Te esperamos pronto

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HACE UN PAR DE SEMANAS QUE HEMOS COMENZADO EL SEGUNDO CURSO: NUEVOS PROFESORES, NUEVOS TEMAS Y CASI TODOS LOS COMPAÑEROS DE PRIMERO.

LA CLASE ESTÁ JUSTO AL LADO DE LA DEL CURSO ANTERIOR.

DICEN QUE LOS SERES HUMANOS SOMOS ANIMALES DE COSTUMBRES. SI ENTRARAS AHORA EN LA CLASE DE ESTE CURSO NOS LOCALIZARÍAS A CASI TODOS EN LA MISMA ZONA QUE EN PRIMER CURSO. LOS QUE NOS SENTÁBAMOS ENTRANDO EN LA PARTE DERECHA NOS HEMOS IDO SITUANDO POR ESA MISMA PARTE Y, MÁS O MENOS, A LA MISMA ALTURA, Y LOS QUE OCUPARON LA PARTE IZQUIERDA HAN IDO A OCUPAR IGUALMENTE LA MISMA LOCALIZACIÓN.

BUENO ES OBVIO QUE UNA VEZ SENTADOS Y MIRANDO AL PROFESOR UNOS PASAN A ESTAR A LA DERECHA Y LOS OTROS A LA IZQUIERDA. ASÍ NO HAY FORMA DE CENTRARSE Y SABER LAS TENDENCIAS DE UNOS Y OTROS (ME HE PERMITIDO ESTA PEQUEÑA BROMA…).

PERO LO QUE SÍ HEMOS COMPROBADO TODOS ES QUE EN LOS PRIMEROS ASIENTOS,  ENTRANDO A LA DERECHA, ( O IZQUIERDA, SEGÚN SE MIRE) NOS FALTAS TÚ. TAMBIÉN NOS FALTAN TUS HISTORIAS, TUS ENSOÑACIONES, Y TUS EMOCIONES ESCRITAS QUE TAN ENTRETENIDOS NOS TUVIERON EL CURSO PASADO.

HACE UNA SEMANA QUE ME DIJERON QUE ESTAS POCHO, PERO QUE TAMBIÉN TIENES GANAS DE VOLVER. TE ENVIAREMOS TODA LA ENERGÍA MENTAL QUE PODAMOS Y NOS GUSTARÍA QUE, CUANDO TENGAS ÁNIMOS, NOS ENVÍES ALGO, AUNQUE SEA CORTITO, PARA SABER DE TI.

UN ABRAZO.

Carmen Aguilella

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La mancha

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Parecía ser que nada podía quedar oculto a la agudeza crítica de sus ojos grises. Más aún, cuando ocupábamos un asiento de la tercera fila del patio de butacas, el día en que se estrenó la obra.

Nada más entrar en escena uno de los actores, ella la descubrió: parecía emitir una onda especial para sus ojos. Realmente, como mérito indudable, cabe decir que el hallazgo no era fácil de descubrir, sobre todo para unos ojos corrientes que intentasen valorar el conjunto de lo que mostraba el escenario; para ellos, el problema hubiese pasado desapercibido. Sin embargo, para ella pasaba a ser una evidencia luminosa y rotunda, tan grande, que era imposible contenerla dentro de sí, convirtiéndose en materia publicable, en primicia novedosa.

En definitiva, para ella, la parte era mayor que el todo.

Un codazo sutil me comunicaba que algo sucedía y que era digno de atención. No quería hacer nada que molestase a las filas posteriores y menos ningún comentario que diese lugar a un chis de silencio. Opté por no darme por aludido. No obstante no cejó de acosarme con sus discretos codazos, cada vez más discretos, ganando no solo en intensidad si no en ritmo. No entendía en absoluto mi deseo de guardar silencio y así siguió hasta que volví la cabeza.

Fue entonces cuando irremediablemente acercó sus labios a mi oído. Pensé en algún comentario importante, urgente o algún detalle con entidad suficiente para justificar el murmullo. Si acaso alguna frase del dialogo que tuviese un especial sentido para nosotros.

No fue, precisamente, ninguno de esos casos. Acerqué mi oído a sus labios para atenuar el irremediable comentario.

El actor del traje gris lleva una mancha en la camisa– me comentó incontenidamente su descubrimiento.

Aunque ya me estaba acostumbrando a sus incisivas apreciaciones, hice,  por pura cortesía, como si observase detenidamente lo que me había dicho, y volviendo la cabeza hacia ella, realicé una señal de asentimiento. Supuse que ello la tranquilizaría.

No fue así. No pasaron tres minutos cuando su codo volvió a lacerar mi brazo derecho.

Volví a hacerme el despistado…”¿algún botón descosido, más manchas, una suela de zapato rota?”- pensé…pero ante su insistencia incliné mi cabeza hacia ella.

-¿Te has fijado?

-¿En qué? -le contesté pensando en otro hallazgo.

-En la mancha.

-Sí, no se habrá dado cuenta– contesté, disculpando al actor y tranquilizándola a ella. No obstante parecía quedar una gran duda.

-¿Cómo es posible que se pueda salir así a escena?-dijo rotunda.

Parpadeé como media docena de veces…no tenía palabras.

-Ya ves, un despiste lo tiene cualquiera- dije tranquilizadoramente, no sé exactamente para quien.

-Pero esto es muy gordo, gordísimo-afirmó severa.

Seguí intentando concentrarme en la obra. De repente, otro codazo sobre la ya dolorida área, y sin pausa y con acento precipitado me preguntó

-¿Qué han dicho?

-No lo puedo saber, te estaba atendiendo.

