El puente que espera

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No puedo recordar con precisión lo que sucedió aquella tarde de julio. Sólo una espesa nebulosa, que empaña mi recuerdo, contiene algunos rasgos que me traen el esquema de lo ocurrido, su esencia y las consecuencias que conllevaron. Esas sí que las recuerdo. Están en mí, como una herida, todos los días y toda las noches de mi vida, en cada acto, en toda circunstancia. Es una herida con un dolor de fondo que nunca se acaba, si no es para renacer con más vigor ante recuerdos momentáneos, en instantes a veces inconscientes.

Recuerdo remotamente que fue una simple discusión sobre la conducta de su pareja… Cogió airadamente a tu hijo en los brazos, y sin decir ni un adiós, se marchó. No quise darle excesiva importancia al principio: ya volvería. Ella tenía ese genio. Quizá estaba pasando un mal momento y yo lo desconocía, y lo creí un enfado pasajero, un disgusto, un reproche, haber tocado un punto sensible de su convivencia del que ella dudaba, poniendo unas cartas boca arriba, algo que se le hizo evidente… No lo sé: no creí que fuese tan importante. Pero a partir de entonces, se hizo el más denso de los silencios.

Llamadas sin respuesta, correos sin contestar, algún encuentro fortuito cruzándonos en la calle, en que la mirada viajaba intencionada lejos de nuestros rostros… Días y días esperando un acontecimiento, el suceso que todo lo cambiase, la reflexión, el arrepentimiento, aun sin palabras… el perdón, solo la presencia sería suficiente…

Pasó el tiempo y vendimos la casa en que crecieron. Sí…lo del nido vacío…sí, es real, ya lo sabrá en su momento… Pero, la verdad, no tenía ningún sentido vivir con tantos recuerdo al alcance de la mano. Quizá un cambio de escenario mute la historia que se narra, como a veces sucede en los dramas trasnochados, que cambian el decorado, la ropa de los actores y el giro literario de los acontecimientos, y el argumento cambia como en un acto de magia.

Y en la isla del río, en el meandro de la chopera, a escasos metros de la otra, de la vieja casa desde la que, con sus risas, de pequeñas, íbamos al baño o a recoger los reteles de los cangrejos, construimos la nueva casa. Una casa sin pasado, sin fines de semana alegres, bulliciosos. Antaño fue primero con ellas, después con sus amigas, y después con aquel pequeño ser que todo lo llenaba de nuevo, que fue el gozne de unas vidas que empezaban a buscar motivos… y después… y después el eco de un vacío en el que aún sonaban sus voces, y sobre todo, aún sonaba la de él, como el más hueco y prolongado, con el suave tono de sus primeras palabras de terciopelo. Por ello cambiamos de casa, para dejar de oír aquellos ecos.

Cambiar de lugar la nueva casa era más difícil: aquel era nuestro paisaje. El hacerlo hubiera sido como una huida de nuestras vidas, una renuncia a todo nuestro pasado, a romper definitivamente con algo, que de alguna forma, nos pertenecía y que habíamos decidido hacerlo nuestra pequeña patria. Pero nuestra miseria, nuestra cobardía no llegaba a tanto…o quizá era la esperanza que podíamos aguardar, de que si no su casa, sí al menos, el lugar en donde vio la luz por vez primera, le siguiese atrayendo. Alejarse de él hubiera sido cortar definitivamente las amarras. Quizá hubiese sido lo más inteligente. Sin conocer el rumbo jamás hubiese vuelto. Vivir con el sueño de una esperanza, es vivir dormidos eternamente y, rota definitivamente la expectativa de su vuelta, hubiéramos podido rehacer nuestras vidas.

A la nueva casa se accede por un puente que cruza por lo más angosto del río. Es un puente de madera, blanco como la casa, con dos balaustradas torneadas a ambos lados. Sólo por ese puente se puede llegar a su puerta. Los coches quedan al otro lado del río, como enseres de otro mundo al que la casa no pertenece.

Sé, que algún día, vendrás por él, caminando con alguien de la mano, aunque ya, sea un desconocido, pero el corazón me dirá su nombre, la esperanza es su nombre de nuevo en nuestros labios. Sé que te veré llegar desde la ventana de mi despacho, por el cristal mil veces atravesado por mis ojos, por la que siempre oteo el puente. Y, corriendo, bajaré la escalera con los brazos abiertos y con lágrimas en los ojos. Se cumplirá la parábola del hijo pródigo.

