Estoy muy agotado, me cuesta respirar y siento que mi corazón late más rápido para absorber más oxígeno, pero algo va mal y no sé qué es. Mis piernas no me sostienen, tengo los oídos vibrando muy rápido, el cuerpo temblando y una sensación extrema de pánico que me recorre las entrañas. Y yo nunca había tenido miedo,: más bien podría decir que soy muy valiente. ¿Qué está ocurriendo aquí? Algo me está sucediendo. No comprendo muy bien qué es, ni por qué me está ocurriendo esto.
No tengo noción del tiempo; estoy viendo imágenes de mis pensamientos de años atrás, cuando era pequeño. En ellas aparecen mis padres, mi lugar de nacimiento, donde el sol lo iluminaba todo, los cuidados y la paciencia de mi madre, y mis amigos y yo sintiendo el viento en la cara y disfrutando todos juntos, como si supiéramos que algún día ya no podríamos hacerlo.
Éramos jóvenes, fuertes y libres. Jugábamos a escondernos, a correr, a chocar, a demostrar quién era el más atrevido, vital, audaz, entero o con más agallas en nuestras aventuras. Oh… se me dibuja una tenue sonrisa en la cara. La vida era sencilla, pero hermosa.
Pero un día todo cambió. Llegaron varias personas a mi casa y el semblante de mis padres mostró preocupación y desencanto. Como consecuencia, me separaron de mi familia y de mis amigos. Estas personas, a las que había visto alguna vez mientras jugaba con mis amigos en el jardín, me llevaron a un lugar lejano y aislado, muy diferente al mío. Mi educación también cambió drásticamente: me obligaban a aprender actividades que nunca antes había hecho y a las que me negué en repetidas ocasiones. Mi carácter cambió muy a mi pesar. Su metodología y sus estrategias de liderazgo eran muy eficaces, pero también crueles, casi inhumanas. Por más que me preguntaba una y otra vez por qué, no lo entendía, y ahora me doy cuenta de que jamás lo comprenderé. Me estaban preparando y doblegando para hacer cosas que no formaban parte de mí.
Sin embargo, en este momento, mientras estoy tumbado en el suelo herido, recuerdo el olor a hierba fresca, el sabor del agua limpia y clara del río, el calor de los rayos del sol que me abrigaban, la música de los grillos y la frescura de las noches de verano. Todo eso se acabó; ahora solo siento mucho dolor, miedo y confusión. La espada del matador… Un instante de dolor y mi último pensamiento es de libertad y sin temores de ningún tipo. Y entonces caigo, la arena se tiñe de rojo, mis párpados pesan, se cierran mis ojos. Murió solo y en la gloria, según pensaban todos los que presenciaron este triste acto.
Sí: soy un toro de lidia.
Mi cuerpo queda en la arena y mi espíritu se esfuma. Mi nombre es… era… ya no lo sé. Solo soy un recuerdo, un susurro en la suave brisa y una mirada que expresó mi desgarrador dolor a quienes supieron observar la tristeza de mis ojos con el corazón en la mano y comprendieron el sufrimiento al que estuve sometido durante mucho tiempo de mi corta vida. Sentí dolor, sentí miedo, sentí tristeza.
Desde mi punto de vista y según las investigaciones científicas, no hay una raza de toros de lidia, sino que los ganaderos nos seleccionan porque nos diferenciamos de otros bovinos solo por ser más activos y reaccionar con mayor rapidez cuando nos sentimos agredidos. Se nos estimula y adiestra en soledad para que seamos «máquinas de embestir», pero somos mamíferos vertebrados a los que nos gusta vivir en grupos, como a vosotros, las personas. Tenemos un sistema nervioso y una estructura cerebral similares a los vuestros, que nos permiten experimentar miedo, dolor, estrés y angustia desde el transporte y el aislamiento hasta la salida al ruedo. Durante la lidia, los veterinarios, con mucha experiencia y conocimiento de nuestra fisiología, han informado de que los toros sufrimos un agotamiento metabólico y muscular grave y un aumento de las hormonas del estrés como mecanismo de defensa ante un daño grave.
Esperamos que las próximas generaciones puedan continuar investigando e influir en la toma de decisiones de la sociedad para que estas actividades taurinas tan crueles no se repitan nunca más. Los toros lidiados sufrimos una de las mayores torturas a las que pueden ser sometidos los animales. Además, es necesario educar al público y a los profesionales sobre el bienestar de los toros y la importancia de tratar a todos los animales con respeto y compasión.
Silvia Kloster