No creo que captase el mensaje ni el ligero tono de incomodidad. Debería tomarlo como un reproche a su insistencia, mi tono quizá no había sido el adecuado, y yo no afirmaría que lo fuera, pero al menos pareció cejar en sus codazos, al menos de momento.

Pero no tardó mucho en volver a la carga sin el más mínimo desánimo, y si es que lo hubiese habido, aparentaba muy remoto.

-Podía haberse cambiado en el rato que no ha salido a escena.

Sí-contesté algo resignado,- no se habrá percatado el señor. Yo ya estaba poniéndome claramente de parte del de la mancha.

-Pues podían habérselo advertido.

Asentí con la cabeza como dejando entrever que ya no había compañerismo como el de antes.

Cuando llegó el entreacto y salimos al ambigú, volvió a insistir. Pero ahora ya pretendía pasar a la acción.

-No sé si ir a taquilla o decirle al acomodador, no sé, hacer algo, que alguien se lo diga…

Parecía estar dispuesta a todo antes de que la mancha echase a perder el estreno.

Déjalo-la tranquilicé- ya se lo habrán dicho en camerinos, seguro que ya sale sin la mancha. Para cambiar de tema le pregunté:

-¿Te va gustando la obra?

No sé-me contestó, con un tono más de pregunta que de afirmación.

En esto que un amigo, que como, yo solía ir a los estrenos, vino a saludarme en compañía de su esposa.

Presentaciones, saludos rituales y como es natural los apartados de género, chicos con chicos, chicas con chicas. De inmediato pude comprobar que entraba en confidencia con la esposa de mi amigo,  miraba de reojo imaginando lo que le decía. Es más, podía leerlo en sus labios, como si lo oyese de un megáfono que tuviese en las manos, más aún pensé, que le encantaría proclamarlo a los cuatro muros que nos rodeaban y decirle a todos, como ella, en un ejercicio de astuta observación,  había sido la única en descubrir la mancha de la camisa del co-protagonista y así, que todos los del patio de butacas mirasen a esa diana escandalosa al comenzar el segundo acto, y buscándola con la mirada le asintieran para reconocimiento de su descubrimiento.

Le haría sentir como la protagonista del patio de butacas y todos se arremolinarían a su alrededor al salir y le felicitarían por su avispada observación. Quizá incluso le pidiesen un autógrafo.

El timbre de llamada interrumpió mis elucubraciones casi febriles y volvimos a nuestros asientos.

Ya lo esperaba, era la profecía auto-cumplidora, esperaba ese codazo certero. acompañado sin tregua de la avispada noticia. Tanto es así, que cuando salió a escena el actor, sí, el de la mancha, no le dejé lugar a su observación, que además presentía con un tono de reproche.

Sí, ya me he dado cuenta, sigue con la mancha-me anticipé.

Parecía quedar satisfecha con lo que yo creía un reproche en la menor.

Debería pensar que me había circunscrito a su onda, que era de los suyos.

Terminó la obra. Tres o cuatro bises.

El resultado final del desenlace era que la mancha delataba al actor como presunto asesino de su esposa, cuando realmente era una mancha de ravioli a la putanesca, producida  al asistir a una romántica cena de infidelidad con su amante, mientras que su esposa era asesinada por un ladrón de joyas.

Después de una espesa espera, amén de silenciosa en el Parking, tomamos el camino de su apartamento para pasar juntos la noche de nuestra tercera cita.

Ella no soportaba el silencio que parecía haber impuesto el desenlace de la obra, que ya podíamos titular de “Su mancha” y me afirmó:

No me ha gustado la obra-dijo a quemarropa-además no me he enterado bien del final…¿la mata él o no?

¿Quién es él?-pregunté maliciosamente.

El de la mancha-me contestó.

Paramos en el primen Opencor del camino. Ella quería comprar una botella de cava para celebrar lo nuestro…nuestra tercera cita íntima.

Mientras se desplazaba del coche al establecimiento, en ese breve momento de soledad, en la fracción de un segundo, me sentí víctima de una intoxicación de rancia solera: Magnificar lo evidente, convertirlo en primicia informativa que crea un circulo vicioso, que a su vez se retroalimenta de sí mismo, sin avanzar ni llegar a conclusión alguna…

Cuando desapareció por la puerta del Opencor el semáforo más próximo cambió a verde. Me dio la impresión que el coche arrancaba solo, dirigiéndose raudo, para dejar a tras el semáforo, antes de que cambiase de color.

Me comprenden… ¿verdad?

Manuel Cañadas

Un cambio… también de gobierno

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Una semana odiosa: las noticias políticas se sucedían a cada momento. Presupuestos aprobados, sentencia condenatoria para el partido del gobierno, moción de censura, discursos encarnizados, bruscos, descalificadores… en definitiva acritud, mal gusto, odio, palabras mal intencionadas…un sinfín de esas cosas que le restan nobleza a la política.

Al descubierto la ambición de poder, unos por conservarlo, otros por apropiarse del mismo. ¿Tanto atractivo tiene el poder como para desencajar públicamente rostros que deberían ser respetables, si no ilustres?

La cortesía, el orden, la ecuanimidad y el fair play, se transforman en la grosería más burda, en el y tú más, en el único razonamiento válido, no para convencer al contrario, sino para enardecer y contaminar a las masas de ese comportamiento público, que en pura teoría debería ser ejemplar para la convivencia.

La mentira descarada, la evidencia desmentida, la verdad avasallada, el sesgo, la interpretación malintencionada, la utilización de cualquier motivo para convertirlo en arma arrojadiza, se convierten en espectáculo que deforma y parece dar legitimidad a su uso en la vida común, en las relaciones humanas.