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Pasa el tiempo y ya no sé si algún día cruzarás el puente, pero espero, con una nueva esperanza, no de ti, pero sí de que él y también ella, la pequeña desconocida, que sé que existe, lo crucen solos. Yo sabré quienes son aunque no los conozca, son la sombra de mi sangre; aunque solo conozca sus nombres lo sabré. Quizá les conduzca hasta allí la curiosidad de conocer un lugar, en el que un día de evocaciones, les cuentes, como un cuento… que hace muchos, muchos años, venías a jugar a la chopera cuando eras niña… hace ya tanto tiempo… que esa casa que hay en la isla, aún, no existía. Una casa blanca, con un puente blanco, con un jardín con árboles y un columpio humedecido, con las huellas del tiempo en sus cuerdas deshilachadas, colgado de la rama de un haya centenaria, que se quedó esperando, eternamente también, a que alguien con él, volase sin alas.

Presuponía a veces, febril y desconcertado, queriendo buscar algo de lógica en mi vida, que siempre el asesino vuelve al lugar del crimen. Pensaba… tarde o temprano lo hacen. Pero también recuerdo a Sabina: “al lugar donde has sido feliz, no debieras jamás de volver”. Maldito Sabina. Pero tú volverías, quizá solo por recordar pequeños detalles de la niñez, quizá por morbo, quizá por nostalgia de otros tiempos… Quizá a rendir un homenaje a tus víctimas o a pedir perdón. Sólo los asesinos más crueles vuelven por recrearse en sus actos, por regocijarse de su venganza. Pero ni aún por eso regresaste.

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Voy a mentirme de nuevo.. Hace tiempo que he perdido la esperanza. Es más: ni me importa ella, ni me importan ellos. Es una ley más de la vida; hay múltiples ejemplos que lo avalan. En la propia naturaleza se dan estos casos. Incluso la Biblia debe decir algo de ello. Pero, sin resolverlo, vuelvo a San Pablo, en los Corintios…

 “Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada. El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.”

El cristal de la ventana de mi despacho se ha tornado borroso; ya no veo el puente con la claridad que lo veía. Pienso, con una sonrisa, algo cínica, que aunque encargue cambiarlo, seguiría borroso, a veces por mis lágrimas, pero siempre por mis ojos.

Pero… sigo esperando al hombretón y a esa muchacha desconocida acompañándole, que llegan al puente por curiosidad o intencionadamente, para conocer el lugar en donde vivió su madre cuando era niña, y en donde unos ancianos, viven al otro lado… y que lo cruzan, y que les preguntan por sus nombres y entonces ¡Oh, magia! Dirán quiénes son y… sí, lo sé, es mi quimera, aún la mente me vale para algo, aún mi imaginación construye castillos en el aire… son los sueños de un viejo loco, de un estúpido soñador que inventa historias para sí mismo, pues no pudo contarlas para otros. Son los ilusiones de alguien que pasó media vida esperando, que alguien, cruzase un puente, y que aún vela contemplándolo de día, y que la noche, la pasa con la luz de sus ojos encendida, mirando la, ya vieja, balaustrada.

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¡Esa maldita memoria que no quiere abandonarme!, ¡que me roba la vida un poco todos los días!, ¡aún me recuerda la última vez que la vi!. Era un día de lluvia, yo tomaba algo con un amigo en la terraza de una cafetería de la ciudad y, a lo lejos, vi su silueta protegida bajo un paraguas; la reconocí, ¡cómo no iba a reconocerla! Cuando a unos metros adivinó mi presencia, cambió de acera. Yo la seguí con la mirada hasta que la perdí a la vuelta de una esquina. Tenía la intuición que sería la última vez que la contemplaba…y así ha sido.

Manuel Cañadas

 

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5 respuestas a “El puente que espera

  1. Amparo 5 mayo, 2018 / 6:35 am

    Tu relato esta impregnado de amor,de ternura…Creo que en el fondo, casi todos tenemos un puente parecido, con algo o alguien.Eres Majestuoso escribiendo y como persona El mejor Compañero

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  2. Jtrainer 5 mayo, 2018 / 7:25 pm

    Eres insuperable Manolo. Ya me dirás de donde y cuando te viene tanta inspiración.

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  3. elena balado 6 mayo, 2018 / 8:47 pm

    Manuel, ese “viejo loco” que siga contándonos historias tan maravillosas……sabes que me encanta cómo escribes pero, ¡Qué difícil es la vida a veces!…..

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  4. Elena Martínez 6 mayo, 2018 / 9:10 pm

    Grande no lo siguiente!!!

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  5. Manuel Cañadas 8 mayo, 2018 / 10:31 am

    Gracias a todas-os

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