
Para mí, la naturaleza es infancia, juventud…, tierra negra para sembrar, acequias donde croan las ranas, perros, gatos, gallinas, conejos, etc. Es una naturaleza pequeña, de estar por casa, casi insignificante, en la marjalería del Grau de Castellón, donde me crié. No es una naturaleza global, mundial, que deben proteger las leyes de los hombres, leyes cambiantes que se cumplen raramente. Las leyes de mi naturaleza son las suyas propias: nacer, crecer, vivir, morir… plantas y animales, entre los cuales nos hallamos los humanos. Los fenómenos meteorológicos, que en estas latitudes son devastadores, te llevan en una riada antes de que cante el gallo o no llueve en cuatro meses y se secan hasta las fuentes.
¡Fui feliz! Declaro que fui feliz.
En invierno, íbamos al colegio rompiendo el hielo de los charcos con las botas de agua (no hiela aquí ya en invierno). En verano, podíamos jugar con barro, cazar ranas, bañarnos en el mar y, al volver, nos esperaba el agua fría del pozo… Es verdad, siento nostalgia. También siento pena porque no podré enseñar a mis nietos esta maravilla de la naturaleza que mi hijo conoció poco.
Pocas cosas hay más gratificantes que enterrar una simiente en esa tierra negra, mullida y arada y, a los pocos días, ver un brote verde salir de ella —puede ser patata, judía, zanahoria o guisante— y verlo crecer día tras día hasta convertirse en esas hortalizas; no hay nada mejor que las que uno mismo planta. Otra cosa que mi hijo, ni sus hijos, conocerán es que, cuando cacarea la gallina, termina de poner un huevo. Si vas y lo coges recién puesto, está calentito.
Siento nostalgia. Se nota, ¿verdad?
¿Volvería a ser aquella niña menudita y rubia que se rebozaba en la tierra mientras ayudaba a sus padres a recoger la cosecha de patatas o que jugaba con los gatos mimosos en su regazo mientras leía un cuento de Sissi emperatriz? Tal vez sí, o tal vez no… Con los años, he aprendido que hay muchas más naturalezas que aquella que me enseñó el valor de las cosas pequeñas, el amor a los animales y el respeto a mis mayores.
Ahora, la mayor soy yo.
Mi hijo, sus hijos y los hijos de sus hijos conocerán y sabrán de otras cosas y otras naturalezas que yo posiblemente no conoceré, pero sí sé que la naturaleza de mi infancia y mi juventud fue muy buena. ¡¡¡SÍ LO SÉ!!!!
Rosana Carpi