Hoy sin embargo se ha visto por activa y pasiva el juramento del cumplimiento del deber de los nuevos políticos que acceden al cargo y el traspaso de carteras, símbolo de la transferencia del poder; y los que hace escasos días se comportaban como fieras enjauladas, mostraban un rostro humano, cortés, educado, simpático, incluso trasmitiendo los mejores deseos para la gestión de los que comienzan su labor.

¡No puede ser! Me digo a mi mismo, agradeciendo que se haga de ese acto protocolario un remanso de paz, de felicidad de quien se va y de quien se queda… Todos parecen contentos.

Y tomando una cerveza bien fría me pregunto…¿Dónde está la verdad? ¿Cuál es la verdadera máscara?… Claro, porque las dos no son posibles.

Manuel Cañadas

Admiradores de naturaleza

AAAAF

Caminamos por un sendero en fila india: nos vamos abriendo paso entre arbustos y plantas aromáticas en flor de distintos colores, a las que es imposible no acariciar, para que desprendan todo su aroma. El olor a tomillo, manzanilla y lavanda nos envuelve, acentuando nuestros sentidos. A ambos lados nos acompañan gran cantidad de arbustos, como enebros y sabinas: su color verde intenso en esta época del año contrasta con el suelo pedregoso que vamos encontrando según vamos avanzando. Compañeras de camino, corriendo de un lado a otro, salen a nuestro encuentro nuestras amigas las hormigas, que se agrupan como ejércitos defendiendo sus fortalezas. Nuestras pisadas y las de nuestros bastones deben ser como el mayor de los bombardeos para ellas.

Conforme nos vamos adentrando en el monte nos sorprende la arboleda: gran cantidad de pinos, carrascas, alcornoques, algunos centenarios, con el tronco desnudo, indicando que fueron despojados de su primera capa, para la obtención del corcho. Las hojas secas que se desprenden de los árboles, junto con algunas bellotas y pequeñas piñas, van formando una alfombra que acaricia nuestros pies.

Restos de antiguas construcciones, como refugios, masías, pozos y fuentes, cuyo material por excelencia es la piedra, aparecen de vez en cuando y se mezclan con el presente, dejándonos adivinar un pasado, en total armonía con la naturaleza, del que formamos parte y no debemos olvidar.

Es un día soleado y la temperatura es suave. Una pequeña brisa refresca nuestros cuerpos sudorosos. Los colores de nuestras camisetas destacan de tal manera que parecen formar una serpiente adentrándose en el bosque, de forma intrusiva, en todo este entorno natural. El silencio ayuda a nuestra concentración: cada pisada debe hacerse cuidadosamente por lo desigual del terreno, tanto que a veces olvidamos mirar a nuestro alrededor y disfrutar de las impresionantes vistas. Cada ladera, cada barranco nos deja sin palabras: no se puede describir, solo sentir. Después de varios kilómetros el cansancio va haciendo mella en nosotros, y en algunas subidas nos falta el aliento, pero los compañeros que van delante nos impulsan a continuar y seguimos su ejemplo.

Desde la cima, el paisaje queda a nuestros pies: es un momento único. Nos desprendemos de nuestras mochilas, respiramos hondo y nos dejamos llevar por todo lo que nos envuelve, un regalo para nuestros sentidos, el que nos brinda solo y únicamente la naturaleza.

Nieves Bejerano

Breve homenaje a D. Antonio Machado

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La generación del 98 siempre ha sido uno de los pasajes de la historia de España, que me ha encantado. Entre los grandes personajes de esta época, D. Antonio Machado Ruiz  (Sevilla 26 de Julio 1875- Colliure (Francia) 22 de Febrero 1939) fue de los más destacados. 

Machado fue el más joven representante de la generación del 98. En sus inicios, el tipo de literatura que plasma en el papel es de tipo modernista evolucionando en corrientes como el simbolismo y el romanticismo. Dentro de la gran obra que este erudito de la literatura Cervantina nos legó, y pese contar tan solo con 63 años cuando falleció en el exilio, destaca una autobiografía, a través de sus versos (Soledades, Cancionero Apócrifo, etc.).  Tuvo el arte de escribir en prosa lo que sus ojos veían.

“Retrato” … Mi infancia son recuerdos, de un patio de Sevilla, / y un huerto claro donde maduran los limoneros,/ Mi juventud, veinte años en tierras de Castilla / mi historia, algunos casos que recordar no quiero… Con cuatro renglones resume su vida.

Destaca su fructífera estancia en Soria, después de su paso por Madrid, París, y como él bien dice, veinte años en tierras de Castilla. También estuvo como docente en Baeza y en Segovia, donde le sorprendió la proclamación de la II República, pero fue en Soria, y en aquellos páramos, donde escribió “Campos de Castilla” con una serie de extraordinarios versos, para mí los que más me llenan el alma.

Pero llego la Guerra Civil, y el continuo deambular por la piel de toro. Pasó de vivir en el Madrid republicano a Valencia (Rocafort) y mas tarde a Barcelona, para al final recalar en Cerbére (Gerona) y cruzar la frontera con Francia, para llegar a su destino Colliure (Francia), donde descansan sus restos. Dice Max Aub, que Machado “Es la extirpe romántica, la sencilla bondad, el vigor intelectual y la sencilla melancolía”

Os voy a hacer participes de uno de los versos que contiene “Campos de Castilla” posiblemente para mí el más bello; Os sonará, pues también ha sido musicado por Juan Manuel Serrat.

