME CORTARÉ LA COLETA, SI ME LO PIDE ELVIRA”, “MIS VOTANTES LO COMPRENDERÁN

“FORMAMOS UN CIRCULO MÁS PERFECTO QUE EL DE VISTALEGRE”, afirma un enamorado Pablo.

La indignación y la vergüenza se apoderaron de Don Mariano. Salió como una exhalación hacia la puerta. Allí estaban sus guardaespaldas, de pie, con el semblante rígido.

“Denme una pistola, rápido”, les dijo D. Mariano.

Ambos se miraron extrañados, dudaron, pero El Jefe repitió enérgicamente,

– Rápido, una pistola, ¡carallo!

Uno de ellos se tiró mano a la pistolera que llevaba debajo de la americana y se la tendió.

– “Cuidado, D. Mariano, que las armas las carga el diablo”.

La asió con fuerza y cerró la puerta. Se quedó pegado a ella, sudando, llorando, temblando, y por su cabeza pasó el film de su vida: su niñez y juventud a caballo entre Galicia y León. Su carrera de registrador y su carrera política, siempre en el mismo partido, donde fue varias veces ministro y llegó a presidir el país. Su primer y único amor, Elvira, sus hijos… Finalmente, el fracaso en todo ello.

Decidió que era hora de bajar el telón, poner el the end.

Se dirigió a su sillón de lectura, cogió el DVD de Tesis, su película favorita y el ejemplar de La Catedral del Mar, su libro predilecto; los puso en su regazo, miró el arma, le quitó el seguro, se la acercó a la boca y, sin pestañear, apretó el gatillo.

Clik, clik, clik. Nada salió por el cañón: estaba descargada. En ese momento aparecieron los guardianes de su seguridad. Uno de ellos llevaba un cargador en la mano y, mirándole fijamente, le dijo:

– D. Mariano, hoy no es su día.

JOSE ENRIQUE SANZ YUSTE