              

      A un olmo seco

 

     Al olmo viejo, hendido por el rayo

     y en su mitad podrido,

     con las lluvias de Abril y el Sol de Mayo,

     algunas hojas verdes le han salido.

      ¡El olmo centenario en la colina,

     que lame el Duero! un musgo amarillento,

     le mancha la corteza blanquecina,

     al tronco carcomido y polvoriento.

       No será, cual los álamos cantores,

     que guardan el camino y la rivera,

     habitado de pardos ruiseñores.

       Ejercito de hormigas, en hileras

     va trepando por él, y en sus entrañas

     urden sus telas grises las arañas.

       Antes que te derribe, olmo del Duero,

     con su hacha el leñador, y el carpintero

     te convierta en melena de campana,

     lanza de carro, o yugo de carreta;

        Antes que rojo, en el hogar mañana,

     ardas de una misera caseta,

     al borde de un camino;

       Antes que te descuaje un torbellino,

     y tronche, el soplo de las sierras blancas

     antes que el río, hacia la mar te empuje,

     por valles y barrancas,

    olmo, quiero anotar en mi cartera,

    la gracia de tú rama verdecida.

      Mi corazón espera

    también, hacia la luz y hacia la vida

    otro milagro de la primavera.

 

    Antonio Machado,  4 de Mayo de 1902

 

Es posible que de los tantos escritos que D. Antonio Machado nos legara, éste no sea el que más guste, pero a mí me trae a la mente al viejo olmo y el futuro que le está esperando: es como una premonición para la vida de cada uno de nosotros. Y si algún día, el olmo fue arrogante, fuerte, y vigoroso, el tiempo, como a todo, llegado el momento, pasa su factura. Recordad cuando en la adolescencia, el año 2000, estaba tan lejano: pues bien, lo hemos pasado y sobrevivido al menos hasta el 2018, y recordad que también hemos sido orgullosos, arrogantes, y ¡jóvenes!

Ahora estamos en el tiempo que el rayo nos ha partido, a algunos una rama, a otros mas de una; unos tenemos las telarañas tejidas en nuestro interior, y nos corren hileras de hormigas, por cualquier parte, que un día iremos por valles y por barrancos, al encuentro del mar.

Pero Machado también nos da la esperanza, de “otro milagro de la primavera” y si acaso no es así, sea lo que sea, bienvenido sea.

 

        Fernando Vallés

        febrero 2018

 

    

¿En paro?

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– ¡Un ERE! Dicen que van a hacer un ERE y nos iremos todos a la calle. ¿Qué haremos?… ¡VIVIR!

No entendí muy bien que quería decir ¡vivir! con los nervios que tenía encima, pero él, como siempre, tranquilo, me dio la explicación.

Primero, pintaré la casa y como los niños ya tienen una edad para andar solos, haremos lo que tantas veces hemos hablado: viajar, por España, sin prisas.

– Pero, ¿cómo nos vamos a ir? ¿Qué pasará si no encuentras trabajo?…

– Eso ya llegará; llevo desde los 14 trabajando sin una baja. De momento, ¡a disfrutar del paro!

No me podía creer que me dijera eso. El ERE llegó a finales de Marzo y, como él quería, pintamos la casa y empezamos a hacer planes. A mediados de abril nos fuimos a Mallorca, pues tenía un compañero de la “mili” que hacia tiempo que nos reclamaba. En el avión decidimos que nos iríamos por ahí de lunes a viernes y pasaríamos el fin de semana con la familia. ¡Qué bien lo pasamos! ¡Qué sensación de libertad sin horarios!

Fuimos, después a Extremadura, visitamos todos sus dólmenes. ¡Qué rojos atardeceres! Más tarde a Ampurias, Girona, San Pere de Roda, los volcanes de Olot y bajamos por la Serrra del Montseny. ¡Cómo se respira allí! Volamos a Menorca y todo fue luz y azules. Recorrimos Recópolis (Guadalajara), hicimos el Camino del Alto Tajo desde Peralejos de las truchas y de ahí al Pozo del Señor del Agua, en Montilla de Azuer (Ciudad Real), ¡Impresionante! Volvimos a Toledo, una vez más. ¡La piedra habla! Recorrimos el Románico Catalán cuando la primavera estaba en su esplendor ¡Cuánto disfrutamos de sus verdes valles y sus cumbres nevadas!

Pero la sorpresa la tuvimos en Granada. La entrada en la Alhambra la compartimos con un grupo de japoneses, muy amables, que hablaban bastante bien castellano. Nunca olvidaré su regalo. Estábamos en el Patio de los Leones y un guitarrista japonés nos sorprendió con sus acordes. ¡Cómo tocaba! Me emociono al recordarlo. Llegamos a Sierra Nevada y subimos al Mulhacén y de ahí Guadix con sus casas cueva.

Luego tocó 12 días por Aragón y quedé enamorada, otra vez, del Monasterio de Veruela. Subimos al Moncayo. ¡Qué frío allí arriba, pero qué vista! Sos del Rey Católico, Colegiata de Bolea, Castillo de Loarre, Jaca  y Alquezar, subida a Monte Perdido y por Pont de Suert y Lérida a casa.

Viajamos sin  prisas, parando donde nos apetecía.

A finales de Julio lo llamaron para trabajar y pensamos que “perdíamos” el verano con nuestros hijos. La casualidad quiso que la nueva empresa cerrara en agosto. Nos fuimos de vacaciones, los cuatro, por el sur de Francia.

Fue otra manera de “vivir” el ERE.
Elena Balado

Mi padre

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¿Qué recuerdo de mi padre? Sobre todo, sus ojos grandes, limpios, de color gris jaspeado, de persona buena, honesta y tranquila, pero luchadora y trabajadora. Mantengo el recuerdo de esa mirada que tantas veces a lo largo de la vida me ha tranquilizado. Nunca he encontrado otros ojos tan bonitos y con unas pestañas tan largas que me transmitieran la misma paz, y mira que a mí me gusta cuando hablo con las personas  mirarles a los ojos. En la cama del hospital sus ojos eran suficientes para saber cómo estaba, porque él siempre estaba bien. De las otras muchas cosas que recuerdo es cuando me ayudaba a hacer los deberes, especialmente a buscar en los diccionarios las palabras. ¡Mira que nos hacían buscar definiciones! Y también lo mucho que le gustaba pescar en vacaciones.

Mi  padre se marchó cuando yo tenía recién cumplidos los 18 años, después de darme una lección de lucha, coraje y saber estar. Estuvo ingresado en Valle Hebrón (el Hospital General de Barcelona) cinco meses, luchando contra las complicaciones que iban saliendo en su enfermedad hasta el último momento. Entonces le dijo a mi madre  “Dolores, ya no puedo más”.

No pude disfrutar de su compañía: éramos muy jóvenes, y eso siempre lo he tenido como lastre.

Mª Carmen Barberan

Preguntas

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Cuando, al preguntarle si era feliz, le respondió con una afirmación que encerraba un tono desapasionado, encriptado, como si al indagarlo ella misma, le alumbrase alguna duda más que razonable, llegó a creerla.

Sin embargo, a ella le pareció que tenía que convencerse a sí misma de sus palabras. Dejó en el aire de su gesto, rúbrica difusa, que no quería que fuese reconocida como su propio sello por ningún interlocutor al que se enfrentase.

Si ser feliz representaba intentar llegar al límite de lograr tus sueños, tus deseos, tus aspiraciones, si es que habías intentado con todas tus fuerzas hacerlos realidad, sí que lo era. Había hecho todo lo humanamente posible por lograrlo. Pero en el fondo le quedaba una gran duda de haberlo sido. No podemos interpretar los intentos como los logros, por muy intensos y constantes que hayan sido. Los esfuerzos por ser feliz quizá deban ser ligeros, sin la densidad de la voluntad empujándolos. A veces el éxito se confunde con la felicidad.

Habían hablado de pocas cosas aquella mañana, en que la casualidad les hizo enfrentarse en un pasillo. Eran más de 20 años desde la separación y, durante todo ese tiempo, habían estado ausentes de sus vidas. Habían sido un presente ausente, el estar pero sin saberlo. Los caminos se bifurcaron después de aceptar ella un nuevo destino de su empresa en Londres. Entonces entraba en su mente que ser mujer y lograr ser la directora de la delegación en Londres, era no sólo una legitima opción personal, sino un logro de género. Los encuentros alternos cada dos semanas de un principio, se fueron espaciando. Una vez por cuestiones de trabajo, otras por…; al final, por pereza.

El final de todo tuvo lugar en un encuentro en París, donde ambos se sentían en un territorio neutral. Fue ella quien lo planteó, quizá esperando de él una negativa a aceptarlo, que le pidiese otra oportunidad, que le hiciese una contraoferta que le demostrase su interés por continuar juntos. Pero las estrategias de negocios no son válidas en el amor; es más, no son juego limpio. No fue así: él aceptó la ruptura sin cortapisa alguna, como si lo estuviese esperando, o lo que es peor, deseándolo. Al menos eso quiso dar a entender.

Fueron pasado el uno del otro, una parte de ese pasado en la memoria, teniéndose otra parte en una ausencia incomprendida, en la que durante la misma, y de una forma constante, habían recibido ecos de salpicaduras de sonrisas añoradas, otras de sentimientos de soledad, otras de reproche, pero siempre presentes en sus vidas la imagen del otro, de los instantes pasados.

Ese momento de sinceridad tan esperado, después de más de 25 años, en el que podían hablar con la franqueza a flor de alma, sin orgullos heridos, sin falsas indolencias, se estaba convirtiendo en el lugar verdadero de encuentro, en el momento clave del encuentro, en el que las máscaras se quedaron en el vestuario. Nadan tenían que demostrar; el tiempo lo había demostrado todo. Era el lapsus en el que los actores de un guion social se convertían en personas para dejar el personaje, con el reconocimiento implícito y clamoroso de acatar que habían cometido el error más evidente de sus vidas.

Más de 20 años de distancia en el espacio, de hacerse los inmunes, de almenarse brindando al sol la soledad inmensa que sentían sus almas, de frío tiritado, de nombre llamado y muerto en los labios al querer pronunciarlo por miedo a convertirlo en grito. De llamada desgarrada perdida en el vacío.

¿Y ahora qué?… el tiempo…la vida, la puta vida. Joderrrr… ¿dónde está la marcha atrás? ¿Dónde guardamos los meses rotos de los calendarios, las hojas de los otoños? ¿Dónde las horas de suaves besos perdidos en la piel tersa y fresca?…¿Dónde la licuada humedad que nos palidecía?…

El destino les había vuelto a juntar en el pasillo de un hospital. Él esperaba una intervención delicada de corazón. Ella cuidaba a su marido convaleciente de una grave operación de un tumor cerebral.

Habían acordado un encuentro en la cafetería del hospital que, después del tumultuoso desayuno, dejaba flotar en el aire un ligero aroma de café y bollería; el local respiraba una relativa tranquilidad, creando un ambiente propicio para una conversación instalada en la más pura de las verdades. Frente a frente, los dos seres reencontrados, se disponían a  saldar una cuenta de sinceridad pendiente después de toda una vida. Comenzó ella. Un ligero tono de excusa ponía un fondo de música de bolero más que de tango:

-Yo quería ser una mujer en la dimensión, en que en aquellos momentos, se nos encuadraba a las mujeres. Un ser nuevo de la especie, una Mullier sapiens, libre, autónoma, capaz de superar a los Homo sapiens en todos los terrenos; tenía que demostrarme a mí, a mis congéneres y sobre todo a ti, que lo era, que la evolución se había producido, al menos, en mí. ¡Qué estúpida fui!… Ayer me preguntaste si había sido feliz y aún, hasta ahora, quise dejártelo como una duda… pero hoy no quiero mentirte. No, no, ¡NO LO HE SIDO! Sencillamente he vivido, saboreé el poder y la gloria pero perdí el amor, tu amor. Además, con el paso del tiempo, me sentí víctima manipulada de corrientes políticas e ideológicas que se superponían a la realidad, dándole un sentido de agravio, de injusticia ultrajante. Nos dejaban avanzar unos peldaños, pero el verdadero poder era el que era, el que quería hacernos sentir como a ese niño, al que simulas dejarte ganar en un juego de adultos, para estimular su autoestima. Para llevarlo y reconducirlo por donde te dice la cultura que debes hacerlo.

Él extendió la mano, en la que una vía médica, sujeta por un esparadrapo, la convertía en un apéndice robotizado, y secó la lágrima que caía por aquella mejilla, tantas veces besada, con el dorso de sus dedos, en un gesto de caricia suave y tierna.

Después de un silencio denso, recapacitado, el tomó la palabra:

-Yo…yo –titubeaba– me sentí desplazado, insignificante en tu vida, un simple profesor de primaria, al que su novia tenía que pagar sus viajes a Londres. Me sentía como incapaz de igualarme a ti, diminuto. A veces un aprovechado, un pobre, incapaz de llegar a tu nivel. Mi sentido de la hombría quedaba contigo en una mascarada impropia y sin escala asimilable, desproporcionada e incapaz de equipararte. Yo tenía que abandonarlo todo para seguirte, eso no era propio de un hombre, y quizá en Londres ser el marido “de”, el que en casa cuidaba de los niños, de la comida, mientras tú estabas en reuniones importantes, impartiendo ordenes, estrategias…en fin, todo lo que llevaba consigo tu nueva posición. Sin conocer el idioma ni nada de aquel país, mi vida iba a ser un apéndice de la tuya, tus amistades se mofarían de mí, me menospreciarían, me verían como un chulo que vive de una mujer. ¡Qué iban a pensar mi familia y mis amigos!

En esta ocasión fue ella quien extendió su mano para mesarle sus cabellos grises, mirando su rostro inmensamente y en el que aún, reprimía el gesto de una lágrima con una sonrisa casi patética, y sin poder evitarlo le dijo…

-Cariño, mi amor….qué error… qué inmenso error. Hay víctimas en la sociedad que no lo son por sí mismas, si no del subproducto de ella, de sus heces mas normalizadas, nosotros somos unas más de ella…pero-dijo, queriendo aliviar el daño– ¿qué ayudas sociales hay para las víctimas de la cultura que nos inocularon, en la que nos educaron diciéndonos lo que era políticamente correcto?.

Él quiso también romper el triste momento de queja en que se estaban instalando. No quería que el instante mágico se convirtiese en un lamento de plañideras sin camino a ninguna porte.

En tono de broma espetó:

-¿A quién reclamamos una subvención por los años que nos deben? –dijo, con una triste sonrisa que pretendía aparentar algo muy distinto- O mejor, montemos una ONG de víctimas de la cultura alienante de los 80…-siguió con una larga perorata llena de chispas de sutil humor, que curiosamente, pretendían iluminar centrando el foco en el lado hermoso de la vida. No era resignación ni ánimo, sencillamente pensaba, que aún había un lugar para la esperanza.

Ella pensó que no había perdido su fino sentido del humor: los años no le habían cambiado. Siempre quitando asperezas y simulándose indemne a puñaladas, con sonrisas, como muestras de indoloras sensaciones de un caballero acorazado, de una personalidad que estaba por encima del dolor, de la sensibilidad, de la ternura, un encajador al que nada podía derribar, nada podía ser más fuerte que él.

Con esos dedos enredados en su pelo, sintió el viento del universo entrar en su cuerpo, sus ojos se quedaron fijos mirándola. Seguía siendo para él aquella joven de su barrio, bella y dulce que esperaba a la salida del instituto… y poco a poco, como apagándose, fue perdiendo la sonrisa de sus ojos sin poder simular una mueca, para ir transformándose en una máscara trágica del profundo dolor hondo, que de pronto, le enraizaba el centro de su pecho, quemándole como una lava de volcán.

Manuel Cañadas

Tres días y más

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Aterrizo en el aeropuerto de Ibn Batouta después de un maravilloso vuelo. Me han dado ventanilla. A mi lado no había nadie y el tercer asiento lo ocupa un hombre, bien vestido, con rasgos árabes, muy amable y que habla bastante bien el castellano.

– ¿Vuelas sola?

– Si… —Menos mal que vienen a recogerme, pienso.

Hemos  volado  bordeando la costa, a baja altura y en un día muy claro con lo cual he podido ver todo el relieve terrestre desde Barcelona a Ceuta. Una verdadera gozada. ¡El Delta! ¡Qué bien se ve Peñíscola! ¡Esto es Castellón!…

En el aeropuerto el martirio de la aduana. Una voz me saca de mis pensamientos. “Ven conmigo, será más fácil”. Sin pensar, obedezco a mi compañero de vuelo y entonces se presenta: “Soy Kassim, sígueme, saldremos en unos minutos”. Así fue: pasamos a una taquilla diferente y después de rellenar la ficha de entrada al país y enseñar mi pasaporte, con toda la amabilidad del mundo, nos dejan pasar. Le doy las gracias y vamos hacia la salida. Tánger me recibe con la primera sorpresa: escuchar la llamada a la oración del almuédano que se repite, como un eco, desde varias mezquitas produciendo, al oído, una estereofonía múltiple que me eriza toda. ¡Bien empezamos! ¡Vaya recibimiento! Veo a mis amigos Fatiha y Abdel y, en ese momento, recibo otra sorpresa: Kassim es el primo de Abdel en una familia toda de mujeres.

Compartimos coche sin parar de hablar. Nos llevan a Tetuán y, sin perder tiempo, nos adentramos en la Medina. Me sorprende, una vez más, la mirada de sus gentes, los colores, olores, sonidos, toda ella y me siento dentro de la película “El Tiempo entre Costuras”. He venido para una boda que por aquí duran tres días con un ritual muy rico y variado y una gran carga emocional. Me integran, como una más, desde el primer momento y participo en todo a su manera.

El primer día, de la Purificación, empezamos a cocinar con la primera oración. ¡Cuánta verdura lavé y corté! Más tarde, tejimos dos guirnaldas de flores que hicimos con papel de colores y adornamos con toldos, rojos y verdes, y alfombras la terraza de la casa de la novia. Todo esto con mujeres de todas las edades tocando tambores y cantando alrededor de la novia que, inmóvil en medio del jolgorio y sentada en una especie de trono, lo contemplaba todo. Me impactaron sus “gritos” de júbilo con la lengua e incluso me enseñaron cómo se hacia. Terminamos a mediodía colocando una de las guirnaldas de flores en un mástil que pusimos en la parte más alta de la casa: es la señal de que hay una boda. El otro collar se lo ponen las amigas de la novia en la testuz a una vaca que es paseada por todo el barrio por los amigos del novio acompañados de música tradicional marroquí. ¡Qué rítmico y colorido!

Por la tarde, las mujeres más próximas a la novia junto a sus amigas, nos vestimos con túnica y pañuelo blanco y, a modo de pasacalle por toda la Medina, nos dirigimos al Hamman (baños) acompañadas de música. Me pareció como una despedida de solteras en un balneario. ¡Qué lujo!… un gran patio con fuentes espectaculares, mucha decoración árabe, agua que emana por todos  lados, mosaicos, piscinas, muchas flores, vapores, olores, tumbonas, y té con hierbabuena. Reviví mi niñez cuando mi madre me bañaba y me impregné del olor tan peculiar del negro jabón con el que nos frotábamos unas a otras. Todo acompañado de cantos para alejar los “yenun” y muchas risas.

¡Me sentí la princesa del cuento!

El segundo día es el de la Protección y Prosperidad. Empezamos cocinando couscous y arreglando el salón de la casa donde se realizaría la ceremonia de la Henna. La novia, toda vestida de blanco, y nosotras, sin zapatos y con trajes de fiesta. Sientan a la novia en un trono y su madre le presenta un cirio blanco donde se escribe con henna el nombre de la novia y se le hacen símbolos de protección. Luego es la madre del novio quien lleva otro cirio blanco en el que se escribe el nombre del chico y se hacen símbolos de prosperidad. Cantan una canción que me emociona. Son peticiones para el bien del matrimonio y mientras, a Shijam, la novia, le van pintando manos, piernas y pies con la pasta  negra. Me maravilla la destreza y rapidez de Ikram en realizar los dibujos geométricos y florales con la jeringuilla de henna sin equivocarse una sola vez. Más tarde seriamos las invitadas las que pasaríamos por el ritual. Tuve las manos y los pies pintados más de un mes. Al anochecer subimos  a la terraza que habíamos montado el día anterior y allí recibimos a la novia con el primer vestido de la noche, en color fucsia, de princesa árabe con unas impactantes joyas. Fue su hermana quien le cantó poniéndole henna dentro de las uñas y en la palma de las manos para que sea fecunda. Nos sirvieron un té delicioso y bailamos más de una hora esperando el segundo vestido, un kaftán dorado y bordado en rosa más espectacular que el primero y fueron su madre y su abuela materna quienes entonaron una canción de despedida. “Ya no dormirás en tu cama de niña…” “ya no te trenzaré el pelo…” Lloré mientras me traducían cada estrofa: es un canto desgarrador adaptado a cada novia, intimo y al ritmo de un Darbuka (tambor de cerámica y piel). Cenamos allí mismo ensaladas de verduras, couscous y tajine de pollo, con las manos y acompañado de su pan como tenedor. Luego empezó un disc-jockey (por supuesto mujer) y, a pesar del cansancio, bailé de lo lindo. Sobre las 4 de la mañana empezaron  todas a “gritar” y fue la señal de que empezaba otro ritual, el Rapto. Los amigos del novio simulan robar a la novia y la ponen dentro de una gran jaula de madera que suben y atan a un burro tapándola con una sábana blanca primorosamente bordada. Se forma un gran jaleo. Una mano me toca pronunciando mi nombre, me sobresalto y al volver la vista me encuentro con Kassim que me va explicando toda la ceremonia hasta llegar a la mezquita. Allí se canta una oración en acción de gracias y luego se pasea, bailando, por todo el barrio. ¡No sé cómo pueden aguantar allí dentro encogidas! Amanecía cuando llegue para acostarme y aún faltaba otro día.

La celebración del último día empezó a la caída del sol, con la llamada a la oración desde el alminar de la mezquita. Un atardecer rojizo que me trajo una mezcla de sensaciones. Estaba muda de asombro por esa repetitiva melodía que lo inunda todo y por un sol bajo reflejado en las piedras del viejo recinto, a orillas del mar, donde nos encontrábamos. Mi vestido, el ambiente, los sonidos, los colores de la tarde, el olor a mar y a jazmín me hacían estar en otra dimensión. Los novios entraron, por fin juntos, ella con un kaftán granate con capa bordada, un collar enorme y una rica diadema. Él con chilaba corta, pantalón bombacho, babuchas y sombrero rojo marroquí. Se sientan en el trono y es el momento en que las  amigas le bailan la danza típica de la región, el “baile de la cosecha”. Se van los novios a cambiar de vestido y nos sirven un delicioso té de hierbabuena con un plato de pastas que luego te llevas a casa para el desayuno. El segundo traje es un kaftán de pedrería blanco acompañado de una tiara y es el  momento de “Bailar a  la novia”. La sientan en una especie de peana y, al ritmo de timbal y trompeta la pasean, bailándola, por toda la sala. ¡Parecía una Virgen en el trono ! Bailamos y nos sirven dátiles. Tercer traje, un maravilloso sari rojo bordado con perlas blancas. Nos hacemos fotos y pasamos a cenar: ensaladas de verduras, garbanzos con ternera, cordero al horno, pollo con especias y un flan con frutas. Eran las 3 de la mañana.

Por fin salen vestidos de novios, como aquí y empieza la despedida con otro bonito rito. La madre del novio le ofrece a su hijo un vaso de leche y un dátil y este se lo ofrece a la novia. Ella se lo bebe y come. El novio la besa en la frente al igual que su suegra y, a partir de ese momento, la novia pasa a formar parte de la familia del novio. La novia va besando, una por una a sus tías, amigas, abuelas, hermanas y por último a su madre. La suegra le pone un manto blanco por la cabeza a modo de capucha. Salen a la calle y se van en coches, con los amigos, a dar vueltas por el pueblo hasta que amanece.

El viaje de novios consiste en ir, junto a la familia, por los bonitos pueblos que hay alrededor. Con ellos visite Chaouen, el pueblo azul; Arcila, el pueblo verde, Esauira, Tánger y Casablanca, desde donde volé a Barcelona. Me hicieron sentir siempre como en casa y pude vivir, en primera persona, rituales reservados a la familia. Me traje más de 1500 fotografías y muchas ganas de volver. 

Elena Balado

Teatro

teatro

¿Qué es el teatro? ¡La vida misma lo es! Pero no: no me refiero sólo a la vida que a cada uno nos toca interpretar por tener que vivirla, sino a la interpretación teatral del espectáculo en sí.

El miércoles 9 de mayo de 2018 representé junto con mis compañeros del taller de teatro la obra “Quan la poesía es fa humana”.

Fue algo alucinante ya que me gusta mucho este mundo, tanto el ir a disfrutar del teatro como en esta ocasión el interpretarlo. Era la primera vez que yo interpretaba, aunque no la de ponerme delante del público, pues en mi adolescencia estuve en un coro varios años y me gustaba mucho, pero la vida te lleva a veces a tener que decidir y lo dejé. Ahora he tenido la suerte de poder apuntarme al taller de teatro y, cuando me apunté, estaba muy ilusionada, con ganas de ver realizado el sueño que siempre  tuve,  no sólo el de ver teatro, sino también el de interpretarlo.

Cuando iba a las clases junto con mis compañeras y compañeros (a algunos no los conocía todavía), empezó todo a ser divertido, emocionante. Había clases en que nos tocaba repetir varias veces la escena porque no salía bien; otras salía mejor, pero siempre lo tomábamos con humor.

Cuando empecé a ver que ya se acercaba la fecha de la interpretación en el teatro, me vinieron una y mil cosas a la cabeza: en qué lío me he metido, a ver si no me sale la voz,  ¿y si me equivoco? Y muchas más. Pero me dije para mí misma que no debía rendirme, que todo saldría bien.

El día llegó. Tuvimos, antes del estreno, unos ensayos para ajustar las luces, el sonido, la  puesta en escena, etc. Cuando terminó la actuación no podía creerme lo bien que salió: estaba con una alegría inmensa. Mi cuerpo estaba como lleno de agujas clavadas de la tensión acumulada, pero yo estaba feliz, radiante; no me podía creer la sensación que estaba en esos momentos experimentando. Y veía a mis compañeros en la misma situación.

Cuando bajé a saludar a mi familia, fue espectacular la alegría que tenían por haberme visto en el espectáculo. Me felicitaron, como también hicieron con los compañeros que estaban por allí. También nos felicitaron los representantes académicos allí presentes. Fue maravilloso, extraordinario… me faltan calificativos para expresar tanta emoción. Estuve todo lo que quedó de día en una nube, y también al día siguiente no me lo creía. Me impresionó la cara de satisfacción del público: estaban contentos, especialmente los de mi curso, primero. Son a quienes conozco. A ellos y a todos los que no pudieron asistir, ya que también nos felicitaron al día siguiente, mi gratitud y un abrazo muy fuerte

Dicen que en la vida siempre hay unos minutos para la gloria: pues bien, yo la tuve.

Gracias y un abrazo a todos.

T.B.C.